January 19, 2021
De parte de La Peste
289 puntos de vista


La sociedad puede ser comprendida únicamente a través del estudio de los mensajes y de los medios de comunicación relativos a estos; en el desarrollo futuro de estos mensajes y medios de comunicación, los mensajes entre el hombre y las máquinas, entre las máquinas y el hombre, y entre máquinas y máquinas están destinadas a tener una parte que siempre será más importante (Norbert Wiener, Introduzione alla cibernetica [Introducción a la cibernética], 1950).

Control y comunicación

Podría ser muy interesante un estudio particular sobre la afinidad entre la doctrina revolucionaria de Marx y Engels y los descubrimientos recientes en el campo de las ciencias de la complejidad, del caos determinista, de la información, de las catástrofes, de las redes y en general de una “física de la historia” como la llama, por ejemplo, Mark Buchanan, el divulgador científico estadounidense que intentó hacer una síntesis. El determinismo opera en la naturaleza y, por lo tanto, opera sobre el pensamiento de los hombres que forman parte de ella: los resultados de la ciencia contemporánea deben ser análogos a aquellos de la ciencia del siglo XVIII, que no sufrieron un cambio de paradigma de entidad comparable a aquel que se presentó al inicio de la revolución burguesa.

Marx y Engels, aunque también otros científicos, podían solamente anticipar algunos de los resultados recogidos más tarde, en épocas más recientes, pero en su trabajo no puede no reflexionarse sobre la dinámica del conocimiento. Dinámica es por lo tanto una continua tensión hacia el futuro. Así, por ejemplo, Marx anticipa aquello que será el fundamento de las modernas investigaciones sobre la complejidad: desarrollando el método galileico sobre la necesidad de modelos abstractos, la ciencia tiende a unificar fenómenos que antes eran considerados de naturaleza diferente. Lo que es verdadero es el camino que se abre no solo con la interdisciplina sino también con la tentativa de abrazar la naturaleza con una ciencia única que podemos definir provisoriamente “de la complejidad”. Es notorio que Marx, contra la filosofía, definida como onanismo del conocimiento, auspicia, y aun prevé, la confluencia de todo el saber en una sola ciencia. No sabemos cuándo o si será posible este resultado, pero es cierto que por el momento parece que los obstáculos serían insuperables principalmente por causa de la ideología dominante. Engels refutaba el segundo principio de la termodinámica criticando a Clausius, quien fue su descubridor y divulgador. En el universo, decía, la energía no se crea ni se destruye, pero pasa de un estado a otro de manera irreversible: del calor al frío, del orden al desorden, de la información al disturbio, del menos probable al más probable. Clausius tenía razón, pero Engels no estaba equivocado: el mundo existía en dos modalidades: la entrópica y la neguentrópica. El frío, el desorden y el más probable tenían la posibilidad de despedazar los vínculos hacia sus propias condiciones de existencia a través de la apertura de sistemas. De ese modo, el desorden podía resultar en orden con la inmersión de energía del exterior. En consecuencia, había una diferencia sustancial entre sistemas cerrados o abiertos: los cerrados no tenían ninguna posibilidad de evitar el agotamiento de energía, mientras que los abiertos podían adquirir energía o, en todo caso, información, la cual no es una forma de energía pero sí es un presupuesto para el orden. Por último, también la energía inmersa del exterior debía llegar de alguna parte. Por ello no podemos hacer otra cosa que no sea hipotetizar una capacidad intrínseca de la materia para autoorganizarse, para asumir conformaciones ordenadas a partir de aquellas desordenadas.

Aquí queremos detenernos en la cibernética, una disciplina que abarca todo lo que permite transmitir información y utilizarla para cualquier fin. Y que, en la medida que nos interesa, representa la diferencia principal entre el mundo mineral y el mundo viviente. Obviamente Marx y Engels no la conocían en cuanto disciplina dado que, como tal, fue sistematizada hace apenas 70 años. Pero sí hablaban abiertamente de ella sin definirla con el nombre moderno.

No podían prescindir de esta, porque la dinámica del modo de producción capitalista abraza a todos los fenómenos basados en una información que, relevada en un contexto dado, regresa como feedback de donde había partido, modificando la dinámica entera del sistema. El capitalismo no es más que un gran sistema con capacidad de recoger información de sus ciclos de producción y de utilizarla como retroacción para modificar el ciclo sucesivo. Cibernética quiere decir “arte del timonel”. Si no fuera por el peligro de crear confusión, se podría decir también “arte del gobierno”, pero es mejor frenarnos en el timonel. Este guarda la brújula y con el timón corrige todos los inconvenientes de la ruta prefijada. Todos los organismos vivientes, sin excepciones, pueden existir solo porque en su interior existe “algo” que funciona según los principios de la cibernética. Nuestros cinco sentidos son detectores cibernéticos, todas las sociedades que se han sucedido desde la prehistoria han funcionado hasta ahora según los principios cibernéticos. Recordemos que el padre de la cibernética, Norbert Wiener, tituló su libro más famoso Cybernetics or Control and Communication in the Animal and the Machine [Cibernética o Control y comunicación en el animal y en la máquina].

Excursión en lo imposible

Control y comunicación: si la información contenida en una determinada configuración de la materia puede producir por autocatálisis otra forma de materia (Kauffman), es evidente que se invalida el principio “nada se crea y nada se destruye”. En realidad, siendo la premisa correcta, la variedad de información sacada de una parte y destinada a otra hace cambiar, sin necesidad de energía suplementaria, la naturaleza de la materia. Esto lo podemos hipotetizar con tranquilidad, porque la información no es ni energía ni materia. Los procesos autocatalizadores están en la base de la teoría de los rendimientos crecientes (Brian Arthur). Localmente, el segundo principio puede ser contradecido con la teoría de la información. Pero si se logra constatar que los sistemas ordenados son de rendimiento creciente, ¿por qué el capitalismo, que es un sistema “informado”, madura con rendimientos decrecientes?

Nicholas Negroponte, del MIT [Massachusetts Institute of Technology], es autor de un libro que tuvo mucho éxito en los años ‘60, Essere digitali [Ser digital]. En una entrevista lanzada en esa época, para subrayar el hecho de que existen sistemas organizados sin “gobiernos” –y por ende sin “políticas”–, mencionó el ejemplo de una bandada de patos migrantes que, por sus volátiles e individuales instintos, se disponían a formar una “V”. El primer pato no es el “presidente” de la bandada sino el que se encontraba más cerca de donde la punta de la “V” se estaba formando. Si un cazador la abate, su puesto no es tomado por el “vicepresidente” que hace carrera sino por la más cercana al puesto vacante. No existe una “política” de la bandada, existe un instinto basado en pocos parámetros elementales, aparentemente insignificantes en términos individuales pero capaces de desarrollar una forma de inteligencia si son considerados como un conjunto. La cibernética es también este tipo de comunicación: si falta el pato líder, “algo” (en este caso un instinto) lo releva y lo remedia. Bandadas más numerosas, compuestas por miles de individuos, están en grado, con los mismos parámetros, de componer sorprendentes y fugaces figuras. La demostración se puede hacer por computadora: asignando tales parámetros a puntos casualmente dispuestos en el monitor, se logra reproducir figuras en movimiento no menos sugestivas que aquellas reales. En el Instituto de Santa Fe, donde se estudian los fenómenos complejos, los han llamado “bandadas de pajaroides”.

Hoy podemos retomar los escritos de Marx sobre la alienación y sobre la comunidad humana tratando al individualismo como desviación que, por el contrario, suele ser considerado generalmente como normalidad. Ninguna sociedad podría funcionar sin esos pocos parámetros que permiten a los individuos interactuar entre ellos según principios cibernéticos. En el fondo, hay cibernética donde sea que se ponga la secuencia: “Si sucede esto, entonces haré que suceda esto otro”. Si tengo hambre, como. Para competencias elementales, hoy hay sistemas artificiales que están en grado de sustituir a la inteligencia humana. Se le dice al termostato: si la temperatura llega a 23ºC entonces apagá la calefacción y repetí esto nuevamente, memorizando este orden. Cuando se presiona el botón de un ascensor, se activa un mecanismo que atiende una señal predispuesta a frenar la cabina en el piso deseado. Si con varios botones se activan más mecanismos correspondientes a los pisos, se realiza una memoria elemental en grado de frenar la cabina sin que sea necesario presionar los botones todas las veces. En una fábrica el mecanismo cibernético es mucho más complejo, pero si lo reducimos hasta el hueso es análogo al del ascensor: se presiona el botón de una cierta actividad productiva y esta continúa procediendo hasta que intervenga una señal que indique el fin de aquel recorrido parcial. Las mercancías toman forma convergiendo en lo que sería “el último piso”, terminadas, testeadas y embaladas, a veces directamente en el piso de carga de los camiones del que un conductor, captando con sus sentidos las condiciones del recorrido, imprime en su mente los comandos necesarios para llegar a destino. Por ejemplo, cuando se detiene en un semáforo en rojo, no hace más que juntar su plano cibernético individual con aquel de las infraestructuras colectivas. Si lo hace el camionero no le prestamos atención, pero si lo hace un camión computarizado sin conductor hablamos de cibernética. Cuando se estrenó la película RoboCop en 1987, devino el uso común del neologismo cyborg, acuñado en los años ‘60 del siglo pasado como la unión de cybernetics y organism [cibernética y organismo]. En efecto, en el uso del nuevo término hay un error: no hay necesidad de un robot para tener un organismo cibernético, basta tan solo un ser humano. O mejor, cualquier ser viviente. Una bacteria, por ejemplo. El comportamiento de una ameba microscópica es perfectamente cibernético: esta posee los sensores necesarios para interactuar con el ambiente y los activadores para sacar ventaja de esa interacción: advierte químicamente la presencia o ausencia de comida, tiene órganos de movimiento para acercarse o alejarse y órganos de la “digestión” para transformar la comida en energía útil.

¿Pero tiene que ver realmente la cibernética con el capitalismo y la revolución? Y una vez que hayamos descubierto que sí tiene que ver, ¿para qué nos sirve saberlo? Que tiene que ver lo vemos en la vida todos los días: estamos literalmente inmersos en un universo cibernético. Al por qué nos sirve saberlo podríamos llegar por medio de la pregunta ¿para qué sirvió la entera existencia de Marx dedicada al estudio de las clases, del capital y de la sociedad entera?

“Naturaleza, función y táctica del partido revolucionario”

Es el título de un texto importante de nuestra corriente[i] (1945). Corriente que, luchando contra el individualismo, puso en relación al partido con la antigua comunidad humana, aquella que Marx definió Gemeinwesen, ser social. Antigua no en el sentido de retorno a los orígenes sino en el sentido de una comunidad que, en la época de la máxima socialización del trabajo, respondía a los criterios de una “doble dirección”, eso que hoy se llama feedback. A través de la evolución de una sociedad que, incluso desde antes de los tiempos de Marx, activó millones de sensores que dicen continuamente: “Si… entonces…”. Y antes de que surgiera la necesidad de simular sistemas orgánicos, nuestra corriente reivindicó, para nuestra organización, el adjetivo “orgánica” (Tesi di Roma, [Tesis de Roma][ii], 1922). Lo declaró abiertamente con el fin de que todos los afiliados entendieran bien: orgánica en el sentido biológico del término; orgánica porque de otra manera nuestras acciones responderían no al determinista “si… entonces…” sino al libre albedrío de cada uno. Las citadas Tesi di Roma inician con un capítulo titulado “Naturaleza orgánica del partido comunista”.

El vetusto problema de la comunidad, es decir, de la naturaleza del partido revolucionario, asume una importancia particular a la luz del hecho que el ciclo histórico de crecimiento del capitalismo va hacia su conclusión. Lleva a la reproposición de todas esas series de “cuestiones” ligadas a la fase de transición: la relación entre el individuo y la comunidad, entre el partido y la clase con relación a las invariantes transformaciones sociales producto de la tecnología y, más en general, de la industria.

El hombre es un ser social. No puede existir dicotomía entre el individuo y la sociedad que aquel contribuye a formar (no aquella históricamente determinada por el valor de cambio), porque el individuo, especialmente en una sociedad desarrollada como esta, está inmerso a la fuerza en una serie riquísima de relaciones, las cuales ya no son simples como en las épocas precedentes, aunque parezcan homologadas a pocos modelos adaptados a la producción del plusvalor. El individuo es un subsistema y, como tal, es parte de sistemas siempre más amplios y globales, que no tardará en percibir como sus prolongaciones. La realidad misma del capitalismo se encarga de dejar obsoletas las pretensiones del individuo que se siente el centro de la historia. Ninguna mercancía puede surgir del trabajo individual: desde el fin del mercantilismo, el ciclo social de la producción y el consumo están condensados en ella. El hecho de que sobreviva una apropiación privada es una contradicción que demuestra cómo el capitalismo sería una sociedad transitoria a la par de todas aquellas que le precedieron.

Esquema cibernético del capitalismo

La objetiva unidad entre global y local es una de las características fundamentales de nuestra época. La velocidad en la propagación y en la adquisición de información junto con la posibilidad de contactos y relaciones, gira alrededor del mundo reduciendo espacios y tiempos. Ello influencia directamente no solo a la producción y a quién está ligada a ella sino, además, al lenguaje, a la búsqueda científica, al arte, y más en general a la comunicación. Dicha integración, a la que se le apodó “glocal”, no puede no ser objeto de atención por parte de quien se siente en sintonía con la revolución en curso. Esta unidad de “cosas” y “eventos” interconectados tiene mucho que ver con la cibernética.

Marx tiró sus sensores en el corazón de la sociedad capitalista de su tiempo y recabó informaciones que inflamaron al mundo. Quiere decir que el mundo era maduro como para recibir señales. Por desgracia, no era tan maduro como para disciplinarse y para dar fin a aquello que había comenzado. Es más, si se hubiera intentado tan solo comprender el modelo propuesto por Marx para abatir al capitalismo, eso sería una simplicidad encantadora. La complejidad no se puede eliminar de un sistema complejo, pero es justamente por esto que el hombre inventó los modelos abstractos, “sin los cuales no habría ninguna ciencia”.

La revolución no fue derrotada por culpa de “alguien”, sino por circunstancias que se asemejan mucho al capitalismo: un sistema que para no explotar se mortifica a sí mismo, autolimitándose. Solo que para el capitalismo la autolimitación representa la salvación, independientemente de sus mutilaciones en la performance, embebida en reglas que el capital, contradictoriamente, no puede sufrir; para la revolución, autolimitarse significa morir, transformarse en contrarrevolución. Publicamos trabajos detallados sobre la deficiencia de los organismos que dirigían la revolución, así como también los había publicado nuestra corriente en los años ‘20 mientras la tragedia se llevaba a cabo. Un esquema cibernético de la sociedad capitalista nos puede ayudar a entender cómo funciona el capitalismo y cómo no debe funcionar el partido de la revolución.

El esquema es útil para aislar de una situación caótica y confusa los elementos esenciales que nos ayudan a no repetir los errores. Eso prevé una simplificación extrema de la sociedad: un área para la producción, una para el consumo (mercado) y una para los movimientos de entrada y salida entre el mercado y la producción. En el Capítulo VI (inédito) de El capital, el esquema es apenas esbozado pero funciona: hay un operario global que produce una mercancía global para un capitalista global. Por otro lado, también por un discurso sobre la renta, Marx toma a un propietario de la tierra, a un capitalista agrario y a un asalariado agrícola y los une en un solo campesino (vale también dividir a un campesino en tres). Atención: es necesario que el operario sea un asalariado y no un artesano que vende sus propios productos al capitalista, como era el caso de los tejedores silesianos cantores de Gerhart Hauptmann. Entonces el esquema es mucho más válido que el modelo más capitalista e históricamente maduro.

El esquema figurado aquí arriba, puesto que su objetivo sería permitir la reproducción alargada del capital, es un típico ejemplo de modelo input-output con retroacción positiva. Por su naturaleza lleva a tener un crecimiento exponencial en salidas. Si su objetivo fuera obtener una estabilización del sistema, en lugar de “encender” una extensión de la producción “apagaría” la señal de regreso realizando un modelo de retroacción negativa. El capitalismo es un sistema que reúne en sí mismo, contemporáneamente y contradictoriamente, los dos modelos.

El modelo es universal, se presta a representar una gran variedad de situaciones. Si en cambio del área “mercado” ponemos el área “sociedad”, y si en lugar del área de “producción” ponemos un área “partido” e interpretamos los flujos de entrada y salida como “influencia” de la sociedad sobre el partido o viceversa (como en nuestro esquema de derrocamiento de la praxis), podemos hacer un experimento. Vimos que en el modelo funcional del capitalismo, en el área “producción”, el obrero parcial no produce ninguna mercancía. Por eso, para Marx, hay en la sociedad, así como es, una potencial anticipación del comunismo. En la versión “sociedad”, el modelo presenta, en lugar del área “producción”, un área “partido” que, en el campo de la teoría social, tendrá la misma potencia anticipadora. Si en el modelo productivo el mercado entrara en el área producción, por lo cual el obrero parcial cambiaría productos semielaborados por dinero, no tendríamos ninguna anticipación de sociedad futura. Así, si en el modelo social el área “partido” fuera invadida por la sociedad que la rodea, no tendríamos ninguna anticipación de relaciones comunistas. Cabe recalcar el comportamiento de nuestra corriente desde su nacimiento: en el programa del partido debe haber una adhesión no formal, no simplemente estatutaria, al principio de organicidad: el partido es el ambiente que anticipa las relaciones humanas futuras. Si eso se abre hacia una retroacción negativa (influencia burguesa) la revolución es derrotada.

Reducción al hueso

Hemos reducido hasta el hueso nuestros esquemas. En realidad, mientras más abstractos sean los modelos, más potentes serán. Pero deben conservar una invariancia respecto del original. Como dice Wiener, el mejor modelo de un gato es otro gato, pero ¿de qué me sirve si ya lo tengo?

El sistema funciona, no está madurando por una condición inferior, entonces no es que se deba atender la maduración de algún fruto. No tiene ninguna importancia saber quién comenzó a hacer algo, la historia del huevo o la gallina acá no es válida. La dinámica del modelo abstracto es simple también porque es simple la del modelo material. No nos lo estamos inventando, la observación: el obrero parcial no produce mercancías, está en Marx: El Capital, Libro I, capítulo XII.

Todo el sistema funciona con una serie de sensores y de atenuadores que en los puntos neurálgicos hacen desencadenar una acción: si un almacén se vacía, la responsabilidad de reabastecerlo es de los proveedores. Un poco como el inodoro del baño: baja el nivel del agua, el flotante abre la válvula que permite el flujo; sale el agua, otro flotante tapa la salida y el inodoro puede rellenarse otra vez hasta que no se ejerza una presión sobre el botón que comanda el primer flotante… etc. No hay necesidad del robotito Alexa para tener un poco de cibernética doméstica cotidiana.

Lo esquematizado parece un sistema perfecto, como el mecanismo de un reloj, un movimiento casi perpetuo que tiene necesidad de poca energía para funcionar. Pero no es para nada perfecto. El primer obstáculo lo encontramos en la confrontación entre producción y mercado: la primera está regulada por la experiencia adquirida de la ciencia, del método, del proyecto. El segundo es anárquico, impredecible, dependiente del comportamiento de los consumidores que a veces siguen a la moda, otras a las necesidades, y otras a las oscilaciones del valor [dei valori]. El mercado resulta predecible en medida muy limitada y solo a través de las observaciones de períodos previos sobre los cuales aplicar el criterio estadístico.

La producción “ordenada” alimenta al mercado “caótico”. La primera no llega a prever con precisión qué cosa requerirá el segundo, este no logra beneficiar a la primera. Es como si alguien apoyara la campera en el sensor del termostato en lugar de en el perchero: los datos están relevados con muchos errores y el sistema se pone en crisis. En realidad es aún peor: mientras el sistema/termostato funciona pero es inducido al error por un uso incorrecto del sensor, el sistema/mercado no funciona en absoluto, no puede funcionar.

Un sistema que actúa sobre sí mismo con un feedback de tal naturaleza (del “out mercado” al “in producción”, del desorden al orden) tiene muchas probabilidades de ser un sistema no lineal, es decir, difícil, si no imposible, de ser tratado con el cálculo. Actualmente, en la naturaleza, la mayor parte de los sistemas físicos son del tipo no lineales, pero que generalmente llegan a transformarse en lineales, o sea aproximado dentro de márgenes razonables. Marx detecta que en el capitalismo conviven contradicciones capaces de volver imposible cada armonización (aquello que no puede ser alineado), por lo que se debe caer en crisis periódicas, las cuales requieren interventores para normalizar la situación: interventores que recuerdan muy bien la campera apoyada sobre el sensor del termostato. Esta vez apoyada adrede, buscando influir sobre un sistema con sobredosis de droga, que no reacciona más a los estímulos sensoriales.

Cibernética del siglo XVIII

En el esquema está presente una particularidad cibernética: una cantidad de mercancías de exportación es enviada como de importación para aumentar las mercancías de exportación; en consecuencia, tenemos una parte del sistema que funciona según un esquema de retroacción positiva. Es como si en una locomotora a vapor el maquinista agregara carbón a la chimenea para aumentar la velocidad: es claro que a un cierto punto es necesario parar. En un sistema casi lineal como la calefacción doméstica, basta el termostato. Pero con una máquina primitiva, como las de motor a vapor con todos sus vagones, es una cosa mucho más compleja y se asemeja a un sistema no lineal, duro. De hecho una estufa a carbón puede ser cargada y olvidada por alguna hora, pero una locomotora no, debe ser alimentada constantemente para tener una regularidad de temperatura y presión. Además, debe autorregularse para afrontar las pendientes o variaciones de carga de los vagones. Parecía imposible resolver el problema con la mecánica actual, hasta que Watt, en 1787, inventó el mecanismo que aún lleva su nombre. Lo llamó governor, término que tiene cierta analogía con cibernético.

El aparato permitía regular la cantidad de vapor según las condiciones del viaje. Si la velocidad varía por una salida, una bajada, una carga más o menos pesada o más o menos carbón en la caldera, el aparato mandaba más o menos vapor en los cilindros. El regulador de Watt es quizás el primer aparato cibernético automático de la historia. Es el predecesor de todos los reguladores que existen hasta nuestros días, incluyendo aquellos insertos en los automóviles sin conductor.

Esto estabiliza el sistema tren/ambiente permitiendo un mejoramiento enorme del rendimiento. En cuanto a microsistema local, funciona muy bien porque los parámetros que se deben controlar son pocos. El sistema capitalista funciona de la misma manera, solo que a mayor escala, pero ningún governor lograría estabilizarlo evitando las crisis y por lo tanto su muerte. No porque los parámetros sean mucho más numerosos (hay computadoras potentísimas y programas que podrían gobernar no solo el tren sino el planeta), pero sí porque no es posible normalizar un sistema que se funda sobre la producción social y la apropiación privada, sobre el valor y no sobre las cantidades físicas, sobre el fetichismo de las mercancías y no en los cambios de energía en un cuerpo orgánico con su metabolismo y la armonización de todos los órganos. Millones de poseedores de micro-capitales, aunque disciplinados por grandes capitalistas (o entes anónimos como los fondos de pensiones, etc.), son incluso menos gobernables y controlables que las corrientes de aire que en meteorología producen huracanes.

Los capitalistas se reparten el capital en un conjunto anárquico, y a pesar de todo también forman parte de burguesías nacionales, por lo que no nos imaginamos a un regulador de Watt que tuviera un poder planetario sobre el caótico pulular de pequeños capitalistas que marchan al ritmo de la música de los grandes capitalistas, sería un superfascismo de ciencia ficción. La burguesía lo ha intentado, pero ha quedado rigurosamente sujeta al ámbito nacional.

Para sistemas limitados y locales, la mecánica del siglo XVIII funciona mejor que la electrónica del XXI; pero apenas se aleja de la simplicidad newtoniana deja de estar en grado de armonizar los atenuadores con las solicitudes detectadas por los sensores. Cuando el Estado controlaba el Capital, como en los tiempos de las repúblicas marítimas, bastaba una oligarquía no muy obtusa para afrontar decisiones coherentes con los fines de la sociedad mercantil.

Con la revolución industrial ello dejó de ser posible: la riqueza comenzó a liberarse de las decisiones individuales, aunque sean de personas riquísimas y potentes, y el sistema empezó a ser subsumido en aquello que comenzaba a ser el verdadero capital. En esta fase, adiós al control. Con Adam Smith la función de governor [gobernante] fue atribuida por los hombres ya no a otros hombres sino a una misteriosa “mano oculta”. Se trataba de una constatación, más que de una teoría: el modo de ser del capital autoproducía correcciones que le permitían neutralizar los impulsos catastróficos debidos a la retroacción positiva. Una especie de ecología de la acumulación. En lugar de lamentar este retorno a la feroz jungla darwiniana que frustraba la gran capacidad de diseño lograda, el Homo Economicus era orgulloso y trataba este lado salvaje del capital como si la economía fuera algo diferente al sustrato de ciencia, de proyecto, de máquinas que constituyen la base. Algo diferente e insertable en una pseudo-teoría a la que se le dio el nombre de laissez faire. Fue el triunfo de una mala cibernética: los ajustes darwinianos producen una evolución de las especies, pero a costa de las menos adecuadas, que son eliminadas sin piedad. Tiempo después el Capital, autonomizándose desfachatadamente, llevó a la sociedad entera, a través del Estado, a ser su esclava.

El Estado cibernético

En sus obras de juventud, Marx afronta el pasaje revolucionario de la sociedad feudal a la sociedad burguesa, analizando la formación de los primeros mercados y su posterior unificación al interior de los Estados. Es el Estado el centro unificador de los movimientos de la concurrencia (el regulador de la anarquía del mercado), y el paralelo es evidente con el movimiento de la circulación: como el valor de cambio objetivado en el dinero es el equivalente general de todas las mercancías particulares, el Estado se presenta como la unidad social de las relaciones accidentales entre ciudadanos, como el regulador de múltiples intercambios entre propietarios [possessori] y compradores [acquirenti] de mercancías y dinero. Pero con el aumento de la producción y la extensión de una circulación adecuada a la formación en gran escala del valor de cambio, será el Capital quien se comportará como la única comunidad a la que los hombres deberán referirse, reduciendo al Estado a un simple apéndice.

El proceso de formación del Estado moderno es comprensible solo a través del análisis del movimiento del valor hacia la organización total de la producción y de la sociedad con el fin de su valorización. La acumulación originaria descrita en el Libro I de El Capital es la descripción de la violencia que le fue impuesta a la sociedad con el fin de traspasar las barreras que impedían al capital constituirse en comunidad material. Hoy estamos frente al fin de su movimiento propulsivo y por eso siempre es más evidente y al alcance de la mano la realización del programa inmediato de la revolución. Sin todos los fenómenos intermedios en los que el proletariado debía hacerse cargo con el fin de acelerar el proceso (cuestión nacional, cuestión campesina, etc.) solo queda la última y la definitiva reapropiación del ser humano, la reapropiación de todo aquello que la especie ha exteriorizado como industria y como ciencia, o sea como cuerpo objetivo inorgánico.

El valor total generado por la sociedad es producto cada vez más de personas, pero de menos obreros productivos. Es manifiesta la contradicción que atraviesa la sociedad: la miseria general no es debida a una carencia de medios de producción, sino más bien a una sobreproducción de mercancías y de capitales. La miseria es directamente proporcional a la riqueza producida por la sociedad. Entonces, para el capital, es necesario, además de un endurecimiento en el control de la economía, un control siempre más perfeccionado y extendido de todos los aspectos del sistema: esto es tan cierto que tan solo una interrupción temporal en los flujos de información puede desorganizar los aparatos productivos y poner en marcha una cadena de reacciones caóticas.

A medida que la economía asume aspectos monopolísticos, la estructura productiva, económica y política de los Estados y de las relaciones entre Estados asume un carácter imperialista (Lenin). Con ello la organización capitalista invade totalmente el tejido social: sindicatos, partidos, mass media operan como dispositivos para su regulación homeostática. La vieja separación de funciones que vio a capitalistas individuales ocuparse de los procesos productivos y al Estado gobernando el funcionamiento de toda la sociedad tiende a esfumarse para dar lugar a estructuras ramificadas que combinan el aspecto comercial con el político y represivo.

El discurso que estamos haciendo en este momento plasma muy bien el estudio de las redes y de los sistemas complejos. Nuestra sociedad, en efecto, se asemeja más a un monumental plan de producción salido de empresas individuales. La cibernética es una disciplina que analiza la comunicación y la naturaleza de la información entre las partes que componen los sistemas complejos y entre sistemas complejos. Así, resulta muy útil para analizar las características del sistema capitalista avanzado, que se encuentra en vísperas de una transición de fase.

Tal disciplina nace de la observación de los seres vivos y de los aparatos que lo simulan. En la medida en que los organismos biológicos se confunden con aquellos inanimados, interactúan produciendo resultados inéditos. La cibernética permite reconducir los fenómenos a modelos altamente abstractos y por ende extremadamente potentes. Una vez que es entendida la modalidad de esta interacción, resulta relativamente simple entender el funcionamiento de entidades complejas como el Estado, el capital, la sociedad entera: a través del estudio de los mensajes –y de los medios de comunicación relativos a ellos– el desarrollo de la comunicación entre hombres y máquinas, entre máquinas y hombres, y entre máquinas y máquinas está destinado a jugar un papel cada vez más importante en la evolución de la sociedad. Naturalmente, los científicos que afrontan esta materia no utilizan nuestro lenguaje, pero llegan a conclusiones de notable interés. Y capitulan inequívocamente frente a la teoría marxista cuando incluso ellos llegan a sostener que el hombre no puede llegar a comprender la compleja naturaleza de la que forma parte sin primero saber qué cosa es él mismo, qué es la sociedad, cómo funciona, qué cosa es su modo de producción y de comunicación, si de todas formas no sabe cuáles son los procesos reales que lo llevaron y lo llevarán a conocer.

Dominio formal y real del capital sobre el trabajo

El proceso de acumulación capitalista complementa a la circulación simple, propia de la fase mercantilista, como base para su crecimiento. En efecto, se complementa sobre una base que no es completamente adecuada para su finalidad: el proceso laboral aún no está moldeado sobre su necesidad de valorización, y las necesidades del ser humano siguen siendo el aspecto central de la producción. La burguesía, aunque opere sobre esta base restrictiva, es consciente de que se debe intentar prolongar el máximo posible todo el proceso productivo, de modo que el plusvalor producido aumente y que con ello aumente su poder sobre la sociedad. Un elemento de aceleración en la subordinación del proceso productivo hacia las exigencias del capital es la continuidad del trabajo: el empleo de muchos obreros en un mismo lugar, la introducción de las fases laborales que elimina para siempre la figura obrero-artesano, la subdivisión de los movimientos en base a una sucesión regular y por tanto el pago a cambio de horas de trabajo indiscriminadas transforman a la sociedad entera, no solo la fábrica.

Al extenderse los mercados se intensifican las necesidades y demandas de mercancías y capitales, y por eso se produce la continuidad y la estabilización de la producción y de la creciente organización del proceso laboral. Todos estos cambios no llevan instantáneamente a un ordenamiento definitivo del modo de ser del proceso laboral general: su sumisión es impuesta por la fuerza y por el control del capitalista en lugar de serlo por la organización científica de la producción. El hecho fundamental que caracteriza el primer momento de dominación del capital sobre el trabajo es por un lado la cantidad de medios de producción puestos en marcha y por el otro lado es el aumento del número de obreros sometidos a sus órdenes. El paso sucesivo es el capitalismo moderno pleno.

Dominación real del capital sobre el trabajo

La sumisión [sottomissione[iii]] formal del trabajo al capital, es decir la expansión de la producción a través del aumento del número de obreros, era la herencia del modo de producción precedente. La dominación real, o sea la expansión de la producción a través del aumento de la productividad, es un movimiento de maduración interna al capitalismo. A medida que un modo de producción tecnológicamente específico va tomando forma se da una modificación estructural del proceso laboral, este es siempre más adecuado al proceso de valorización. En la fábrica moderna el carácter social de las condiciones aparece como si fuera completamente independiente del obrero; el modo de ser del capital se presenta como si estuviera organizado por los capitalistas independientemente de los trabajadores. Los conocimientos y capacidades individuales de los obreros poco a poco se transfieren a la maquinaria y el obrero se reduce a ser un simple apéndice del proceso. El carácter social adoptado por las condiciones de la producción, en cuanto trabajo colectivo, aparece como capitalista, es decir, como una producción independiente de los obreros y de sus necesidades. Y así hemos llegado al capitalismo maduro. Es aquí donde se produce el cambio que anticipa la sociedad futura.

Los obreros no pueden producir de otra manera que no sea en simbiosis con el sistema de máquinas, con la automatización general, y tal producción mixta no hace más que acrecentar la potencia de la automatización sobre ellos:

“El proceso de producción dejó de ser proceso de trabajo en el sentido de que el trabajo se impone como la unidad que lo domina. El trabajo se presenta más bien solo como un órgano consciente en varios puntos del sistema de máquinas, como forma de obreros individuales vivos; triturado, subsumido en el proceso global de las máquinas, asimismo es simplemente un miembro del sistema, cuya unidad no existe en los obreros vivos pero sí en la maquinaria viviente (activa) que de cara al obrero se presenta como un organismo poderoso, contrapuesto a su singular e insignificante actividad” (Marx, Grundrisse, Fragmento sobre las máquinas).[iv]

El triunfo de la cibernética ya estaba en Marx. La automatización (el término es suyo) aún se vale de utensilios vivientes, pero está adquiriendo autonomía: en la segunda parte de la cita, la unidad del sistema es realizada a través de la “maquinaria viviente” [macchinario vivente, maquinaria viva]. Desarrollo de un sistema de máquinas quiere decir desarrollo de un sistema informativo. La máquina no se informa por sí misma (por ahora), tiene la necesidad de ser informada sobre las operaciones que se deben realizar. Sin embargo, una vez que es informada y alimentada, en teoría puede trabajar infinitamente, lanzando sus señales al obrero para pedir mantenimiento o para ser recargada de materias primas. En este punto máquina y obrero hablan entre sí, uno le manda señales a la otra, interactúan. Nace un lenguaje y todo parece ser el fruto de la evolución natural. El diálogo entre hombres y máquinas es cibernética. El diálogo entre sistemas de hombres y sistemas de máquinas es cibernética. El lenguaje hablado por hombres y máquinas es cibernética. En un sistema social cibernético la interacción entre partido y clase es cibernética.

La sumisión real del trabajo vivo al trabajo muerto aumenta de igual manera [pari passo] con el desarrollo de las fuerzas productivas que, gracias al trabajo de gran escala y a la aplicación de la ciencia a la producción, determina un potenciamiento de la productividad. El capitalista, a causa de la competencia, debe poner en marcha una producción cada vez más amplia, aumentando por un lado el número de los obreros y por el otro el rendimiento. Esta es una contradicción mortal: no se puede generalizar el aumento del número de obreros en el mismo momento en el que se generaliza su rendimiento. Es cierto que sucedió al inicio de la revolución industrial, pero es un fenómeno irrepetible; sería como regresar a las máquinas de operación manual, a las fábricas repletas de obreros, al aumento de la producción por medio de la extensión de la jornada laboral. Históricamente no es posible dar tal marcha atrás en la industria: conllevaría una intervención tan grande del Estado que el capitalismo ya no sería el mismo: nosotros ya estamos en el capitalismo de Estado. Incluso si hubiera una tentativa espontánea de tales características, como con el recurso de la deslocalización en países atrasados, el resultado final es siempre un avance de la maquinización científica del proceso productivo. En diez años China se automatizó gracias a la deslocalización en su territorio de países muy industrializados.

Este proceso produce casi en cualquier sector –de las fábricas a las casas privadas, de las infraestructuras a los juegos, desde los ejércitos a las actividades de inteligencia, desde la especulación a la búsqueda científica– una desmesurada necesidad de tecnologías y de ciencia de la información.

La contradicción entre producción social y apropiación privada (más se produce, menos se consume en proporción) lleva a un crecimiento del trabajo muerto que ya no es capaz de vampirizar el trabajo vivo, fenómeno cuya punta del iceberg es la concentración de la riqueza mundial en manos de unos pocos miles de individuos. El crecimiento, en signos de valor, ha adquirido dimensiones planetarias, perdiendo paradójicamente cada connotación individual. El capital ficticio acumulado ha llegado a cifras que la mente humana no puede asimilar racionalmente (cientos de miles de miles de millones de dólares) y que nadie sabe qué impacto podría tener si se corriera de su actual uso. Pero se moverá, y eso sucederá cuando las máquinas, que actualmente gestionan una mínima parte en movimiento, reciban de los hombres una orden que ya estará memorizada en el software en espera de la llamada.

Contradicción entre individuo y sociedad

En la sociedad cibernética (recordemos que es como decir “rodaja de pan”) el individuo es aplastado entre el ser (ilusorio) una persona privada y al mismo tiempo un agente u oyente de entes impersonales pero con fuerte impacto social. Estos entes impersonales, como el Estado, las grandes empresas multinacionales, la escuela, los partidos, los trenes, los sindicatos son totalizadores por naturaleza, pero cuando se dirigen al individuo lo fuerzan –con tono persuasivo o amenazador– a relacionarse como persona. Que este individuo sea un obrero o un dirigente, cuando se relaciona con el Ente debe dejar de ser un individuo y limitarse al comportamiento correspondiente a dicha relación. Así, además de una sociedad cibernética regulada por sus termostatos y adminículos reguladores, tenemos una humanidad alienada hacia sí misma, sometida a un sistema automático, no solo consumidora que responde a varios influencer sino también usada como sensor que regala, sin darse cuenta, millones de informaciones cada año. En una sociedad como esta la relación con los entes se autonomiza, y si bien el sistema es dinámico no puede huir de la relación de identificación: si quieren jugar, todos deben respetar las reglas del juego. El hecho es que jugar es obligatorio. Divagación: si a un niño se lo obliga a jugar, es muy probable que éste devenga esquizofrénico ya que la obligación de hacer algo que debería ser una elección libre y feliz es un loop lógico que produce una patología.

Por lo tanto, reglas del juego. Un partido de oposición que ganara las elecciones luego de haber prometido ciertos cambios, se acordaría de que las reglas del juego no se pueden cambiar y se comportará exactamente como se habían comportado los gobernantes precedentes. Un sindicalista que en su programa tuviera propósitos “revolucionarios”, una vez reconocido por la “contraparte” y puesto sobre la mesa hará exactamente como los políticos y obviamente como aquellos que hasta momentos previos había llamado “bonzos”. Las reglas del juego no se pueden cambiar jugando. Se cambian cuando se impone otro juego. Pero esto es otra historia.

Cada movimiento que involucre al proletariado y no sea la ejecución integral del programa revolucionario no obtendrá la ruptura de las reglas del juego porque la modalidad del combate ya había sido sancionada por los jugadores. En cambio obtendrá el efecto de consolidar los lazos que inmovilizan al movimiento obrero. Las políticas no clasistas permiten esconder la dimensión totalitaria alcanzada por el capital, ilusionando a los hombres con la posibilidad de modificar el sistema actuando desde dentro de sus categorías. El resultado es un sistema en el cual las reglas de la interacción entre las clases y las naciones se vuelven siempre más rígidas y en el que la iniciativa de los Estados es cada vez más dominada por los automatismos [automatismi] producidos por un mercado mundial interdependiente. Para vencer a estos automatismos hay que destruir las reglas e imponer otras favorables para el jugador de referencia (la clase).

Hace unos cuarenta años fue publicado un libro sobre la Tercera Guerra Mundial que, se decía, estaba narrado según los escenarios de un wargame [juego de guerra] computarizado de los angloamericanos. Se puede dar. No obstante, el wargame del Pacto de Varsovia habría respondido a los movimientos del Pacto Atlántico y viceversa con las mismas reglas, porque no existe un juego en el que los jugadores siguen reglas distintas; por otra parte continentes, océanos, montañas y ríos son un escenario dado, la geopolítica es una ciencia determinista (¿el mundo es pequeño…?). Y también los armamentos reflejan el estado de la tecnología, la posición sobre el planeta, la historia, factores que requerirán más o menos hombres, más o menos máquinas… Ahora bien, un wargame entre dos computadoras que usan las mismas reglas será jugado por operadores humanos que estarían por sobre todas las cosas obedeciendo a esas reglas y por lo tanto afirmándolas. Esto es lo que justamente, en las guerras, no se debe hacer: el enemigo saca ventaja sobre todo volviendo sus propios movimientos impredecibles.

El capital, anónimo, impersonal, global, está arrasando las viejas categorías de nación y también de burguesía nacional. Si el motor de la guerra política estadounidense [americana] no está más en Washington sino en la desesperada necesidad del capital de usar cualquier medio para salvarse, entonces el obrero se convierte en un obrero global que produce una sola mercancía como sumatoria de todas las mercancías. Entonces el capital nos obligará siempre a considerar cada problema no tanto desde el punto de vista de la economía y de la política, en cuanto “revolucionario”, sino inmediatamente desde el punto de vista de la comunidad humana futura: antítesis total de la sociedad actual. En el fondo es lo que afirmamos en nuestro Tracciato d’impostazione[v], que no deja más espacio al re-formismo y el con-formismo. Es cuanto se afirma en Origine e funzione della forma partito[vi], donde la organización antepone la comunidad humana como prefiguración de la sociedad futura. Y en mil pasajes es recordado el carácter orgánico de nuestra concepción organizativa. Pero citemos directamente a Marx:

“Una revolución social se encuentra desde el punto de la totalidad porque –si bien tenga lugar únicamente en un distrito industrial– es una protesta del hombre contra la vida deshumanizada, porque se mueve desde el punto de vista de un simple individuo real, porque la comunidad, contra la cual el individuo reacciona por la separación con sí mismo, es la verdadera comunidad del hombre, la naturaleza humana. El espíritu político de una revolución consiste, por el contrario, en la tendencia de las clases políticamente privadas de influencia de eliminar el propio aislamiento del Estado y del poder. Su punto de vista es el del Estado, de una totalidad abstracta, que subsiste solamente a través de la separación de la vida real, que es impensable sin el antagonismo organizado entre la idea general y la existencia individual del hombre. Una revolución del espíritu político, en consecuencia, también organiza, conforme a la naturaleza limitada y disconforme con esta alma, una esfera dirigente en la sociedad a costa de la sociedad” (Marx, Glosse marginali [Glosas marginales], 1844).[vii]

Hoy ya no es posible hablar de revolución del espíritu político. El proceso histórico está completo, el espíritu político es propio de las clases medias arruinadas y de la burguesía. En el pasado las revoluciones del espíritu político fueron dirigidas por una parte de la sociedad a costa de la sociedad entera. Ahora el proletariado deberá realizar una revolución con un título humano, ya no apelando a una parte de la sociedad contra la parte restante. La del proletariado no será una revolución política porque su objetivo directamente será el ser social (Gemeinwesen) reencontrado. Por lo tanto será una lucha contra la separación del individuo de sí mismo a través de la recomposición del conjunto individuo-sociedad.

Todo fue expropiado para ser colonizado por el Capital, por ello la última “reivindicación” es la reapropiación completa y definitiva de la comunidad humana a través del poder de la humanidad proletaria y la dialéctica abolición de la humanidad proletaria y, consecuentemente, del Estado y de las clases.

El pasaje citado, por sí solo, hace estragos a cada concepción politizadora de la organización. Siendo la industria la verdadera esencia del hombre, es en la realidad de los hechos y no en la política donde se realiza el último antagonismo. Y la realidad de los hechos impone que la sociedad futura prefigurada no sea más, en el orden histórico, un rebaño, una tribu, un pueblo, una asamblea representativa y ni siquiera un partido político en la corriente concepción del término. La claridad sobre las cuestiones de organización es la condición para que sea liberada el alma universal de la lucha de clases y sea hecho desaparecer el colosal fraude de la revuelta política de espíritu estrecho que solo sirve para reforzar las reglas del juego.

¿Finalidad lineal o acción global?

Intentamos analizar la sociedad como un sistema complejo y constatamos que la ciencia de la cibernética induce en los burgueses importantes capitulaciones frente a nuestra teoría. Todos los sistemas biológicos y evolutivos consisten en complejas redes de relaciones con características comunes. Podemos, entonces, examinar la sociedad humana con los mismos métodos y programas de búsqueda con los que examinamos un organismo biológico individual y viceversa. Vimos también que cualquier organización humana es un sistema autocorrectivo, que la capitalista es la sociedad más compleja y por eso la que más organización requiere entre todas las que se sucedieron en la historia. Pero es la exasperada finalidad debido a su proceso de autovalorización –que ha subordinado y plasmado todo– el factor desarticulador del sistema. Las contra-tendencias puestas en marcha por los capitalistas para contrarrestar la caída del margen de ganancia [saggio di profitto] resuelven el problema local y provisoriamente, pero solo para correrlo a un nivel más alto y más grave. La adopción de máquinas automáticas para aumentar la productividad hace incrementar la producción per cápita de los obreros, pero con la producción en aumento se debe encontrar un comprador mientras haya gastos pasivos destinados al crédito que habían permitido adoptar las máquinas, y se necesita bajar los precios a causa de la competencia, etc.

La naturaleza no es una estructura lineal sino una compleja estructura con redes cuyos componentes entran en relación con sí mismos: basta pensar a la ley del valor negada por el sistema mismo de formación del valor. Interpretándola forzadamente como estructura lineal impedimos que surjan sus particularidades cibernéticas: en su proceso de acumulación el capitalismo socava constantemente las bases de los futuros ciclos de valorización, aumentando la parte de trabajo muerto con relación a la de trabajo vivo. Sin embargo, el sistema adquirió una notable adaptabilidad a sus propias crisis según los principios de la cibernética: la mano invisible y el laissez faire funcionan –brutalmente pero funcionan– justamente porque el sistema entero es como un conjunto ecológico en el que cada componente depende de los demás, en el que todos mandan señales capaces de ser captadas y transformadas.

El hombre interactúa con la naturaleza con cinco sensores principales y una serie de activadores (manos, pies, boca, estómago, etc.) comandados por una unidad central que es el cerebro. Añadiendo artificialmente a la naturaleza una gran cantidad de sensores y activadores, el hombre ha beneficiado a la naturaleza misma pero obligándola a funcionar de manera automática. Transferimos al planeta nuestras facultades, solo que el planeta no tiene una unidad central para dirigir la masa de información que producimos. En lugar de un metabolismo orgánico regulado centralmente tenemos doscientos Estados-nación; en lugar de una relación armónica entre las partes tenemos policías y ejércitos; en lugar del seguimiento del equilibrio a través de un proceso biológico (bio = vida) estamos complacidos de nuestra eficiencia [efficienza] represiva antibiótica.

La red de hoy no es “inteligente”, no está en grado de desarrollar una “conciencia” (en el sentido de acción consciente), simplemente simula una aptitud elemental, aquella de una lavadora, una computadora, una heladera, un ascensor, un automóvil sin conductor, etc. Pero es evidente que una sociedad basada en una cibernética “inteligente” –es decir, que no teoriza sobre manos invisibles y laxitud económica– podrá desarrollar al máximo ese cerebro global que hoy es muy inutilizado. Un automóvil sin conductor está dotado de una aptitud técnica para nada elemental, pero el problema real es: ¿de verdad sirve un automóvil que nos lleve al trabajo mientras leemos el diario en lugar de manejar? En esta notable performance solo hay tres cosas que se pueden eliminar: la inteligencia tecnológica –del todo desperdiciada en este caso–, el automóvil y el trabajo.

La sociedad actual realmente tiene mucho de todo y no sabe qué hacer con la inteligencia, no hace más que derrochar con tal de mantener vigente la ley del valor. Pero de todas formas se está transformando en una enorme sociedad del acceso, en la cual el automóvil, la luz, el gas, la casa, el teléfono, la televisión, todo se está tornando un servicio de canon (el pago a plazos de un bien durable se transforma en un alquiler perpetuo). Razonemos: el obrero recibe el salario del mes y de a poco por vez lo transfiere por completo a los entes que están sobre él. Podrían retenerle una cuota igual a su salario y nada cambiaría. Estamos esbozando un modelo y por lo tanto no nos interesan las diferencias, si uno fuma, el otro bebe y aquel aún se entretiene con señoras alegres. Si el burgués rico que recibe el salario del obrero a cambio de mercancías se introdujese en el circuito y pagase con la forma de “canon” su lujo, toda la sociedad tendría lo que necesita a cambio de un canon. El capitalismo es siempre lo mismo, aunque se eliminase el dinero físico y se reemplazase con el contable. Se puede. En el norte de Europa se usa mucho el acceso a los bienes a través del canon. En el mundo de la producción el leasing es común. En casi todos lados el dinero físico está casi eliminado por el electrónico.

Con los potentísimos sistemas cibernéticos de los que podemos disponer sería un chiste controlar el flujo de bienes y servicios en un modelo social como el recién visto. Respetando la equidad. Pero no se podrá hasta que deje de regir la ley del valor. Y naturalmente hasta que no se resuelva la cuestión del poder. Ningún reformismo podría rasguñar el dúo valor-poder. El obstáculo hacia el socialismo extendido, a parte de las formas, es por lo tanto el valor que, como el capital, no es una “cosa” sino una “relación”. Precisamente una relación de clase (una relación de poder).

Cuando hablamos de participación del capital y de sociedad del acceso hablamos de nuestra participación en el proceso general de producción del Capital. El proletariado es revolucionario o es capital, o sea: decimos que la lucha que apunta a los efectos producidos por el capitalismo sin alumbrar las causas produce un reforzamiento del sistema mismo porque pospone la dimensión global del ataque a los fundamentos del capitalismo. Las propias teorías de la complejidad dicen que no se puede comprender un sistema global sin una clara visión de los instrumentos que le permiten a esta globalización reproducirse por sí misma. Por lo tanto no se trata de organizarse para reivindicar derechos “particulares”, porque contra el proletariado no se ejerce ninguna injusticia “particular”, más bien la injusticia sin más. En un artículo del 1 de junio de 1913 con el significativo título de “Un programa: el ambiente”, los jóvenes socialistas reunidos alrededor del diario L’avanguardia, se expresaban así:

“Nuestra lucha socialista, anti-burguesa, nuestra preparación revolucionaria, debe ser directa en el sentido de sentar las bases del nuevo ambiente”.

Hay que esforzarse por vivir, decían, como si la revolución fuera un hecho ya acontecido. Hoy aprendimos que esta importante afirmación refiere a las confirmaciones que nos dan las teorías de la complejidad con respecto a la relación entre medios y fines en busca de alcanzar cualquier objetivo. Tales teorías nos dicen que la presencia de la retroacción en un sistema abierto hace al sistema siempre más estable y adecuado para el objetivo que se desea alcanzar; y esta es, por otra parte, la posición de nuestra corriente con respecto al funcionamiento orgánico del partido: las condiciones materiales empujan al proletariado a la lucha; el partido, centralizando tal empujón, sienta las bases del nuevo ambiente, y estas bases actúan sobre el partido volviéndolo siempre más adecuado para sus tareas futuras; en esta doble dirección el partido aprende a aprender. Norbert Wiener, en su libro sobre cibernética, dice lo mismo al explicar el principio de la retroacción:

“En su forma más simple, el principio de la retroacción significa que el comportamiento es periódicamente confrontado con el resultado esperado, y que el éxito o el fracaso de este resultado modifica el comportamiento futuro” (Norbert Wiener, Introduzione alla cibernetica [Introducción a la cibernética], pág. 84).

Enlaces en doble dirección

La sociedad futura es cada vez menos lejana y la muerte del capitalismo es un hecho que tomamos como innegable. El estudio de las fases de transición sucedidas en la historia nos enseña que los medios y los modos de llevar a cabo la revolución no pueden ser otra cosa que elementos que coinciden con la forma social futura. De hecho se habla del partido describiendo la sociedad futura, la cual se describe a sí misma a través de los logros presentes en ella.

La cibernética le interesa al movimiento revolucionario con relación a que modifica su comportamiento hacia el mundo, cambiando la idea misma de qué cosa sería un comportamiento: pone en escena la infinita cadena de definiciones que relacionan causas y efectos aparentemente desligados entre sí, delineando las estructuras y mostrando las relaciones. Entonces, si se sostiene, probándolo, que el capitalismo está muerto, se debe comprender la relación actual entre esta afirmación y el comportamiento respecto de las tareas inmediatas. Si esta es verdaderamente la frontera entre dos modos de producción, es también la frontera entre viejos y nuevos comportamientos con respecto al trabajo político. El comportamiento de un movimiento revolucionario no puede ser modificado por la tecnología. Por ejemplo la relación interactiva con las redes. Internet es una especie de potenciamiento del cerebro de clase, una especie de sistema nervioso que conecta una nueva unidad biotecnológica. En el futuro, el trabajo del partido histórico, en su camino para hacerse de un instrumento formal, estará siempre más ligado a esta dimensión de interactividad, dejando atrás la frontera entre lo global y lo local. Como demostración de cuánto absorbe la burguesía del mundo material rindiéndose ante la doctrina revolucionaria, Marshall McLuhan se expresa así con respecto a la potencialidad social de los nuevos medios de comunicación:

“Hoy nosotros vivimos en la era de la información y de la comunicación porque los aparatos electrónicos crean instantáneamente un campo total de eventos interdependientes en los que participan todos los hombres. Ahora este mundo de acciones recíprocas públicas tiene la misma interdependencia omnicomprensiva e integral que hasta ahora había caracterizado solamente a nuestros sistemas nerviosos individuales. Esto es porque la electricidad tiene carácter orgánico y refuerza el vínculo social orgánico mediante su tarea tecnológica en el telégrafo, en el teléfono, en la radio y en otras formas”

Nuestra corriente sintetizaba: la máquina a vapor era una fuente local, proudhoniana, de energía; la red eléctrica es una fuente comunista. Esta progresiva integración espacial-temporal de los cerebros individuales en la red mundial es el terreno de cultivo en el que se desarrollan nuevos lazos sociales. Es la estructura misma que predispone al individuo a un comportamiento diferente con respecto a la comunicación y con respecto al otro:

“Se obtiene entonces un cuadro de la mente como sinónimo de sistema cibernético: el sistema total que elabora la información y que completa el procedimiento por prueba y error. Y sabemos que al interior de la mente –en la acepción más amplia– habrá una jerarquía de subsistemas, cada uno de los cuales podemos llamar mentes individuales” (Bateson, Forma, sostanza e differenza [Forma, sustancia y diferencia]).

Sabemos que el conformismo tercerinternacionalista [terzinternazionalista] critica el hecho de que se recurra a las capitulaciones burguesas para demostrar la avanzada de la revolución aun cuando sea evidente la permanencia de la contrarrevolución (si hay una contrarrevolución quiere decir que la revolución funciona). Dicha crítica solo tendrá sentido cuando un movimiento revolucionario logre decir algo más importante con la finalidad de lograr la madurez revolucionaria más allá de lo que lleguen a decir los burgueses. Es un axioma determinista [deterministico]: es imposible que una revolución renuncie a difundir sus resultados teóricos solo porque la contrarrevolución intente impedirlo.

Traducido por Federico Anaximandro De Leonardis

Notas, corrección, edición y estilo por Rossoinero

Título original: Rivoluzione e cibernetica

Tomado de n+1 Rivista sul movimiento reale che abolisce lo stato di cose presente número 46, noviembre 2019

Buenos Aires, 31 de diciembre de 2020

Fuente: https://escritosparalaemancipacion.wordpress.com


LECTURAS ACONSEJADAS

  • Bateson Gregory, Per una ecologia della mente [Para una ecología de la mente], Adelphi.
  • Buchanan Mark, Nexus, Mondadori.
  • Buchanan Mark, Ubiquità [Ubicuidad], Mondadori.
  • Buchanan Mark, L’atomo sociale [El átomo social], Mondadori.
  • Demozzi Silvia, Forma, sostanza, differenza. Brevi cenni di epistemologia batesoniana [Forma, sustancia, diferencia. Breve reseña de la epistemología batesoniana], https://rpd.unibo.it/article/viewFile/3448/2814.
  • Engels Friedrich, Dialettica della natura [Dialéctica de la naturaleza], Editori Riuniti.
  • Gleick James, Caos, Rizzoli.
  • Hackett John, La Terza Guerra Mondiale [La tercera guerra mundial], Garzanti.
  • Marx Karl, Il capitale, libro I [El capital, libro I], Editori Riuniti.
  • Marx Karl, Grundrisse, Einaudi.
  • McLuhan Marshall, Understanding media [Comprender los medios de comunicación], https://www.yumpu.com/it.
  • Waldrop Mitchell, Complessità [Complejidad], Instar Libri.
  • Wiener Norbert, Introduzione alla cibernetica [Introducción a la cibernética], Bollati Boringhieri.

Notas

[i] “Nuestra corriente” refiere a la llamada izquierda comunista italiana, vulgarmente identificada con el bordiguismo. [Nota de Rossoinero]

[ii] Las Tesis de Roma fueron adoptadas en el II Congreso del Partido Comunista de Italia. [Nota de Rossoinero]

[iii] Sottomissione: sometimiento, sumisión; no sussunzione (subsunción). [Nota de Rossoinero]

[iv] Traducción del italiano al castellano. Trasuntamos aquí la traducción del alemán al castellano realizada por Pedro Scaron, que se lee en Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (volumen 2, Siglo XXI, México, 12.ª edición, 1989): “El proceso de producción ha cesado de ser proceso de trabajo en el sentido de ser controlado por el trabajo como unidad dominante. El trabajo se presenta, antes bien, sólo como órgano consciente, disperso bajo la forma de diversos obreros vivos presentes en muchos puntos del sistema mecánico, y subsumido en el proceso total de la maquinaria misma, sólo como un miembro del sistema cuya unidad no existe en los obreros vivos, sino en la maquinaria viva (activa), la cual se presenta frente al obrero, frente a la actividad individual e insignificante de éste, como un poderoso organismo.” [Nota de Rossoinero]

[v] El colectivo n+1 se refiere al texto publicado en la revista Prometeo (año I, número 1, 1946), órgano de la llamada “izquierda comunista italiana”. [Nota de Rossoinero]

[vi] Texto publicado en Il Programma comunista número 13 (1961). [Nota de Rossoinero]

[vii] Traducción del italiano al castellano. n+1 extrajo la cita de Glosas críticas al artículo “El rey de Prusia y la reforma social. Por un prusiano”. Trasuntamos aquí la traducción del alemán al castellano realizada por Wenceslao Roces, que se lee en Escritos de juventud de Carlos Marx (Obras fundamentales de Marx y Engels, tomo I, Fondo de Cultura Económica, 1.ª edición, 1982): “Una revolución social se sitúa en el punto de vista del todo porque –aunque sólo se produzca en un distrito fabril– entraña una protesta del hombre contra la vida deshumanizada, porque arranca del punto de vista del individuo real, porque la comunidad contra cuya separación del individuo reacciona éste es la verdadera comunidad del hombre, la esencia humana. El alma política de una revolución consiste, por el contrario, en la tendencia de las clases carentes de influencia política a superar su aislamiento con respecto al Estado y al poder. Su punto de vista es el del Estado, el de un todo abstracto, que sólo existe gracias a la separación de la vida real, que es inconcebible sin la contraposición organizada entre la idea general del hombre y su existencia individual. Por tanto, una revolución con alma política organiza también, en consonancia con la naturaleza limitada y dual de esta alma, un círculo dirigente de la sociedad, a costa de la sociedad misma.” [Nota de Rossoinero]


La hipótesis cibernética

Miquel Amorós: Contribución al esclarecimiento de algunos aspectos de la acción durante los malos tiempos

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Claude Bernard, Bachelard, Feyerabend: tres científicos contra el cientificismo

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Fuente: Lapeste.org