December 16, 2021
De parte de La Haine
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Texto completo de “Carta a Vicki” y “Carta a mis amigos”. Vicki Walsh muri贸 combatiendo contra los esbirros de la dictadura en 1976

Por orden del juez Rafecas, este martes fueron detenidos diez represores que intervinieron en el brutal operativo conocido como “La masacre de la calle Corro” donde murieron cinco militantes de la organizaci贸n Montoneros, entre ellos Vicki Walsh, la hija del escritor y periodista Rodolfo Walsh. Otros cuatro fueron secuestrados y llevados a centros de detenci贸n clandestina. Cuando se enter贸 de la muerte de su hija, Walsh le escribi贸 una conmovedora carta. Tres meses despu茅s, envi贸 a sus amigos otra carta, donde detallaba las circunstancias de la muerte de Mar铆a Victoria y c贸mo se hab铆a llegado a ella. Las dos se reproducen a continuaci贸n.

Rodolfo Walsh y su hija Mar铆a Victoria.

Carta a mis amigos

29 de diciembre de 1976

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, Mar铆a Victoria, despu茅s de un combate con las fuerzas del Ej茅rcito. S茅 que la mayor铆a de aquellos que la conocieron la lloraron. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles pero tambi茅n para explicarles c贸mo muri贸 Vicki y por qu茅 muri贸.

El comunicado del Ej茅rcito que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era Oficial 2潞 de la Organizaci贸n Montoneros, responsable de la Prensa Sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese d铆a con cuatro miembros de la Secretar铆a Pol铆tica que combatieron y murieron con ella.

La forma en que ingres贸 en Montoneros no la conozco en detalle. A la edad de 22 a帽os, edad de su probable ingreso, se distingu铆a por decisiones firmes y claras. Por esa 茅poca empez贸 a trabajar en el Diario “La Opini贸n” y en un tiempo muy breve se convirti贸 en periodista. El periodismo no le interesaba. Sus compa帽eros la eligieron delegada sindical. Como tal debi贸 enfrentar en un conflicto dif铆cil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdi贸 y cuando Timerman empez贸 a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidi贸 licencia y no volvi贸 m谩s.

Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combat铆a. Sali贸 de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fu茅 detenido a principios de 1975 y no lo vio m谩s. La hija de ambos naci贸 poco despu茅s. El 煤ltimo a帽o de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llev贸 a relegar toda gratificaci贸n individual, a empe帽arse mucho m谩s all谩 de sus fuerzas f铆sicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, s贸lo su sonrisa se volv铆a un poco m谩s desva铆da. En las 煤ltimas semanas varios de sus compa帽eros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicaci贸n en el frente sindical que era su responsabilidad.

Nos ve铆amos una vez por semana; cada quince d铆as. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quiz谩s diez minutos en el banco de una plaza. Hac铆amos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Present铆amos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el 煤ltimo, y nos despedimos simulando valor, consol谩ndonos de la anticipada p茅rdida.

Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisi贸n madurada, razonada. Conoc铆a, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilaci贸n de miembros, la tortura sin l铆mite en el tiempo ni en el m茅todo, que procura al mismo tiempo la degradaci贸n moral, la delaci贸n. Sab铆a perfectamente que en una guerra de esas caracter铆sticas, el pecado no era hablar, sino caer. Llevaba siempre encima la pastilla de cianuro -la misma con la que se mat贸 nuestro amigo Paco Urondo-, con la que tantos otros han obtenido una 煤ltima victoria sobre la barbarie.

El 28 de septiembre, cuando entr贸 en la casa de la calle Corro, cumpl铆a 26 a帽os. Llevaba en sus brazos a su hija porque en el 煤ltimo momento no encontr贸 con qui茅n dejarla. Se acost贸 con ella, en camis贸n. Usaba unos absurdos camisones largos que siempre le quedaban grandes.

A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ej茅rcito, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subi贸 a la terraza con el secretario pol铆tico Molina, mientras Coronel, Salame y Beltr谩n respond铆an al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP [Fusil amtetrallador pesado] emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: “El combate dur贸 m谩s de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba, nos llam贸 la atenci贸n porque cada vez que tiraban una r谩faga y nosotros nos zambull铆amos, ella se re铆a.”

He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halc贸n y mi hija nunca hab铆a tirado con ella, aunque conociera su manejo, por las clases de instrucci贸n. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron re铆r. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsaci贸n del dedo brotara una r谩faga y que ante esa r谩faga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo.

A los camiones y el tanque se sum贸 un helic贸ptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego.

“De pronto -dice el soldado- hubo un silencio. La muchacha dej贸 la metralleta, se asom贸 de pie sobre el parapeto y abri贸 los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, ten铆a el pelo corto y estaba en camis贸n. Empez贸 a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la 煤ltima frase, en realidad no me deja dormir. -Ustedes no nos matan -dijo-, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.”

Abajo ya no hab铆a resistencia. El coronel abri贸 la puerta y tir贸 una granada. Despu茅s entraron los oficiales. Encontraron una nena de algo m谩s de un a帽o, sentadita en una cama, y cinco cad谩veres.

En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, ten铆an otro camino. La respuesta brota desde lo m谩s profundo de mi coraz贸n y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligi贸 era el m谩s justo, el m谩s generoso, el m谩s razonado. Su l煤cida muerte es una s铆ntesis de su corta, hermosa vida. No vivi贸 para ella, vivi贸 para otros, y esos otros son millones. Su muerte s铆, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella.

Esto es lo que quer铆a decirle a mis amigos y lo que desear铆a que ellos transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.

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Carta a Vicki

Al enterarse de la muerte de su hija, el escritor y periodista redact贸 un breve texto, dirigido a ella, que se reproduce a continuaci贸n. 

Querida Vicki.

La noticia de tu muerte me lleg贸 hoy a las tres de la tarde. Est谩bamos en reuni贸n cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuch茅 tu nombre, mal pronunciado, y tard茅 un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empec茅 a santiguarme como cuando era chico. No termin茅 ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Despu茅s les dije a Mariana y a Pablo: “era mi hija”. Suspend铆 la reuni贸n. 

Estoy aturdido. Muchas veces lo tem铆a. Pensaba que era excesiva suerte, no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. S铆, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por m铆, aunque no lo dec铆amos. Ahora el miedo es aflicci贸n. Se muy bien por qu茅 cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas. Me quisiste, te quise. El d铆a que te mataron cumpliste 26 a帽os. Los 煤ltimos fueron muy duros para vos. Me gustar铆a verte sonre铆r una vez m谩s. 

No podr茅 despedirme, vos sab茅s por qu茅. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ah铆 te guardo, te acuno, te celebro y quiz谩 te envidio, querida m铆a.

Habl茅 con tu mam谩. Est谩 orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida. 

Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que hab铆a una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus l铆mites, que brotaba de alguna profundidad.

Hoy en el tren un hombre dec铆a: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un a帽o”. Hablaba por 茅l, pero tambi茅n por m铆.




Fuente: Lahaine.org