December 25, 2020
De parte de Paco Salud
378 puntos de vista


Santa María de Iquique y la venganza popular de Antonio
Ramón

por Ernesto Guajardo

Lo juramos, compañeros, ese día llegará, es uno de los
versos finales de la Cantata de Santa María. La justicia debida a la masacre
ocurrida en la Escuela Domingo Santa María se alcanzaría con el triunfo de la
Unidad Popular. En ese momento se cierra el ciclo histórico. La ofensa será
recordada, y su castigo será ejercido sobre otros cuerpos, los cuales se
visualizan como la prolongación de quienes ordenaron y dispararon en 1907.

Sin embargo, existe una fecha casi desconocida en la
historia, y un hecho contenido en ella que es altamente significativo. Hecho y
fecha que representan una suerte de conclusión anticipada de la Cantata. El 14
de diciembre de 1914, el obrero español Antonio Ramón Ramón, apuñalaba, sin
lograr darle muerte, al general Roberto Silva Renard, la máxima autoridad que
condujo a las fuerzas militares en la represión de los mineros del salitre.
Ramón había perdido a su hermano en la matanza. Casi siete años después,
intentaba hacer justicia.

El conocimiento de estos datos se lo debemos al escritor
chileno Sergio Missana quien, en su novela El invasor relata estos hechos y sus
consecuencias inmediatas. ¿Por qué Missana escribe, a finales del siglo, esta
novela? Asumimos que por la misma voluntad que Luis Advis compuso la Cantata:
recuperar la memoria histórica. Sin embargo, existen algunas diferencias. El
tiempo que transcurre entre la Cantata y El invasor da cuenta, también, de las
modificaciones en la forma de ver y aprehender la realidad.

La primera de ellas es que la subcultura de izquierda
tradicional tiende a construir sus creaciones artísticas pensando en sectores
sociales determinados (a veces, referidos como abstractas nociones de pueblo),
o bien en héroes o mártires de esos mismos sectores. La duda es ¿por qué
Antonio Ramón no ha sido considerado un héroe? Tal vez la respuesta provenga de
la mirada ideológica que permea a los creadores de la izquierda tradicional. En
ellos, los constructores de la nueva sociedad son grandes conjuntos humanos,
expresados en la figura totémica de pueblo. La acción individual, aislada, es
propia de los anarquistas o los aventureros, y por lo tanto no es considerada
como conducente al logro del gran objetivo final.

Estas interrogantes son más vehementes a medida que surgen
nuevas investigaciones sobre este hito del movimiento popular. En efecto, en un
artículo de Ernesto Carmona aparecido en la revista La Huella en 2002 se
encuentran interesantes observaciones, relacionadas con lo que ocurrió luego
del intento de dar muerte al general Silva Renard. Se señala, por ejemplo, que
el diario El Despertar de los Trabajadores, publicó en su portada –al día
siguiente de ocurridos los hechos– estas palabras:

«..sólo hay
satisfacción, una profunda sensación de alivio al ver que cae aquél que en
época no lejana ahogara las más sublimes aspiraciones de un pueblo en un charco
de sangre».

Según Carmona, se inició una colecta para defender a Ramón
en los tribunales, al mismo tiempo que el abogado Carlos Vicuña Fuentes asumía
dicha defensa. También afirma que diversas manifestaciones, mitines callejeros,
huelgas de hambre y paros exigieron, durante años, la revisión del fallo contra
Ramón:

El geógrafo anarquista ruso Piotr Alekseyevich Kropotkin (…)
encabezó una campaña internacional, a la que adhirieron Rodolfo Rocker, el
novelista francés Romain Rolland, el dramaturgo estadounidense Eugene O’Neill
–más tarde suegro de Charles Chaplin– y hasta el nuevo gobierno revolucionario
soviético de Rusia.

Estos antecedentes nos permiten sostener que la acción de
Ramón, a pesar de ser nítidamente «ilegal», concitó un importante nivel de
apoyo. Precisamente por ello, se hace más significativa su difuminación a lo
largo del siglo XX. Carmona recuerda las expresiones de solidaridad que se
sucedieron cuando en 1922 el presidente Arturo Alessandri Palma decretó la
expulsión y repatriación de Antonio Ramón:

«no cesaron desde su salida de la cárcel hasta el
embarcadero en Valparaíso. El anarco-sindicalista Onofre Chamorro le entregó
1.500 libras esterlinas (…) una pequeña fortuna reunida por la solidaridad para
su viaje forzado». En esos momentos, Chamorro expresó en su despedida: «Nuestra
admiración al compañero libertario que, a nombre de la anarquía, supo limpiar
las manchas de sangre que provocó en el pueblo obrero el general asesino»,
acotando que «¡Sepan los explotadores y sus sicarios que con el pueblo no se
juega!»

Estas expresiones de solidaridad, tanto hacia la persona de
Antonio Ramón como a la acción que él realizó nos ofrecen testimonios de una
voluntad colectiva –organizada o no– de acogerlo, a él y a su acto. El
despliegue de esa voluntad parecería indicar que, si bien el acto realizado fue
individual, sus significaciones fueron asumidas colectivamente, dando cuenta
así de alto niveles de correspondencia entre la acción en sí y el sentir de
algunos segmentos de los sectores populares. Esto dificulta el descalificar a
priori la acción protagonizada por Ramón como un acto desvinculado de los
sectores populares. De hecho, casi un año antes de realizada la acción de
Ramón, el 20 de diciembre de 1913, en El despertar de los trabajadores,
Francisco Pezoa publica su «Canto a la huelga» –difundido ampliamente por el
conjunto Quilapayún como «Canto a la pampa»-. En sus estrofas finales se
señala:

Pido venganza por el que vino

de los obreros el pecho abrir,

pido venganza por el pampino

que como bueno supo morir.

Baldón eterno para la fiera

masacradora sin comparación;

quede manchada con sangre obrera

como un estigma de maldición.

Incluso, la apelación a la justicia se plantea apelando a
diversos actores. Juan Bautista Peralta, por ejemplo, –poeta popular y
militante del Centro Social Obrero– en su poema «Sobre la horrible matanza de
Iquique» señala:

Si existe un Dios Justiciero

y hay un infierno monstruoso,

castigue al facineroso

al tremendo carnicero.

El aras del pueblo obrero

venga la divina espada

y acabe con la poblada

militar alma de hiena;

porque injusta fue la escena

en Iquique consumada.

Además de la justicia divina, el castigo a los responsables
de la masacre se plantea como una responsabilidad colectiva, del conjunto de
los trabajadores organizados. Este mismo poeta, haciéndose portavoz del Centro
Social Obrero, difunde a finales de diciembre de 1907 una lira popular, en la
cual describe las reacciones de las clases sociales ante lo sucedido. En
particular, de aquellos que rechazan la matanza: los parlamentarios de
oposición y los «gremios de resistencia». Si las demandas de justicia, expresadas
por ellos, son desoídas:

Nuestro Congreso Social

llamará en forma especial

a los obreros de Chile,

para hacer en un desfile

una huelga general.

Si no se obtiene la justicia solicitada,

…la indignación

subirá en forma increíble,

y quizás sea posible

que unidos nuestros hermanos

castiguen a los tiranos

en una huelga terrible.

Ahora lo sabemos, a pesar del tiempo transcurrido. Antonio
Ramón intentó vengar la muerte de su hermano. Y lo hizo en el cuerpo del
principal responsable. No conocer esta historia –al menos no difundida de una
manera amplia– sino hasta 1997, fecha en que Missana publicó su novela es, por
decir lo menos, sorprendente. Son noventa años de ignorancia. Uno no puede sino
sumarse al asombro del personaje que habla en El invasor:

De hecho, para mi sorpresa este caso –el ataque a manos de
un obrero a uno de los oficiales de mayor rango del Ejército– no ha tenido la
menor repercusión en la opinión pública. Cómo pueden haberlo logrado, qué
mecanismo fantástico han de haber puesto en movimiento a lo largo y ancho del
Poder Judicial y de la prensa y de las Fuerzas Armadas y de la clase política
entera para evitar que el asunto se desbordara, para mantenerlo en secreto, va
más allá de mi imaginación. Me cuesta concebir la suma de poderes capaz de
confinar un asunto como éste fuera de los márgenes de cualquier relevancia
pública. Y cuando lo consigo, me asusta. Por momentos he llegado a dudar de que
no se trate sólo de un monstruoso error de cálculo por mi parte, que por su
sola naturaleza el asunto estuviera ya condenado a desaparecer, sin levantar ni
siquiera una mínima ondulación, como una piedra en el agua. Pero no lo creo. La
invisibilidad del caso, la indiferencia unánime de todos y cada uno de los
estratos ciudadanos, no puede sino resultar sospechosa.

El hecho de que los poderes del Estado y la clase dominante
no hayan difundido la acción de Antonio Ramón tiene una explicación obvia. Sin
embargo, aun cuando dicha acción fuera conocida sólo por sus contemporáneos, y
no lograra trascender en la tan menguada memoria histórica. ¿Por qué no logró
ser mantenida y consolidada en la memoria popular? Más aún, ¿por qué conocemos
más sobre la matanza en sí que sobre este intento de venganza? A pesar de que
pudiera sostenerse que la acción de Antonio Ramón constituye una acción de
carácter «individual», ello no puede implicar que –dada dicha condición– esa
acción sea «irracional». Como lo señala Pedro Bravo Elizondo:

«su actitud no es la de un alienado u obseso. La venganza y
la justicia conforman un código inalienable en el ser humano y no es sólo
privilegio de las clases nobles, como lo observamos en las grandes tragedias
clásicas. Para Antonio, la justicia no era una opción».

Nos parece que existe una tendencia en la cultura de
izquierda tradicional a realizar una recuperación de su memoria histórica de
una manera dolorida. Los hechos en los cuales los sectores populares, ya sea
individual u organizadamente se han expresado con violencia no tienen una
presencia tan connotada en el imaginario de la izquierda tradicional.
Precisamente lo contrario sucede con los actos de violencia perpetrados en
contra de los sectores populares. Esos los conocemos casi en detalle. Patricio
Manns publicó, en 1972, Las grandes masacres, haciendo una revisión de esos
sucesos en Chile. 95 páginas de golpes recibidos.

No se ha publicado un libro con las grandes rabias.

Dicha voluntad de recuerdo doliente pareciera ser una
construcción posterior a la época en que estos hechos acontecen (del mismo modo
que ocurriría con la derrota de la Unidad Popular; según estos discursos,
pareciera que los sectores populares saben o intuyen los costos de su lucha
pero que, luego de realizada la derrota efectiva, se realiza una elaboración,
que transforma esa conciencia de los costos –en definitiva, una conciencia de
la inevitabilidad del enfrentamiento–, en una suerte de metafísica que explica
lo ocurrido como producto del destino, o bien como una expresión de la
irracionalidad del poder, impidiéndose así la comprensión de la racionalidad
que posee el proceso de enfrentamiento entre las clases sociales).

Debido a lo anterior, el problema de la construcción de una
mirada dolorosa de la historia del movimiento popular chileno no puede ser
atribuido, exclusivamente, a la preeminencia en nuestro ethos cultural de la
cosmovisión judeo-cristiana, toda que vez que dicha presencia, a nuestro
parecer innegable, puede adquirir más de un sentido. A ello se refiere, por
ejemplo, María Angélica Illanes, cuando sostiene que

«es necesario hacer
una distinción entre la idea de sacrificio como ‘entrega’

y la idea de sacrificio como ‘costo de una lucha’ necesaria.
Esta última es la idea de Loayza al llamar al sacrificio a los obreros y que
también está presente en la poesía pampina de esos años. Se trata de la necesidad
del sacrificio del cuerpo para fundar la superioridad de la mente y la razón;
del espíritu, de la salvación. El esquema es el civilizacional occidental y
judeo-cristiano».

Illanes se refiere a Francisco A. Loayza, y a su poema
«¡Escucha!», publicado

en El Pueblo, de Iquique, el 21 de julio de 1906. En dicho
poema, Loayza expresa lo siguiente:

¡Basta ya de mansedumbre…

De la gran causa al servio [sic]

hay la vida que ofrendar;

tienes, pueblo, que luchar,

luchar hasta el sacrificio.

No temas de la opresión,

a los castigos extremos,

que entre martirios supremos

viene toda gestación.

¡Bandera de redención

flamea sólo en retazos!

El ave sale del huevo

cuando éste queda en pedazos!…

La autora señala que lo anterior explica

«la referencia permanente que hace la poesía popular a la
figura de Cristo. Porque niegan la posibilidad de que se funde la razón popular
de modo espontáneo; requiere del Calvario, del ‘dolor, del sufrimiento, de la
sangre y de la muerte, para dar como fruto: lo nuevo, la redención, la igualdad
y la felicidad. Fenómeno y proceso que también está presente en la naturaleza:
después de la muerte, el fruto; después del invierno, el verano; después de la
noche, el día. Cristo encarna, más que una verdad religiosa propiamente tal,
una verdad natural».

Creemos que este planteamiento no puede considerarse como un
comportamiento exclusivo de los sectores populares en los inicios del siglo XX.
De hecho, antes y después del Golpe cívico-militar de 1973, un segmento de la
izquierda chilena se sentía interpretada por consignas como «¡Patria libre o
morir!, ¡Patria o muerte, venceremos! Incluso, finalizando la década de los
ochenta, se proponía la consigna de «¡Hasta vencer o morir!». Con lo anterior
queremos señalar que esta manera de prefigurar el advenimiento de una nueva
sociedad, trasciende los márgenes de las definiciones político-ideológicas, así
como las determinaciones espacio-temporales. Por último, no puede dejar de
señalarse la enorme importancia que adquiere durante la lucha contra la dictadura,
la construcción de la figura del mártir, como un ícono convocador y
movilizador, enraizando así con gran parte del imaginario judeo-cristiano
(recordemos, por ejemplo, en la figura del Mio Cid Campeador quien, después de
muerto, continúa presente en el combate, ayudando incluso a ganarlo).

Fuente: http://www.ciudadinvisible.cl




Fuente: Pacosalud.blogspot.com