January 20, 2022
De parte de Nodo50
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En bastantes charlas sobre extremas derechas, profesores y profesoras de secundaria cuentan que algunos de sus alumnos adolescentes sacan pecho de sus posiciones antifeministas: usan vocabulario ultra como “feminazis” o dicen que la violencia de género no existe. He hablado con algunos amigos que se dedican a la enseñanza para pensar qué está pasando y qué podemos hacer.

Lo primero es quitarle un poco de hierro al asunto; lo más probable es que no sea un fenómeno masivo ni que siempre se corresponda necesariamente con actitudes machistas. A menudo se expresa más bien como provocación: una manera de afirmarse. Como explica Carlos Herrero, profesor en un instituto de Rivas Vaciamadrid, en realidad los chavales tienen actitudes cada vez más igualitarias. De hecho, tienen mucho que enseñarnos porque muchos de ellos están experimentando nuevas formas de vivir los géneros o “entre” los géneros. Hoy parece que se abren más posibilidades. La posición de algunos de estos jóvenes como “no binarios” –que sienten que no encajan en ninguna definición de roles preestablecida– lo atestigua. Las posibilidades de vida se multiplican y es una buena noticia. Pero esta revolución no llega a todas partes y todavía enfrenta dificultades.

Como explica Herrero, lo que ha conseguido Vox es que algunos de estos chavales, y aunque sus posiciones sean minoritarias, “salgan del armario”, que expresen de manera más pública o vehemente sus posiciones antifeministas –o incluso homófobas– que antes estaba peor visto verbalizar. Muchos de estos chavales las utilizan como una suerte de rebeldía, para construirse como adolescentes e incluso para afirmar su masculinidad para enfrentarse “al mundo”, a la “autoridad” del profesor o a lo “políticamente correcto”; o simplemente buscan escandalizar. Hoy las posiciones mayoritarias en realidad son las feministas o, por lo menos, un discurso mas igualitario en cuestiones de género.

La adolescencia siempre es difícil, pero los chavales están sometidos hoy a fuerzas quizás más complejas que les dificultan todavía más el camino a la vida adulta. Por un lado, la propia búsqueda de su papel en un orden de género que ha sido cuestionado por el movimiento feminista –con mayor intensidad en los últimos años–. Actualmente, muchas adolescentes se declaran feministas en las escuelas y gracias a las luchas feministas, existen más modelos diversos sobre lo que supone “ser mujer”, de manera que las jóvenes pueden construirse con mayor margen de libertad, aunque parte de su lucha sea por encontrar caminos propios. 

Sin embargo, y a pesar de los avances, los chicos disponen de menos formas “alternativas” de ser hombres y en general se sienten más presionados para encajar en los roles tradicionales. La vigilancia que se ejerce sobre la masculinidad es más fuerte, y el “maricón” sigue utilizándose para patrullar sus fronteras y castigar a los chavales para que se adapten a la norma de género. Los chicos gays o que no encajan de alguna manera todavía pueden llegar a pasarlo mal aunque lo tienen muchísimo más fácil que los que vinieron antes.

Cuando se juntan la indeterminación provocada por la transformación de los modos de relación –¿cómo ser hombre hoy?– con el resto de indeterminaciones sociales no es extraño que los chavales busquen certezas identitarias

A las presiones sobre el género, se suman las presiones sobre la vida. Por ejemplo, los mensajes sobre lo difícil que es hacerse adulto en España, las dificultades de emancipación –la edad media en España es de más de 29 años, las tasas de paro juvenil son escandalosas–, que los harán dependientes durante muchos años; es decir, que no serán tratados como adultos hasta muy tarde. Cuando miran su futuro ven una nube negra –que se suma a la ansiedad que provocan las predicciones sobre los efectos del cambio climático–. La pandemia ha impuesto el aislamiento y nuevas dificultades y los ha hecho todavía más dependientes del éxito en las redes sociales. En 2020, el suicidio en España se ha convertido en la primera causa de muerte de los más jóvenes –entre 14 y 29 años–. Hoy quizás todavía es más difícil ser adolescente que en épocas pasadas.

María Fernanda Rodríguez enseña en un instituto de San Cristóbal y cree que tras el crecimiento de las posiciones de extrema derecha en los institutos –y en general en la sociedad– hay un trasfondo de “masculinidad herida”. Cuando se juntan la indeterminación provocada por la transformación de los modos de relación –¿cómo ser hombre hoy?– con el resto de indeterminaciones sociales no es extraño que los chavales busquen certezas identitarias o traten de agarrarse a algo que les proporciona un lugar en el mundo. Esta necesidad de reconocimiento o de estatus se potencia además con la inestabilidad económica o el miedo a caer, y con la pérdida de poder de los hombres en todos los ámbitos cuando la precariedad avanza, los trabajos no dan sentido, y el sometimiento se acrecienta en muchos órdenes. Así, podemos identificar también un vínculo entre estas dificultades vitales y la afirmación de la masculinidad tradicional que puede expresarse mediante posiciones antifeministas u homófobas. Su “machismo” es una ilusión compensatoria a su subordinación real. “Estos chavales que tienen la autoestima muy frágil y económicamente están muy jodidos, compensan así sus sentimientos de subordinación social. En vez de politizarse en un sentido emancipador, optan por la ilusión identitaria como cuando se alinean en posiciones de ultraderecha –aunque hay otras identidades posibles–, explica Rodríguez. De hecho, también pueden funcionar como afirmaciones identitarias o de búsqueda de estatus las posiciones de los y las adolescentes queer, no binarios, o incluso feministas.

Tampoco podemos perder de vista que lo más problemático y difícil de enfrentar no son las posiciones antifeministas de carácter ideológico –que se pueden discutir en el aula– sino aquellas que tienen que ver con los comportamientos y los modos de relación donde la afirmación de la masculinidad tradicional están relacionadas con las condiciones de vida y la reproducción de mecanismos aprendidos en sociedades también violentas como la nuestra. Esa violencia es experimentada cotidianamente por muchos adolescentes migrantes perseguidos por la policía, chavales que son desahuciados, sufren abusos en casa o soportan las consecuencias de la pobreza. Evidentemente la reafirmación de la masculinidad tradicional no se corresponde necesariamente con el apoyo a la extrema derecha. Ni de hecho, todo apoyo a la extrema derecha desde el antifeminismo está relacionado con posiciones de clase subalternas, sino, por lo menos en el caso español, más bien lo contrario.

En los casos más extremos, la crisis identitaria y de futuro de estos adolescentes ofrece un terreno fértil para los reclutadores de grupos extremistas de supremacistas blancos o masculinos o neonazis, como explica Michael Kimmel sobre EEUU en Healing from Hate –aunque sucede también en Europa–. Algunos de estos jóvenes incluso han estado detrás de atentados en escuelas o mezquitas que se han cobrado decenas de vidas y los han justificado con argumentos antifeministas extremos –como los propios de la subcultura incel–.

¿Cómo hablar con ellos?

Los chavales pueden identificar esas posiciones antifeministas como transgresoras porque muchas veces, como explica Herrero, el feminismo que perciben en los medios o las redes es uno que a menudo se expresa como verdades morales indiscutibles y que puede ser también extremadamente culpabilizador. Otros feminismos más abiertos y transformadores no tienen tanto espacio en el mainstream. Evidentemente, el auge de la extrema derecha no es culpa del feminismo, y precisamente, en sus versiones más emancipatorias puede proporcionar herramientas para desactivar su discurso, tanto en el plano de la confrontación hombres/feminismo, como el que opone a los nacionales con los extranjeros como causa de todos los males.

Lo primero y más evidente para ayudar a desactivar estas posiciones es evitar la censura moral o señalar temas como “no debatibles”. Todos los espacios, pero sobre todo las escuelas, deberían ser lugares donde se pueda hablar de cualquier tema –con respeto–. Espacio seguro es aquel donde se pueden expresar dudas, equivocarse y aprender. Porque si el feminismo se impone como un dogma quizás consigamos que los chicos –o incluso chicas– digan lo que creen que “está bien”, pero que sigan pensando de manera diferente y expresándolo así en sitios privados. Individualizar el problema mediante la culpa supone, además, perder de vista el verdadero problema de carácter estructural. En este sentido, el discurso de los privilegios puede ser profundamente despolitizador además de que aplana las condiciones de vida absolutamente dispares de los chavales. El motor del cambio social no puede ser la culpa sino la responsabilidad y el compromiso. 

Por otra parte, algunos chavales dicen que les gustaría formar parte del movimiento feminista pero no saben cómo participar ni se sienten invitados e incluso se pueden llegar a sentir señalados como “potenciales agresores”. Esto implica perder fuerza para el cambio fundamental, ya que estos mismos chavales podrían ejercer de influencia positiva entre sus compañeros o ponerles límites ante actitudes machistas. Son ellos los que pueden construir nuevas formas de masculinidad de manera efectiva y tenemos que acompañarles en ese camino. El proyecto de prevención de la violencia sexista y de formación en temas de género de Acción en Red, Por los buenos tratos, supone un buen ejemplo de enfoque no culpabilizador que potencia la autonomía de los y las adolescentes y los incluye por igual en el enfoque feminista.

La mejor manera de enfrentar el antifeminismo es tratar de explicar cómo el feminismo también puede mejorar la vida de los hombres

Por tanto, el feminismo no es un corpus moral y no debería funcionar como una religión, sino que tiene que ser un proyecto de cambio compartido por hombres y mujeres que se construya colectivamente y de forma antiautoritaria. Al ser un proyecto que se propone transformar las formas de organización social, también tiene espacio para que los chavales –y los hombres– se sientan parte de este movimiento. La mejor manera de enfrentar el antifeminismo es tratar de explicar cómo el feminismo también puede mejorar la vida de los hombres. Por un lado, por la opresión que supone tener que encajar en el molde restrictivo de la masculinidad tradicional –y las consecuencias negativas que tiene para sus vidas y para las personas que les rodean, por ejemplo, en su relación con la violencia, o con el ponerse en riesgo, o la necesidad de ser siempre fuertes y juzgarse a través de ese baremo–. Por otro, porque la principal amenaza para la posición social de los hombres no es el feminismo, sino los daños infringidos por el sistema económico. Sus verdaderos problemas son los trabajos de mierda, el desempleo, la falta de dinero o las dificultades de llevar adelante vidas con sentido en el capitalismo. El patriarcado forma parte de estos problemas o los refuerza, aunque prometa a los hombres compensaciones de estatus o poder –basadas en la injusticia y la dominación de las mujeres–, y la reacción antifeminista promete compensaciones simbólicas de estatus que no aborda las causas económicas y políticas de sus problemas. Mejorar la vida de todos es, por tanto, una buena receta contra los peores efectos de la masculinidad cuando se junta con la precariedad vital.

El feminismo tiene una potencia enorme como proyecto de cambio social, ya que a partir de la situación de subordinación de las mujeres podemos entender la sociedad: que la desigualdad –de género, de estatus migratorio– es en realidad funcional a la acumulación de capital. ¿Podríamos explicarle esto a los chavales que pueden formar parte del feminismo, que los necesitamos para transformar el mundo en vez de hacerlos sentir como el enemigo? En la pensadora bell books podemos encontrar buenas pistas para los profesores que quieran explicar la existencia de un feminismo inclusivo. Por ejemplo en El feminismo es para todo el mundo. Ella precisamente usa sexismo en vez de machismo porque reconoce que el enemigo no son los hombres, sino el patriarcado: “El problema es el conjunto del pensamiento y la acción sexista, independientemente de que lo perpetúen mujeres u hombres, niños o adultos”. La toma de conciencia feminista por parte de los hombres es tan esencial para el movimiento revolucionario como los grupos de mujeres, concluye hooks. 




Fuente: Ctxt.es