June 30, 2022
De parte de Lobo Suelto
202 puntos de vista

Un libro no es solamente aquello de lo que habla un libro, tampoco es solamente la materia de la que est谩 hecho (el papel, los hilos, la tinta), no es quien lo escribe ni quien lo lee. Un libro es un haz de fuerzas. Materialidades s铆, pero tambi茅n actos, trampas, sortilegios, silencios, promesas, flujos. Lo que dice, quien lo dice, c贸mo lo dice, qui茅n lo lee, c贸mo lo lee, los espacios por los que navega, el valor que porta y circula, los dispositivos t茅cnicos que porta y sostiene, los 谩rboles que se talan para hacerlo, los r铆os que se contaminan, los mundos que habilita y los que censura, lo que pasa y lo que no deja pasar. Jam谩s tan cerca es todas esas cosas y algunas m谩s. Voy a detenerme en tres: una persecuci贸n, una pregunta y un sonido.

Persecuci贸n

El libro recorre la marabunta que somos, la confusi贸n que habitamos, diciendo que no sabemos, reivindicando que no sepamos porque nadie sabe solx, s铆, pero tambi茅n porque nadie sabe su 茅poca. Eso es vivir algo en presente: no saber. Se trata de tomar distancias con los relatos heroicos que no pueden dejar de explicar, man铆acamente, inclusive cuando dicen que no lo hacen. Pero en el libro ocurre algo m谩s, porque se logra decir algo, se intenta un com煤n sin saber, diciendo que no se sabe, no sabiendo. Como andan lxs cachorrxs antes de ser tecnobichos.

Cuando realmente no se sabe, se vuelve imprescindible prestar atenci贸n, dar la atenci贸n. Y se desarrolla un habla persiguiendo lo que ocurre, acopl谩ndose, se pone la lengua sobre la superficie viva. Seguir lo que ocurre rastreando, como dir铆a Vincianne Despret, persiguiendo las huellas de un animal al que probablemente no se alcance pero al que s铆 se puede conocer a trav茅s de sus huellas, detectando sus velocidades, sus presas, las guaridas en las que duerme por la noche o el d铆a. O donde no duerme nunca. Recorrer lo que ocurre con meticulosidad, tomando por momentos su velocidad fren茅tica, desacompas谩ndose de cuando en cuando para entrever.

Quien escribe rastrea superficies (redes sociales, medios de comunicaci贸n, redes de subtes), se帽ales y pulsos (la velocidad de un audio, la rayita que titila en el lugar en el que vamos a escribir, el modo del cursor, el azul de los vistos). Rastrea adem谩s acciones viejas (medir, competir, desear) que se reimprimen como acciones y palabras nuevas: chequear, escrolear, laiquear, gostear, espamear, notificar, administrar, guglear, empantallar, postear, hacer flaiers, editar, estresar, estar-siempre-disponibles.

Somos tamagochis de nosotrxs mismxs, se dice, somos 鈥測o digital鈥, habitantes sin cuerpo de un mundo luminoso, brillante, pr铆stino, que con su nombre 鈥渧irtual鈥 ya nos tendr铆a que advertir algo sobre lo problem谩tico de tener un cuerpo org谩nico, que necesita ser tocado, alimentado, dormir鈥

Pregunta

Pero las huellas que se persiguen a lo largo del libro no son solo las huellas del 鈥測o digital鈥 sino sobre todo, del bicho humano que estamos siendo, ac谩 y ahora y, sin embargo, tan lejos de s铆 mismo, tan perdido, tan cabizbajo, tan solo y tan acompa帽ado, tan capaz de genocidio y de poes铆a, de maravillarse ante una pintura como de apretar un bot贸n (ni siquiera -ya- un bot贸n sino una regi贸n en una pantalla) y hacer explotar una bomba, quemar un pueblito, ametrallar una escuela.

Quien escribe est谩 de pie justo all铆. Mira, como en la pintura de Turner, parado desde un risco, nuestro risco. Vemos su nuca, la espalda erguida. Y mirando as铆 plantea una pregunta, quiz谩 una de las pocas preguntas que importan, con la voz de la infancia, el territorio m谩s f茅rtil y potente que a煤n tenemos. Quien escribe est谩 parado ah铆 y pregunta: 鈥減ero 驴no habr谩 sido siempre as铆 la humanidad: todo lleno de cosas horribles pero tambi茅n cosas no horribles?鈥. 

Es probable que Spinoza se haya encontrado ante una pregunta similar, seguramente Adorno y Benjamin, expresamente Canetti y Simone Weil. El bicho humano, esa sibilia oscilante, ese genio inmanejable, borracho y alucinado. Esa centaura que no para de crear, que crea dioses y diosas y luego olvida que lxs ha creado: estados, salvaciones, algoritmos, m谩quinas, infiernos. Lo que todas estas escrituras comparten es que jam谩s estuvimos tan cerca鈥 de la abstracci贸n, de lo muerto. Quiz谩 el bicho humano es la centaura que late contra lo muerto que ella misma excreta. Agust铆n Valle narra esta centaura, el modo en el que dobla las patas y abre las manos, las excrecencias oscuras que deja al andar. Ac谩 y ahora. Formula la pregunta e intenta una respuesta con una (im)propia. En presente continuo, concreto, vivo. 

Quienes cumplimos con el ritual inici谩tico de leer o escuchar leer sobre alrededor bajo o contra Deleuze, supimos que no hablamos ni escribimos por otres sino ante otres. Levinas dec铆a que se trata de hablar ante el dolor de lxs dem谩s, de elaborar relatos que puedan ser compartidos con quienes sufren. Pero qu茅 pasa si quienes sufren algo somos todxs, c贸mo podr铆amos hablar desde, en y sobre un dolor que compartimos. Esta es otra de las tareas de este libro, que no ocurre menos porque se trate de un libro de teor铆a y filosof铆a pol铆tica. Todo lo contrario, ocurre m谩s, porque lo que nos duele es precisamente lo que nos pasa ante una dimensi贸n impotente de la pol铆tica: hacer venir lo vivo en nosotrxs, advenir-nos. 

D贸nde est谩 lo vivo, donde la casa, el amor, el lenguaje. No existen, mi ni帽e, habr谩 que inventarlos otra vez. D贸nde. No sabemos. Pero es ac谩 y ahora. Tambi茅n.

Sonido

Hay pistas. En este libro se habla de los feminismos (como experiencia colectiva de quienes hacen del dolor un motor para la acci贸n), del zapatismo, de algunos movimientos sociales, de algunos grupos, de quienes dicen que no, de quienes quieren humildemente pero mucho alguna cosa, de quienes aman. Y se habla de la pupila, del estar rostro a rostro vivo. No hay pupilas en la mentira luminosa de las pantallas, se dice. Como miope y como ast铆gmata, necesito agregar a la se帽al茅tica de este libro, el sonido. Porque la vista est谩 demasiado cerca de la mente, habita un plano 煤nico, aplana, es totalitaria; mientras que el sonido (cercano al tacto) es vibraci贸n de la materia, reclama y hace cuerpo, puede evadir algunas trampas, pero no todas. Pareciera ser, susurra Adorno (que sabe susurrar) que es m谩s dif铆cil ver el amor o el dolor que escucharlos. Y si los podemos escuchar, los podemos contar despu茅s. Contar, como no se cansa de susurrarnos 脷rsula Le Guin, es escuchar. Y en este libro escribe quien primero la sabe escuchar, persiguiendo las huellas, tenazmente. La voz narra, sube y baja, titubea, putea, r铆e, canta y en ciertos momentos, solloza. Con los h茅roes no se compone una amistad. Solo duelos, aquello de matar y morir, el honor, los argumentos, la admiraci贸n, el temor, las pir谩mides. Los h茅roes no est谩n ante y con nosotrxs. Los h茅roes solo saben.




Fuente: Lobosuelto.com