April 15, 2021
De parte de Nodo50
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Las tres 煤ltimas d茅cadas han estado marcadas por una creciente confusi贸n pol铆tica en torno al significado del antiimperialismo, una noci贸n que, como tal, no hab铆a sido objeto de mucha controversia anteriormente. Hay dos razones principales para esta confusi贸n: el final victorioso de la mayor铆a de las luchas anticoloniales posteriores a la Segunda Guerra Mundial y el derrumbe de la URSS. Durante la guerra fr铆a, Estados Unidos y las potencias coloniales occidentales aliadas libraron varias guerras directamente contra movimientos o reg铆menes de liberaci贸n nacional, as铆 como intervenciones militares m谩s limitadas y guerras indirectas. En la mayor铆a de estos casos, las potencias occidentales se enfrentaban a un adversario local apoyado por una amplia base popular. As铆 pues, oponerse a la intervenci贸n imperialista y apoyar a aquellos contra los que estaba dirigida resultaba obvio para los progresistas; la 煤nica cuesti贸n era si este apoyo deb铆a ser cr铆tico o sin reservas.

Durante la guerra fr铆a, la principal divisoria entre los antiimperialistas era la actitud hacia la URSS, que los partidos comunistas y sus aliados cercanos consideraban la patria del socialismo y adoptaban en gran medida sus propias posiciones pol铆ticas aline谩ndose con Mosc煤 y el campo socialista, una actitud que entonces se llamaba campismo. Esto vino facilitado por el apoyo de Mosc煤 a la mayor铆a de las luchas contra el imperialismo occidental en el marco de su rivalidad global con Washington. En cuanto a la intervenci贸n de Mosc煤 contra las revueltas obreras y populares en su propia esfera de dominaci贸n europea, los campistas salieron en defensa del Kremlin, denigrando estas revueltas so pretexto de que eran fomentadas por Washington.

Aquellos que pensaban que la defensa de los derechos democr谩ticos es el principio fundamental de la izquierda apoyaron tanto las luchas contra el imperialismo occidental como las revueltas populares en los pa铆ses bajo dominaci贸n sovi茅tica contra los reg铆menes dictatoriales locales y la hegemon铆a de Mosc煤. Una tercera categor铆a la formaron durante un tiempo los mao铆stas, quienes, a partir de los a帽os sesenta, calificaron a la URSS de socialfascista, afirmando que era peor que el imperialismo estadounidense e incluso poni茅ndose del lado de Washington en ciertos casos, como la posici贸n de Pek铆n en el sur de 脕frica.

De todos modos, el patr贸n caracterizado exclusivamente por guerras imperialistas occidentales contra los movimientos populares en el Sur global empez贸 a cambiar con la primera guerra de este tipo librada por la URSS desde 1945: la guerra de Afganist谩n (1979-1989). Y aunque no las emprendieran Estados que entonces eran calificados de imperialistas, tanto la invasi贸n de Camboya por Vietnam en 1978 como la agresi贸n de China a Vietnam en 1979 causaron una gran desorientaci贸n en las filas de la izquierda antiimperialista mundial.

La siguiente complicaci贸n importante se produjo con la guerra encabezada por Estados Unidos contra el Irak de Sadam Husein en 1991. No se trataba de un r茅gimen popular, aunque s铆 dictatorial, sino de uno de los reg铆menes m谩s brutales y asesinos de Oriente Medio, que incluso hab铆a masacrado con armas qu铆micas a miles de miembros de la poblaci贸n kurda de su pa铆s, con la complicidad de Occidente, ya que esto hab铆a ocurrido durante la guerra de Irak contra Ir谩n. Algunas personas que hasta entonces hab铆an pertenecido a la izquierda antiimperialista, cambiaron de bando en esta ocasi贸n apoyando la guerra conducida por Estados Unidos. Pero la gran mayor铆a de las gentes antiimperialistas se opusieron a la misma, aunque se librara al amparo de un mandato de Naciones Unidas aprobado por Mosc煤. No estaban por defender la posesi贸n por el emir de Kuwait del territorio que le hab铆a regalado Gran Breta帽a y que estaba poblado por una mayor铆a de migrantes sin derechos. En general tampoco simpatizaban con Sadam Husein: lo denunciaban como un dictador brutal, al tiempo que se opon铆an a la guerra imperialista encabezada por Estados Unidos contra su pa铆s.

Pronto surgi贸 una nueva complicaci贸n: tras el cese de las operaciones b茅licas conducidas por Estados Unidos en febrero de 1991, la administraci贸n de George H.W. Bush 鈥搎ue hab铆a escatimado deliberadamente las tropas de 茅lite de Sadam Husein por temor a un colapso del r茅gimen, que habr铆a beneficiado a Ir谩n鈥 permiti贸 al dictador desplegar esas mismas tropas para aplastar un levantamiento popular en el sur de Irak y tambi茅n a la insurgencia kurda en el norte monta帽oso, dej谩ndole utilizar helic贸pteros en este 煤ltimo caso. Eso provoc贸 una oleada masiva de refugiados kurdos que cruzaron la frontera con Turqu铆a. Para impedirlo y para facilitar que los refugiados volvieran a sus hogares, Washington impuso una zona de exclusi贸n a茅rea sobre el norte de Irak (no-flyzone, NFZ). Apenas hubo alguna campa帽a antiimperialista contra esta NFZ, ya que la 煤nica alternativa habr铆a sido la continuaci贸n de la implacable represi贸n contra la poblaci贸n kurda.

En la d茅cada de 1990, las guerras de la OTAN en los Balcanes crearon un dilema similar. Las fuerzas serbias leales al r茅gimen de Slobodan Milosevic llevaron a cabo acciones criminales contra musulmanes bosnios y kosovares. No obstante, Washington desestim贸 deliberadamente otros medios para impedir las masacres e imponer una soluci贸n negociada en la antigua Yugoslavia, deseoso de que la OTAN dejara de ser una alianza defensiva y se convirtiera en una organizaci贸n de seguridad involucrada en guerras intervencionistas. El siguiente paso en esta transformaci贸n consisti贸 en involucrar a la OTAN en Afganist谩n tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, eliminando as铆 la limitaci贸n original de la alianza a la zona del Atl谩ntico. Luego vino la invasi贸n de Irak en 2003, la 煤ltima intervenci贸n dirigida por Estados Unidos que uni贸 a todos los antiimperialistas en la oposici贸n a la misma.

Mientras tanto, el campismo de la Guerra Fr铆a volv铆a a surgir bajo una nueva forma: dej贸 de caracterizarse por su alineaci贸n con la URSS y pas贸 a apoyar directa o indirectamente a cualquier r茅gimen o fuerza que fuera objeto de la hostilidad de Washington. En otras palabras, se pas贸 de una l贸gica de el enemigo de mi amigo (la URSS) es mi enemigo a la l贸gica de el enemigo de mi enemigo (Estados Unidos) es mi amigo (o alguien a quien no hab铆a que criticar de ning煤n modo). Si la primera l贸gica dio lugar a algunas alianzas extra帽as, la segunda es una receta para el cinismo vacuo: al centrarse exclusivamente en el odio al gobierno de Estados Unidos, conduce a la oposici贸n sistem谩tica a todo lo que Washington emprende en el escenario mundial y al apoyo acr铆tico a reg铆menes ultrarreaccionarios y antidemocr谩ticos, como el siniestro gobierno capitalista e imperialista de Rusia (imperialista en todos los sentidos del t茅rmino) o el r茅gimen teocr谩tico de Ir谩n, o los 茅mulos de Milosevic y Sadam Husein.

Para ilustrar la complejidad de los problemas a que se enfrenta hoy el antiimperialismo progresista 鈥搖na complejidad que la l贸gica simplista del neocampismono permite captar 鈥, veamos el ejemplo de dos guerras derivadas de la primavera 谩rabe de 2011. Cuando las revueltas populares lograron deshacerse de los presidentes de T煤nez y Egipto a principios de 2011, todo el espectro de autoproclamados antiimperialistas aplaudi贸 al un铆sono, ya que ambos pa铆ses ten铆an reg铆menes favorables a Occidente. No obstante, cuando la onda expansiva revolucionaria lleg贸 a Libia, como era inevitable en un pa铆s lim铆trofe con Egipto y T煤nez, los neocampistas se mostraron mucho menos entusiastas. Recordaron de pronto que el r茅gimen sumamente autocr谩tico de Muamarel Gadafi hab铆a sido proscrito por los Estados occidentales durante d茅cadas, ignorando aparentemente que desde 2003 ven铆a colaborando con Estados Unidos y con varios Estados europeos.

Fiel a su estilo, Gadafi reprimi贸 las protestas en un ba帽o de sangre. Cuando los insurgentes tomaron el control de la segunda ciudad de Libia, Bengasi, Gadafi 鈥揹espu茅s de tacharlos de ratas y drogadictos y de prometer a los cuatro vientos que iba a 鈥渄epurar Libia palmo a palmo, casa a casa, hogar a hogar, calle a calle, persona a persona, hasta que el pa铆s quede libre de mugre e impurezas鈥濃 prepar贸 un ataque contra la ciudad, desplegando todo el espectro de sus fuerzas armadas. La probabilidad de una masacre a gran escala era muy elevada. Diez d铆as despu茅s del inicio de la revuelta, el Consejo de Seguridad de la ONU adopt贸 por unanimidad una resoluci贸n que denunciaba a Libia ante la Corte Penal Internacional.

Los habitantes de Bengasi pidieron protecci贸n al mundo entero, pero insistieron en que no quer铆an tropas extranjeras sobre el terreno. La Liga de Estados 脕rabes apoy贸 esta petici贸n. As铆, el Consejo de Seguridad adopt贸 una resoluci贸n que autorizaba la imposici贸n de una zona de exclusi贸n en el espacio a茅reo libio, as铆 como 鈥渢odas las medidas necesarias [鈥 para proteger a la poblaci贸n civil [鈥 descartando al mismo tiempo el despliegue de cualquier fuerza de ocupaci贸n extranjera, bajo cualquier forma y en cualquier parte del territorio libio鈥. Ni Mosc煤 ni Pek铆n vetaron esta resoluci贸n: ambos se abstuvieron, ya que no quer铆an asumir la responsabilidad de una masacre anunciada.

La mayor铆a de los antiimperialistas occidentales condenaron la resoluci贸n del Consejo de Seguridad, que les recordaba a las que hab铆an autorizado el ataque a Irak en 1991. Al hacerlo, pasaron por alto el hecho de que el caso libio ten铆a m谩s puntos en com煤n con la NFZ impuesta en el norte de Irak que con la guerra contra Irak so pretexto de liberar Kuwait. La resoluci贸n del Consejo de Seguridad estaba claramente viciada: pod铆a interpretarse como una injerencia prolongada de las potencias de la OTAN en la guerra civil libia. Sin embargo, a falta de medios alternativos para evitar la masacre inminente, quedaba poco margen para oponerse a la NFZ en su fase inicial, por las mismas razones que llevaron a Mosc煤 y Pek铆n a abstenerse.

En pocos d铆as, la OTAN priv贸 a Gadafi de gran parte de su fuerza a茅rea y de sus tanques. Los insurgentes podr铆an haber continuado su lucha sin una intervenci贸n extranjera directa, siempre y cuando tuvieran las armas necesarias para contrarrestar el arsenal restante de Gadafi. Pero la OTAN decidi贸 asegurarse de que siguieran dependiendo de su participaci贸n directa con la esperanza de poder controlarlos. Al final, los insurgentes lograron frustrar los planes de la OTAN desmantelando por completo el Estado de Gadafi, dando lugar a la situaci贸n ca贸tica que reina ahora en Libia.

El segundo caso, a煤n m谩s complejo, es el de Siria. En este pa铆s, la administraci贸n Obama nunca tuvo la intenci贸n de imponer una NFZ. Debido a los inevitables vetos de Rusia y China en el Consejo de Seguridad, esto habr铆a exigido una violaci贸n de la legalidad internacional similar a la cometida por el gobierno de George W. Bush con la invasi贸n de Irak (una invasi贸n a la que Obama se hab铆a opuesto). Washington mantuvo un perfil bajo en la guerra siria, intensificando su intervenci贸n solo despu茅s de que el llamado Estado Isl谩mico (EI) pasara a la ofensiva y cruzara la frontera iraqu铆, y en todo caso limitando su intervenci贸n directa al combate contra el EI.

Pero la influencia m谩s decisiva de Washington en la guerra siria no fue su intervenci贸n directa 鈥搎ue solo resulta primordial a los ojos de los neocampistas, que solo miran al imperialismo occidental鈥, sino la prohibici贸n a sus aliados regionales de entregar armas antia茅reas a los insurgentes sirios, principalmente debido a la oposici贸n de Israel. El resultado fue que el r茅gimen de Bashar al Asad tuvo el monopolio a茅reo durante el conflicto e incluso pudo recurrir al uso extensivo de las devastadoras bombas de barril lanzadas desde helic贸pteros. Esta situaci贸n tambi茅n alent贸 a Mosc煤 a involucrar directamente a su fuerza a茅rea en el conflicto sirio a partir de 2015.

Los antiimperialistas estuvieron profundamente divididos a  prop贸sito de Siria. Los neocampistas 鈥揷omo la Coalici贸n Nacional Unida Antiguerra y el Consejo por la Paz en Estados Unidos鈥 se centraron exclusivamente en las potencias occidentales en nombre de un peculiar antiimperialismo unilateral, mientras apoyaban o pasaban por alto la intervenci贸n incomparablemente m谩s importante del imperialismo ruso (o la mencionaban t铆midamente, mientras se negaban a movilizarse contra la misma, como en el caso de la Coalici贸n contra la Guerra en el Reino Unido), sin hablar ya de la intervenci贸n de las fuerzas fundamentalistas isl谩micas patrocinadas por Ir谩n. Los antiimperialistas progresistas y dem贸cratas 鈥搃ncluido el autor de este art铆culo鈥 condenaron el r茅gimen asesino de Asad y a sus partidarios imperialistas y reaccionarios extranjeros y reprobaron la indiferencia de las potencias imperialistas occidentales ante la dif铆cil situaci贸n del pueblo sirio, se opusieron a su intervenci贸n directa en el conflicto y denunciaron el papel nefasto de las monarqu铆as del Golfo y de Turqu铆a, que promov铆an a fuerzas reaccionarias en el seno de la oposici贸n siria.

La situaci贸n se complic贸 a煤n m谩s cuando el EI, en plena expansi贸n, amenaz贸 al movimiento nacionalista de izquierda kurdo de Siria, la 煤nica fuerza armada progresista que operaba entonces en territorio sirio. Washington combati贸 al Estado Isl谩mico con una combinaci贸n de bombardeos y apoyo incondicional a las fuerzas locales, incluidas las milicias alineadas con Ir谩n en el territorio de Irak y las fuerzas kurdas de izquierda en Siria. Cuando el EI amenaz贸 con tomar la ciudad kurda de Kobane, las fuerzas kurdas se salvaron gracias a los bombardeos y a los suministros de armas por parte de Estados Unidos. Ning煤n sector antiimperialista alz贸 la voz para condenar esta descarada intervenci贸n de Washington, por la raz贸n evidente de que la alternativa habr铆a sido el aplastamiento de una fuerza vinculada a un movimiento nacionalista de izquierdas en Turqu铆a apoyado tradicionalmente por el conjunto de la izquierda.

Posteriormente, Washington despleg贸 tropas terrestres en el noreste de Siria para apoyar, armar e instruir a las Fuerzas Democr谩ticas Sirias (FDS), dirigidas por milicias kurdas. La 煤nica oposici贸n vehemente a este papel de Estados Unidos vino de Turqu铆a, miembro de la OTAN y opresor nacional de la mayor铆a del pueblo kurdo. Gran parte de los antiimperialistas guardaron silencio (un silencio equivalente a la abstenci贸n), en contraste con su posici贸n de 2011 sobre Libia, como si el apoyo de Washington a las insurgencias populares solo pudiera tolerarse cuando est谩n dirigidas por fuerzas de izquierda. Y cuando Donald Trump, presionado por el presidente turco, anunci贸 su decisi贸n de retirar las tropas estadounidenses de Siria, varias figuras destacadas de la izquierda estadounidense 鈥揺ntre ellas Judith Butler, Noam Chomsky, el ahora difunto David Graeber y David Harvey鈥 emitieron una declaraci贸n en la que exig铆an que Estados Unidos 鈥渟iga prestando apoyo militar a las FDS鈥 (aunque sin especificar que eso deber铆a excluir la intervenci贸n directa por tierra). Incluso entre los neocampistas, muy pocos fueron los que denunciaron p煤blicamente esa declaraci贸n.

De este breve repaso de las complicaciones recientes del antiimperialismo se desprenden tres principios rectores. En primer lugar, y sobre todo: las posiciones verdaderamente progresistas 鈥揳 diferencia de las apolog铆as de dictadores pintadas de rojo鈥 deben determinarse en funci贸n de los intereses del derecho de los pueblos a la autodeterminaci贸n democr谩tica y no por la oposici贸n sistem谩tica a todo lo que hace una potencia imperialista, sean cuales sean las circunstancias; los antiimperialistas deben aprender a pensar. En segundo lugar: el antiimperialismo progresista implica oponerse a todos los Estados imperialistas, no ponerse del lado de unos contra otros. Por 煤ltimo: incluso en aquellos casos excepcionales en los que la intervenci贸n de una potencia imperialista beneficia a un movimiento popular emancipador 鈥揺 incluso cuando es la 煤nica opci贸n disponible para salvar a dicho movimiento de una represi贸n sangrienta鈥, los antiimperialistas progresistas deben abogar por una desconfianza total hacia la potencia imperialista y exigir que su intervenci贸n se restrinja a formas que limiten su capacidad de imponer su dominaci贸n sobre aquellos a los que pretende salvar.

Las discusiones entre los antiimperialistas progresistas que est谩n de acuerdo con los principios analizados anteriormente giran sobre todo en torno a cuestiones t谩cticas. Con los neocampistas, en cambio, hay muy poco espacio para la discusi贸n: la invectiva y la calumnia son su modus operandi habitual, siguiendo la tradici贸n de sus predecesores del siglo pasado.

06/04/2021

Gilbert Achcar es profesor en SOAS, Universidad de Londres

Art铆culo original: The Nation

Traducci贸n: Rub茅n Navarro, revisada por viento sur

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Fuente: Vientosur.info