November 20, 2021
De parte de La Haine
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“Lo que contemplamos el día 15 de noviembre en el panorama mediático internacional en relación a Cuba es resultado de años de guerra cultural articulada contra el amor y la política. Las victorias en esa variante de guerra tienen varias ventajas. La más evidente es que no deja huellas de sangre ni ladrillos rotos; la más duradera es la huella que deja en las cabezas, que suelen aceptar mejor las ideas que las balas”.

El 15 de noviembre era la fecha programada. Cuba aparecía en la agenda de los grandes medios. Los altavoces de la razón universal desplegaron al unísono su canto global. Pronto desafinó. Una vez más, con la misma fuerza que infló su ruido, cayó de vacío y silencio. Sin embargo, los cantos de sirena que encubren al capital siguen haciendo mella en las conciencias.

Si en algo ha sabido incidir el desorden que nos ordena, es en el plano de las ideas. Ahí donde diluye su carácter violento. Justamente ese espacio que confirma que el capitalismo es mucho más que un sistema económico. Ese desorden que ordena conciencias y doctrinas no puede aceptar la desobediencia. El pensamiento único jamás toleró disidencias. Y Cuba, hace rato que rompió todos los moldes de lo tolerable. En 1959, cometió la osadía de salirse del tiesto; y lo hizo sin rodeos, por la vía rápida, la de la revolución armada, iniciando así, paradójicamente, la transición a eso que Frei Betto llamó “el nombre político del amor”[1]. Amor y política no es un matrimonio que pueda bendecir la maquinaria más demoledora de la historia de la humanidad.

Con la épica cubana, se desparramó la esperanza por América Latina y el mundo. Y la máquina, era de esperar, extendió sus tentáculos de guerra; políticos, judiciales, económicos, militares y por supuesto culturales. Alianzas para el progreso, golpes de Estado, terrorismo paraestatal, bloqueo, medidas coercitivas, contrainsurgencia, asesinatos políticos. Paralelamente, puso a funcionar una arquitectura de guerra cultural y propaganda que tenía como objeto atacar a las conciencias mediante todos los instrumentos a su alcance: cine, publicidad, prensa, radio, televisión, música, arte, agencias no y sí gubernamentales. Financiaron campañas mediáticas, programas de desarrollo, investigaciones, compraron voluntades y cooptaron intelectuales, artistas y escritores muchos de ellos progresistas o de la izquierda marxista. Lo que Néstor Kohan llama “la fabricación industrial del consenso”. El pensador argentino alude al texto de Frances Stonor Saunders, La CIA y la guerra fría cultural (https://lahaine.org/eZ59), donde a través de entrevistas a exagentes de la Agencia Central de Inteligencia y acceso a documentos desclasificados, ofrece datos sobre

“los abultados millones de dólares que la CIA invirtió en sobornos, pensiones políticas, becas y subsidios a congresos, proyectos académicos, editoriales y revistas “independientes”, destinados a cooptar, neutralizar, confundir o inducir quiebres en los investigadores e intelectuales críticos de Europa del Este, de Europa Occidental y de los propios EEUU. La finalidad de este gigantesco arsenal político y financiero la definió C.D. Jackson (consejero en guerra psicológica de Eisenhower y la CIA): `nos proponemos ganar la tercera guerra mundial sin combatir´. Lo lograron, al menos por ahora”[2].

Se trataba de trabajar en las conciencias individuales y colectivas para construir consensos mediante la aceptación del capitalismo y su razón cultural, no solo como la única posible, sino la única deseable. Herramientas claves para esta tarea son los medios de comunicación, máquinas de crear cultura; de estimular o dilapidar el pensamiento crítico. Todos los recursos son pocos a la hora de mantener la hegemonía. Y un imperio sabe bastante de hegemonía y algo de gestionar recursos.

Lo que contemplamos el día 15 de noviembre en el panorama mediático internacional en relación a Cuba es resultado de años de guerra cultural articulada contra el amor y la política. Las victorias en esa variante de guerra tienen varias ventajas. La más evidente es que no deja huellas de sangre ni ladrillos rotos; la más duradera es la huella que deja en las cabezas, que suelen aceptar mejor las ideas que las balas. Si tomamos como ejemplo el Reino de España, podemos palpar su gran logro hegemónico: la naturalización de posiciones políticas sobreideologizadas. Cuba es una brutal dictadura de la misma forma que la lluvia moja. Si cuestionas que la lluvia moja, probablemente estés loco o mucho peor: seas comunista.

Las tertulias de radio o televisión tenían el día 15 a Cuba en la palestra. Por poner tan solo un ejemplo, Radio Nacional de España comienza la mañana hablando de ausencia de libertad de prensa en Cuba en un debate donde todos los “opinólogos” piensan lo mismo, reproduciendo cada cual con más ingenio la versión monolítica del Norte Global. Los calificativos van desde dictadura hasta jurásico sin obviar otros más moderados propios de la información democrática y plural que se supone representan. Así llevan décadas alimentando una opinión pública sobre Cuba o Venezuela que da por sentado verdades incuestionables sin contraste con la realidad ni juicio crítico.

Quienes acusan han desarrollado la virtud de hacernos creer que hablan desde un espacio de libertad ajeno a lo ideológico. Estos profesionales de la opinión, que tan pronto hablan de Cuba como son expertos en volcanes, Covid-19 o la reproducción del cangrejo blanco de Oceanía, portan y reproducen la verdad única de la llamada “razón occidental”, legítima dueña de la libertad, la democracia y el orden.

La mitología de la libertad de expresión es el arma para deslegitimar desde la lupa del Norte todo orden social que no se ajuste a los cánones del circo neoliberal donde cualquiera puede decir lo que le venga en gana siempre y cuando sea minoritario o no toque ciertos intereses.

La Revolución Cubana es presa perfecta para el despliegue de ese mito. No importa que en Cuba, un país históricamente dependiente, subdesarrollado y bloqueado desde hace 6 décadas, los índices de desarrollo humano estén entre los primeros del mundo. Los datos de esperanza de vida, analfabetismo, escolarización, acceso a la salud o mortalidad infantil alcanzan o superan a los llamados países del primer mundo. Tampoco importa que en medio de un bloqueo criminal Cuba haya producido 5 vacunas contra el Covid-19 (3 exitosas y 2 en fase de pruebas) así como medicamentos para su tratamiento y haya cuidado a su pueblo con medidas de prevención, entre ellas la restricción de la mayor fuente de ingresos del país: el turismo.

Desde el 15 de noviembre, más allá del ruido mediático, lo que vive Cuba es el esperado regreso a la normalidad. Tras el logro vacunal, con el 70% de la población vacunada y expectativas del 100% a fines de año, se restablece el tránsito aéreo y el turismo con 400 vuelos semanales a la isla. Ese mismo día, niñas, niños y jóvenes llenan calles y aulas de vida con el regreso a las escuelas.

Los representantes de la razón de Occidente nunca pondrán el ojo en todo esto. Lo importante es que Cuba ha retirado a la Agencia EFE sus credenciales, devolviendo posteriormente solo 2. La agencia EFE fue fundada durante la Guerra de España por el falangista y varias veces ministro con Franco, Serrano Suñer, quien afirmó que el nombre EFE procede de la letra inicial de Falange y de Fe, su órgano de propaganda. Hoy, renovada y hasta con espacio feminista, sigue siendo una agencia pública al servicio de los intereses del Reino de España. Pero no solo: “tiene un convenio de colaboración con la ciudad de Miami, que la compromete a realizar -leemos- `semblanzas y reportajes que reflejen la realización del sueño americano´ en aquella ciudad”[3]. Sabiendo como sabemos que Miami es el nicho de la mafia anticubana, no hace falta aclarar a qué órbita se ajustan las noticias de la agencia sobre Cuba.

El día 15, los 2 mayores periódicos españoles, uno “progresista” y otro conservador, decían en sus portadas: “El régimen estrecha el cerco a Yunior García, líder del cambio” (El País); “Cuba persigue a Yunior García y reprime a la prensa antes de la Gran Marcha” (El Mundo).

Yunior García es presentado mediáticamente como el rostro de la disidencia cubana. Su perfil se ajusta a las necesidades del consenso internacional. Joven dramaturgo -formado por cierto gratuitamente por la Revolución- autodefinido como “demócrata de izquierdas” y “revolucionario”, de aspecto desenfadado y progre. Pero no es suficiente con eso. Para semejante tarea hace falta preparación y recursos. Llegaremos a eso.

Yunior es el fundador de la plataforma digital Archipiélago. Su figura fue tomando relevancia desde las acciones del Movimiento San Isidro de noviembre de 2020 y las protestas del pasado 11 de julio, siendo el principal promotor de la Marcha Cívica por el Cambio del 15 de noviembre. Ante la negativa del Consejo de la Administración de La Habana Vieja a su solicitud de la marcha, Yunior saldría a caminar desde el parque Quijote hasta el Malecón con una rosa blanca, en solitario y los medios internacionales enfocándole. No lo haría porque según denunció le bloquearon la salida de su casa. Al día siguiente, otros activistas de Archipiélago publicaron en redes que su líder estaba desaparecido, y exigían al gobierno “fe de vida”.

Lo que no supimos hasta el miércoles es que mientras sus compañeros denunciaban su desaparición, Yunior se encontraba volando fuera de Cuba. ¿Hacia dónde? Nada menos que al Reino de España, con visa de turista. El dramaturgo afirmó en una entrevista que se quebró por la presión recibida. Sin embargo, según cuenta el diario El País, “fuentes diplomáticas indicaron que desde hace días se estaban haciendo discretas gestiones para el viaje de García. El opositor voló a Madrid el martes en un vuelo de Iberia en compañía de su esposa”[4]. El jueves 18 de noviembre, Yunior da una rueda de prensa con un discurso digno de su condición, afirmando:

“La razón por la que tuve que salir de Cuba fue porque, si me quedaba allí, probablemente no me iban a enviar a prisión, ellos no querían convertirme en un símbolo, si me condenaban, me convertían en un símbolo, si me mataban, me convertían en un símbolo. Ellos necesitaban silenciarme, anularme como persona, bloquearme mentalmente, atacarme psicológicamente, que me desestabilizara. Y casi lo logran”.

Suena conmovedor. Su relato es perspicaz. Perfecto para cumplir su papel de víctima. Yunior no define a Cuba como “dictadura” desde posiciones conservadoras, sino desde una pose progresista que llama a abandonar el romanticismo hacia la revolución, afirmando que sus promesas fracasaron derivando en una “tiranía”. “La mayoría de los que hemos lanzado estas protestas somos progresistas”, asevera. Incluso no compartiendo sus posturas, el personaje puede resultar creíble. Siempre y cuando no atendamos a algunos detalles.

Están probados los nexos de Yunior García con organizaciones financiadas por EEUU como la USAID, la NED o el Fondo Carnegie para la Paz Internacional, todas ellas vinculadas a la CIA, ésta última dirigida por su actual director, William J. Burns. En 2018, Yunior participó en Argentina en un proyecto llamado “Tiempo de Cambios y el nuevo rol de las Fuerzas Armadas en Cuba”, de la fundación derechista Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL). En 2019, asistió a talleres de formación de liderazgo impulsados por la NED en Sant Louis University-Madrid Campus, una universidad jesuita vinculada al ejército norteamericano donde completan estudios soldados afincados en Madrid. Allí, uno de los conferenciantes fue el expresidente Felipe González[5]. Lo revela quien durante más de dos décadas fue el “agente Fernando” de los órganos de la seguridad del Estado cubano, el doctor Carlos Leonardo Vázquez González, especialista en Medicina General Integral y Oncología, quien asistió junto a Yunior a los talleres[6].

Existen imágenes de Yunior entrando en la residencia oficial del Encargado de Negocios de EEUU en Cuba, de reuniones con Alexander Agustín Marcel, funcionario de Asuntos Cubanos del Departamento de Estado norteamericano, así como una grabación telefónica donde conversa sobre la preparación de la marcha con Ramón Saúl Sánchez, quien atesora un amplio historial terrorista contra Cuba[7]. Todos estos vínculos convierten a Yunior en algo más que en un dramaturgo descontento con “el régimen”: en un operador político de la derecha anticubana internacional.

No es casualidad que el destino de Yunior sea el Reino de España, que ya se está convirtiendo en sede de héroes de la libertad que, cómo no, acaparan recién aterrizados todos los focos. Recordemos a nuestro querido Súper López[8]. Súper Junior no llega a la categoría de terrorista como Leopoldo. Su papel es otro, y sin entrar en si finge o no su discurso, lo cierto es que le arropan, y se deja arropar, por intereses de dudosa condición y organizaciones que no solo tienen poco que ver con la izquierda, sino que se dedican a combatirla. El fenómeno Yunior no tuvo el efecto esperado en la isla el 15 de noviembre y algunos tratan ahora de aprovechar el tirón para explotar su figura desde España.

La utilización de personajes de la cultura es una vieja táctica de la guerra cultural. Las conocidas como “revoluciones de colores” tienen el propósito de alentar el caos, la desobediencia y generar escenarios que provoquen revueltas y justifiquen sanciones de organismos internacionales o incluso una intervención, como algunas voces piden sin rubor para Cuba. El objetivo es el cambio de régimen. Es decir, el regreso del capitalismo a Cuba mediante la instalación de un régimen liberal de partidos. La presentada como pacífica Marcha por el Cambio responde a ese patrón diseñado desde fuera de la isla. Juan González, el principal asesor para América Latina del presidente Joe Biden, afirmaba: “EEUU responderá posiblemente con sanciones si se violan los derechos fundamentales del pueblo cubano o se procesa a los promotores de la Marcha Cívica opositora”. El intervencionismo contra Cuba no parece que vaya a venir por la vía clásica militar. Los misiles son más sutiles. Complementan al bloqueo y se presentan como ONGs, hablan de democracia y libertad y asumen rostros amables, resilientes y creativos.

Ocurre que el capitalismo no es el único que construye sentidos. Cuba también ha producido sus consensos. La diferencia es que éstos se asientan en los principios de lo humano. En los principios emancipadores de la Revolución y sus logros. Una Revolución que en más de 6 décadas ha logrado crear una cultura política muy celosa de su soberanía y su independencia, porque sabe del sacrificio para alcanzarlas, y sabe que ha sido mediante el horizonte socialista como estrategia. Por eso no sirve cualquier líder carismático de la disidencia en la isla. El pensador cubano recientemente fallecido Juan Valdés Paz, contaba en una entrevista a Vocesenlucha:

“A mí siempre me gusta poner este ejemplo: si ahora nosotros tres nos vamos a la cola del pan, pues ahí el consenso debe ser del 5%, porque está todo el mundo protestando por el pan -uno solo, está mal hecho, en fin-. Pero según tú te vas moviendo de tema, vas moviendo el consenso, hasta el consenso más alto. Cuando llegues al tema de la patria, la independencia, la soberanía, ahí el consenso es sobre el 90, permanentemente. El que esté por fuera se considera un apátrida. Entonces la política gringa, estúpidamente, mantiene la cuestión nacional en el centro de la hostilidad. Tampoco tienen otro remedio, porque una vez que la Revolución está consolidada, se la tienen que tragar completa”[9].

Joel, un buen amigo, trabajador humilde de un barrio popular de La Habana, nos comenta:

“a Yunior le pagaron para que hiciera barullo. Estoy totalmente convencido, si antes me quedaba alguna duda, que en Cuba hay muchos más revolucionarios que contra. La gente, aunque sepa que la situación está dura y se quejen, no quiere un cambio social, quieren mejorar, solo mejorar. Si algún día se logra burlar el bloqueo, digo burlar porque ellos no lo van a quitar, sería que la mayoría de países se unieran y dijeran no al bloqueo, la gente entonces estará mejor”.

La llegada de la pandemia ocurrió en un momento muy complicado para Cuba ante el recrudecimiento del bloqueo norteamericano impulsado por Trump. A eso se sumó la pérdida del ingreso del turismo y la paralización propia de las medidas de confinamiento. Nadie niega que en Cuba hay dificultades, ni el propio presidente Díaz-Canel, quien fue a conversar directamente con la gente que salió a las calles el pasado 11 de julio, en unas protestas donde se mezclaron sectores pacíficos molestos por la crisis económica, con actos violentos y vandálicos, y una agenda bien articulada desde fuera de la isla. Los altavoces globales y los centros de inteligencia están preparados para en momentos de debilidad descargar su arsenal.

La guerra mediática forma parte de las llamadas guerras híbridas o de cuarta generación, que no son más que una expresión del imperialismo. Ese palabro pasado de moda, sigue estando en plena forma y se hace más necesario que nunca para mantener el poder en tiempos de crisis, pandemias e incertidumbres.

La libertad de prensa en el capitalismo funciona como un embudo atascado; en su ancho espectro, inmóvil, la verdad única, incuestionable; en su cuello, bloqueando el progreso, el pensamiento crítico, antisistémico, subversivo, terrorista. La censura no existe. Los raperos presos por cantar son leves disfunciones del sistema. La verdadera censura es más sutil y opera como autocensura. Los periodistas ya no son periodistas sino mercenarios de la información al servicio de “la verdad” del grupo que paga. Para mantener el trabajo, solo hay que ser fiel a su posición ideológica. Rebelarse contra eso implica el despido y posiblemente el ostracismo.

Las corporaciones del caos riegan sus verdades aplastantes disparando a las conciencias mediante armas de distinta condición. En la guerra contra la isla, el papel de las nuevas formas de comunicación es clave. Las redes sociales se han convertido en el nuevo territorio para el despliegue de guerra. Operadores a sueldo completan la labor de los algoritmos.

En la era de la información crece la confusión. En ella no caben las certezas. Mucho menos la subversión al estado de ideas imperante. Cuba régimen maligno, dictadura opresora, isla encerrada en sí misma, revolución frustrada, fallido experimento socialista. Demostración palpable de que el sueño comunista no es posible. De que otro mundo no es posible. El amor y la política se divorciaron para siempre.

Todo vale bajo la lógica del imperialismo digital. Empachados de información, la confusión nos gobierna. Perdidos en la vorágine de la nube, vagabundeamos ansiosos en busca de un click que complete nuestra condición imperfecta. Hoy que los credos religiosos decaen en Occidente, no existe más dios que lo digital. Danos pues hoy, padre mediático, la información nuestra de cada día, por el resto de los días, amén.

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Notas

[1] Javier Larraín, Frei Betto: “El socialismo es el nombre político del amor”, Correo del Alba, 12/3/2019

[2] Néstor Kohan, Marx y la teoría crítica latinoamericana, Trinchera, Caracas, 2015, p. 29

[3] Cubainformación, https://afly.co/qxy6

[4] El País, 17/11/2021 https://elpais.com/internacional/2021-11-17/yunior-garcia-principal-promotor-de-las-protestas-en-cuba-aterriza-en-espana.html

[5] Ver Wikipedia, https://youtu.be/qL2uO70bTxc y Paco Azanza Telletxiki, Cubainformación

[6] Ver PALABRA PRECISA: Entrevista con el Agente Fernando

[7] Cubainformación, 27/10/2021 https://afly.co/qy36

[8] Vocesenlucha, Superlópez, villano Maduro y Planeta Canalla, 1/12/2020

[9] Entrevista a Juan Valdés Paz (I), La Habana, diciembre de 2019, en vocesenlucha.com

vocesenlucha.com




Fuente: Lahaine.org