August 20, 2022
De parte de Cultura Y Anarquismo
27 puntos de vista

 

Las tecnologías son moral materializada, son política por otros medios,
pautan formas de vida, posibilitan e inhiben mundos. La nuclear también.
Muchos críticos de la energía nuclear han apuntado no sólo a sus
peligros ecológicos, sino a su nocividad social. 

  

Hoy se entiende mejor que nunca por qué a los Obús de 1981 les quitaba el sueño una Pesadilla Nuclear.
El intercambio de amenazas nucleares entre Estados Unidos y Rusia a
raíz de la invasión de Ucrania no tiene precedentes desde la crisis de
los misiles de Cuba en 1962. Tras el anuncio a finales de febrero por
parte del Kremlin de la puesta en alerta de su fuerza de disuasión, son
cada vez más la voces que afirman que Rusia puede haber empezado a
considerar el ataque nuclear, especialmente en su versión táctica, como
una estrategia de guerra viable. Además de los terribles estragos de la
guerra en forma de muerte y dolor, el escenario internacional de escalada bélica, con invocaciones explícitas al “riesgo real de una tercera guerra mundial”, es especialmente desasosegante tras años de retrocesos
en los acuerdos de no proliferación nuclear, con la excepción del
Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), que entró en
vigor el pasado 22 de enero de 2021, pero que no fue ratificado por
ninguna de las potencias nucleares. Las agujas del reloj del Bulletin of the Atomic Scientists,
que desde 1947 simbolizan el peligro de destrucción total, avanzan
paulatinamente y marcan hoy cien segundos para la medianoche.

Parece
evidente que, como humanidad, no hemos sido capaces de desprendernos de
la ceguera ante el apocalipsis que diagnosticara el filosófo Günther
Anders (1902-1992) hace ya más de medio siglo. Y es que, como afirmaba Victor Alonso
recientemente, animado por una inquietud similar a la nuestra y
acompañado de lecturas no muy distintas, ante esta amenaza existencial
nos hemos limitado mayoritariamente a cerrar los ojos y continuar
adelante con nuestro día a día. En su ensayo Sobre la bomba y las raíces
de nuestra ceguera del apocalipsis, que forma parte de su libro La
obsolescencia del ser humano (1956), Anders exploró nuestra existencia
bajo el signo de la bomba. Esto es, las consecuencias de que los seres
humanos hayan adquirido la capacidad técnica de aniquilar la vida humana
sobre el planeta. Ante esta situación sin precedentes, Anders constata
que no sentimos suficiente miedo. Se habla del tema, se sabe, incluso se
teme, pero no se comprende vivencialmente en todas sus consecuencias.
Una ausencia de miedo que no es sinónimo de valentía. Según Anders, la
raíz de nuestra incapacidad para baremar la gravedad de la situación
presente se encuentra en las ideologías del progreso, que nos
inhabilitan para concebir la posibilidad de un final, y en lo que el
filósofo alemán llamó el “desnivel prometeico”: el hecho de que nuestras
facultades de sentir e imaginar no son tán elásticas como nuestras
capacidades creativas… y destructivas.

La bomba es,
de hecho, el ejemplo más paradigmático de este “desnivel prometeico”,
que nos impide comprender lo que ésta (no) es. Seguimos pensándola como
un medio, como un instrumento que se puede utilizar para alcanzar
finalidades específicas. Por ejemplo, la hegemonía geopolítica o una
victoria bélica. Pero el arsenal nuclear no es un mero instrumento, sino
una creación que moldea nuestros mundos y formas de vida. En tanto que
tecnología, no es neutral. Por un lado, su posible efecto apocalíptico
transciende cualquier finalidad concreta imaginable, ya que es un
“medio” capaz de acabar con todos los fines existentes. Por otro lado,
su mera existencia produce efectos en forma de militarización y chantaje
político incluso cuando no es directamente utilizado. Desde el momento
en que la posibilidad de la destrucción total pende sobre nosotros “como
una luna ensangrentada”, Hiroshima está en todas partes, dice Anders.
La barbarie, pues, no se limita a ordenar pulsar el botón, como hizo
Harry Truman en 1945, o a amenazar de hacerlo, como ha hecho Vladimir
Putin. Es estructural y tiene que ver con el funcionamiento cotidiano de
la banalizada normalidad nuclear. En palabras de Anders,
“el mundo no está amenazado por seres que quieren matar, sino por
aquellos que a pesar de conocer los riesgos sólo piensan técnica,
económica y comercialmente”.

Si las reflexiones de Anders siguen hoy siendo de tanta
actualidad es en parte porque nos permiten pensar mucho más allá de las
armas atómicas. Si como sociedades somos ciegos ante el riesgo de un
apocalipsis nuclear, parecemos serlo también ante las perspectivas
destructivas de la crisis ecosocial global
en la que los que “sólo piensan técnica, económica y comercialmente”
nos han introducido. Esta ceguera es perfectamente compatible con el
auge cultural de los imaginarios apocalípticos alrededor del mal llamado Antropoceno y con la normalización del discurso catastrofista
de “gestión de la emergencia” en la retórica y la práctica
gubernamentales. No se trata, pues, de censura o tabú, sino de
incapacidad para imaginar, sentir y actuar de forma adecuada.

Pese a que seguimos atrapados bajo lo que Jorge Riechmann ha descrito como varias capas de negacionismo,
la actual guerra en Ucrania ha supuesto un fogonazo cruel que debería
hacernos conscientes de que nos encontramos inmersos en una crisis
energética global en la que la posición del continente europeo es de
extrema fragilidad. La enorme penetración en la actual economía fósil
europea del gas natural proveniente de Rusia hace que la eventualidad de
un corte de suministro traiga aparejados efectos potencialmente
devastadores ¿Quién, hace apenas unos años, podría imaginar leer en una portada de El País
que Europa se asoma a un escenario de racionamiento energético,
escenario que se maneja ya con toda seriedad en países como Alemania?

No es de extrañar que en este contexto se aceleren los planes para la
instalación de renovables industriales de alta tecnología, el plan B al
actual capitalismo fosilista que la Unión Europea ha abrazado
oficialmente en el marco del European Green Deal. Un plan que, como
alguno de nosotros ya ha señalado en otras ocasiones,
no se encuentra exento de problemas y contradicciones. No obstante, no
debemos perder de vista que cada vez resulta más evidente que dicho plan
B quiere complementarse, a corto plazo, con una apuesta por la energía
nuclear.

Este intento de las élites por hacer que
la energía nuclear renazca como una tecnología “verde” que alberga la
clave para hacer frente al cambio climático es evidente y se encarna en
figuras emblemáticas como la del multimillonario Elon Musk, para el que la energía nuclear es crucial en la descarbonización. También en corrientes teóricas del establishment como el ecomodernismo,
que han hecho de la defensa de la energía nuclear uno de sus caballos
de batalla. La Unión Europea, en un ejercicio de neolengua digno del
imaginario orwelliano, se ha unido ya a esta ola mundial clasificando
como verdes las inversiones en energía nuclear y gas a inicios de este
año. No obstante, la actual situación geopolítica está dando alas a este
romance en ciernes. Bélgica ha hecho ya oficial que retrasará una
década el cierre de sus centrales nucleares para “ganar independencia energética” en un contexto geopolítico caótico. En febrero Macron anunció
inversiones públicas en 14 nuevos reactores nucleares que, de cara a
2050, reemplazarían a las plantas nucleares más antiguas. Incluso
Alemania, buque insignia de la desnuclearización europea, comienza a plantearse retrasar el cierre de los tres reactores aún en marcha cuya clausura estaba planeada para el final de este año. 

Por desgracia, esta fiebre nuclear alcanza también a
voces reputadas dentro del ecologismo, como la de George Monbiot, que en
uno de sus últimos artículos defiende que la energía nuclear es la solución
tanto a la dependencia energética europea frente a Rusia como a la
crisis ecosocial. Monbiot nos insta a emular la movilización del
Proyecto Manhattan y fía sus esperanzas en una iniciativa estatal fuerte
que impulse tecnologías renovables que incluyan “tecnologías nucleares
más amables”, como reactores nucleares más pequeños, o el enésimo
esfuerzo de investigación en la fusión nuclear.

Esta renovada fiebre nuclear se encuentra aquejada de varios puntos
ciegos. Por un lado, no debemos olvidar que a día de hoy las centrales
nucleares no pueden funcionar sin un suministro estable de uranio. Este
mineral, además de ser inseparable de dinámicas extractivas y venir
asociado a procesos de contaminación, es tan finito
en la corteza terrestre como los combustibles fósiles que ahora ponen
en jaque a la economía mundial. Así, apostar por esta energía de base
mineral no sería más que situar en un punto futuro un nuevo shock
energético que vendría ahora asociado a la escasez de esta materia
prima. Por otro lado, si la guerra en Ucrania ha mostrado la desnudez
energética del emperador europeo, dando alas a los lobbies nucleares,
también a vuelto a ilustrar algunas de las razones por las que el movimiento antinuclear lleva décadas luchando por el cierre de todas las centrales existentes. Chernóbil, que amenazó con irradiar
de nuevo durante la ocupación por parte del ejército ruso, nos recuerda
una vez más que no hay solución técnica para tratar con los residuos
nucleares de forma duradera y segura. Y los combates
en la central nuclear de Zaporiyia, en Energodar, nos vuelven a
recordar la fragilidad de las infraestructuras nucleares y el peligro
que suponen ante catástrofes de origen natural, como en Fukushima, o de
origen político, como la actual guerra abierta en el país con más
reactores nucleares operativos (15) en Europa después de Francia. Los
misiles volando en el cielo ucraniano son una ruleta rusa nuclear.

Además, la no neutralidad no es patrimonio exclusivo de la bomba atómica, sino una característica
de todas las tecnologías. Cuando se sostiene que “la tecnología no es
ni buena ni mala, sino que depende de como se use”, no se está teniendo
en cuenta que las tecnologías cristalizan valores, encarnan relaciones
de poder y tienen efectos que van más allá de su uso. Las tecnologías
son moral materializada, son política por otros medios, pautan formas de
vida, posibilitan e inhiben mundos. La nuclear también. Muchos críticos
de la energía nuclear han apuntado no sólo a sus peligros ecológicos,
sino a su nocividad social. Langdon Winner diría que es inherentemente
política, en el sentido de que su existencia ya requiere de una sociedad
jerárquicamente organizada y militarizada. Las centrales nucleares no
se pueden desvincular de lo militar ni técnicamente (son tecnologías de
uso dual) ni históricamente (surgen como parte de programas militares).
Desde un horizonte emancipatorio, por tanto, no existe tal cosa como un
buen uso de una central nuclear. Es decir, la cuestión clave no es ni
quién las posea ni el tamaño que tengan, como piensa Monbiot, sino su
mera existencia. 

Anders nos enseñó que en el siglo XX la transformación de
la sociedad estaba estrechamente ligada a un imperativo anterior y más
urgente: su conservación, inseparable de la del resto del planeta. Nos
alentó a conectar con un miedo ante el apocalipsis que nos llevara a la
toma de conciencia, a la acción colectiva, a la lucha por la vida. De
forma consecuente él dedicó su vida al activismo antinuclear. Es más, al
final de sus días, tras vivir la dura represión al potente movimento
antinuclear de los setenta y los ochenta, Anders defendió la violencia y
la acción directa como último resorte en aras de un fin superior:
conservar la paz y la vida en el planeta.

Hoy la
crisis ecosocial global, y un cambio climático que se nos presenta como
coartada para hacer avanzar la agenda nuclear, nos sitúan ante una
amenaza para la vida comparable a la de la guerra nuclear. No obstante,
los movimientos de resistencia siguen todavía siendo tímidos en
comparación con la magnitud del desafío. En gran medida porque
argumentarios como los de Monbiot se hacen eco de los de las élites y
siguen atrapados en la errónea convicción de que el “problema” tiene una
“solución” meramente técnica. Sigue existiendo la fe en que, con el
suficiente estímulo por parte de un estado considerado cuasi-omnipotente
y neutral en cuanto a sus intereses, “algo se inventará” que nos sacará
del lío. Cualquier cosa antes que mirar de frente los abismos que ante
nosotros abre el gasto energético insostenible de un sistema depredador
que pone en el centro la acumulación de capital por encima de las
necesidades de la vida humana y del resto de especies del planeta.
Seguimos ciegos ante el apocalipsis.

La única forma
razonable de evitar de una vez por todas una guerra nuclear y limitar en
lo posible los efectos de un colapso ecosocial ya en curso es luchar
frontalmente contra el capitalismo industrial y su insaciable necesidad
de parasitar y destruir la vida para seguir acumulando beneficios. Ahora
que vuelve a renacer la tentación de un alineamiento geopolítico en
torno al patriotismo europeo militarista debemos protegernos de lo que
Rafael Sánchez Ferlosio llamaba fariseísmo en su libro Sobre la guerra,
“la regresión a la niñez, la vuelta a Caperucita y el lobo feroz, al
punto cero de la experiencia moral: aquel en el que el bueno y el malo
aparecen absolutizados y encarnados como figuras ontológicas”. El
desafío para un movimiento social que vaya a la raíz de nuestros
problemas es, como nos recuerdan las compañeras zapatistas, destruir la
hidra capitalista en todas sus cabezas. Organizarse desde abajo para
hacer frente al capitalismo-guerra y, como planteaba Ángel Luis Lara,
abrir túneles de solidaridad desde abajo con los que luchar por la vida
a uno y otro lado de la frontera que hoy dibuja el conflicto bélico.
Porque como dicen las zapatistas,
en la guerra que hoy se libra contra el planeta y en Ucrania, nos
enfrentamos al riesgo de que no quede paisaje después de la batalla.

¿Es
esto posible? Ante esta pregunta, escuchemos a Günther Anders cuando
nos decía que si algo es necesario, uno no se puede parar ante si es o
no posible. Hay que intentarlo.

 

[En memoria de César de Vicente, que nos dejó prematuramente y a quién debemos tanto]

 

 Adrián Almazán Gómez,  

Jaume Sastre-Juan




Fuente: Culturayanarquismo.blogspot.com