February 12, 2021
De parte de ANRed
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鈥淐haplin es una amenaza para las instituciones鈥 Senador Richard Nixon. Una escena de 鈥楾iempos Modernos鈥 resulta provocadora y sobresale del resto: Charlot busca empleo, camina la calle y observa como algo cae de un cami贸n. Se trata de una bandera roja de peligro, que ingenuamente agita en mitad de la calle para llamar la atenci贸n del camionero despistado. La secuencia es perfecta: en cuesti贸n de segundos, mientras avanza agitando la bandera, una multitud de obreros se encolumna detr谩s, y marcha. Sorprendido, Charlot, descubre que acaba de transformarse en agitador pol铆tico, en la chispa que enciende la rebeli贸n. Por Jorge Montero.


Lejos de la mirada ingenua de su personaje, Charles Chaplin desnuda, en apenas unos segundos, la otra cara del sistema opresor. Y lo hace del 煤nico modo que conoce: por medio de la comedia y con Charlot como un espejo reflejo de su tiempo. Por eso Hollywood mira con recelo a aquel peque帽o actor de simp谩tico bigotito y boicotea algunas de sus pel铆culas. Por eso Estados Unidos nunca termina de tragarse su discurso humanista y se preocupa por hostigarlo. Porque Chaplin los desnuda, los deja a la intemperie y los humilla, se r铆e de ellos y los ridiculiza, mostr谩ndolos tan absurdos y miserables como son.

鈥淧ueden decir que detesto las pel铆culas sonoras. Arruinan el arte m谩s viejo del mundo: el arte de la pantomima. Aniquilan la gran belleza del silencio鈥. La sentencia de Chaplin expresa la dificultad que le impuso el cambio a su trabajo creativo, y su decisi贸n de resistir a la modernidad con la tozudez de su rebeld铆a. Con el nuevo cine sonoro, la sensibilidad de los cuerpos quedaba atr谩s, ahora la estructura narrativa se asentaba sobre la potencia de la palabra. Chaplin lo sab铆a: Charlot no tendr铆a lugar en ese mundo hostil y por ello, con la genialidad de 鈥楾iempos modernos鈥, le ten铆a reservada la genial despedida.

Nunca antes en la historia del cine un pobre hab铆a sido protagonista de una pel铆cula. Y mucho menos un vagabundo, un marginado con el dilema del empleo siempre presente. La constante preocupaci贸n por garantizar su subsistencia digna empuja al protagonista a buscar trabajo. Charlot es un trabajador desocupado que pelea cada d铆a por derrotar el hambre.Sin embargo, no idealiza nunca la pobreza, la muestra lo m谩s crudamente posible, terrible y desgarradora. 鈥淣o conozco a un pobre que a帽ore la pobreza o que halle libertad en ella鈥, aclar贸 una vez. Despu茅s, cuando Charlot consigue empleo, no puede con su genio y siembra el desconcierto y subvierte el orden, escenario ideal para el despliegue de un arsenal de torpezas a trav茅s del gag, la acci贸n f铆sica y la sorpresa.

No hay en el personaje rasgos del h茅roe cl谩sico, por el contrario, su principal preocupaci贸n es gambetear los conflictos y enga帽ar el hambre con el 煤nico recurso de su habilidad. Ese car谩cter rebelde, que lejos de amedrentarse ante la autoridad, la emprende a patadas en el culo, mordiendo narices o pinchando con alfileres a sus adversarios de turno, escandaliza al espectador burgu茅s, que rechaza -al menos en sus primeras pel铆culas- su actitud re帽ida con la moral y las buenas costumbres. Por eso su impronta perturbadora: porque Chaplin no es uno de ellos, porque desnuda a los due帽os de casi todas las cosas, y los deja en rid铆culo, los expone frente a los auditorios populares que pierden el respeto con la carcajada, que comprenden lo artificioso de la distancia que impone el dinero, que toman peque帽a revancha burl谩ndose de aquellos que los explotan y los excluyen diariamente. Por eso el cine de Chaplin es una amenaza, por ese destello subversivo que se vuelve contagioso, porque exhibe en carne viva al capitalismo, injusto y desigual.

鈥淎l p煤blico le gusta ver humillado al poderoso -sintetiza Chaplin-. Si coloco una c谩scara de banana en el suelo y la pisa una empleada dom茅stica, el p煤blico se sentir铆a indignado porque la desafortunada les dar铆a l谩stima. Pero si el que se resbala y cae es un corpulento millonario, la platea estallar谩 en toda clase de carcajadas por el placer que siente al ver ridiculizada la vanidad humana鈥.

Una personalidad libertaria en el contexto de una sociedad represiva. De all铆 sus repetidos problemas con la ley encarnada en su gran antagonista: el polic铆a. Porque para el buscavidas que vive en las calles y pelea todos los d铆as por mitigar el hambre, no hay presencia m谩s temida que la del esbirro uniformado.

Estrenada en febrero de 1936, 鈥楾iempos modernos鈥 es, una vez m谩s, el registro del mundo contempor谩neo a los ojos de Chaplin, y no existe un documento cultural m谩s potente de los a帽os que siguieron a la Gran Depresi贸n de 1929 que aquella pel铆cula. La alienaci贸n del trabajador industrial que produce en serie, el hombre como un engranaje de la maquinaria fordista, la desesperaci贸n de perder el empleo y quedar al margen del sistema, la pelea por la subsistencia en las calles, las huelgas obreras y la salvaje represi贸n policial, emergen en el filme con la misma fuerza que la risa ante las h谩biles estratagemas del Charlot proletario, para sobrellevar el penoso escenario.

V铆ctima de un sistema que no termina de entender ni cuestionar, que entra en crisis debido, justamente a la superproducci贸n que 茅l ayuda a crear, es impelido a recorrer los caminos; como en realidad recorrieron millones de estadounidenses desocupados durante aquellos a帽os. Nunca antes Charlot hab铆a asumido un papel simb贸lico de tan alta significaci贸n. En su figura se condensa simult谩neamente la marea humana productora de bienes y la masa de los despose铆dos.

鈥溌縀s usted comunista?鈥 fue la pregunta, multiplicada por mil, que escuch贸 Charles Chaplin a lo largo de toda su vida. La respuesta fue casi siempre la misma: 鈥淣o lo soy, pero no tengo nada contra los comunistas鈥. Lo que cambi贸 a lo largo de los a帽os, en todo caso, fue la voz de qui茅n lo interrogaba. Durante los a帽os de la 鈥榗aza de brujas鈥, fue la voz del senador Joseph McCarthy, presidente de la Comisi贸n de Actividades Antinorteamericanas la que replicaba enfermizamente en busca del m铆nimo indicio que le permitiera liquidar para siempre la carrera del irreverente comediante. Fueron los tiempos en que Hollywood se llen贸 de 鈥榣istas negras鈥, y el apellido Chaplin aparec铆a en cada una de ellas. Tiempos en que actores, directores y productores de renombre, como Gary Cooper, Elia Kaz谩n o Walt Disney, construyeron para siempre su fama de soplones al ser considerados por el FBI como 鈥榯estigos amistosos鈥 por delatar a colegas sospechosos de simpatizar con esas ideas que amenazaban con destruir el sistema americano. Tiempos en que, el entonces senador, Richard Nixon sentenciaba: 鈥淐haplin es una amenaza para las instituciones鈥.

Esta aversi贸n que despert贸 en los sectores dominantes de la sociedad estadounidense tiene sus ra铆ces en la contemporaneidad de sus temas, en su aguda visi贸n de las relaciones sociales, en su humanismo sin claudicaciones y en la f茅rrea defensa de su dignidad. Porque si fue un eximio actor, un mimo incomparable, un m煤sico inspirado, un talentoso director, nada de eso tiene importancia aisladamente, frente a la verdadera dimensi贸n de su arte, caracterizado por plantear con descarnada lucidez las contradicciones de su tiempo.

Chaplin lleg贸 al cine para cambiarlo todo. A trav茅s de la comedia y de la risa, desnud贸 las miserias del capitalismo. Cierta moral, ciertas costumbres, son satirizadas y demolidas, mientras pone en primer plano las desventuras y anhelos de pobres y trabajadores. Charlot, un personaje entra帽able y popular, es uno de ellos. Se burla de los poderosos y paga el precio de crear y transgredir en un pa铆s que lo hostig贸 como una amenaza para el 鈥楢merican way of life鈥.

鈥淣o he comenzado todav铆a ninguna revoluci贸n, ni estoy planeando comenzarla鈥, coment贸 ir贸nico Chaplin, ataj谩ndose ante sus censores en plena persecuci贸n pol铆tica.

El dramaturgo Dar铆o Fo se帽al贸 que una vez escuch贸 a una anciana calabresa sintetizar en pocas palabras la fascinaci贸n del pueblo por el cine de Chaplin: 鈥淐harlot era una persona capaz de hacernos llorar por cosas de las que normalmente nos re铆mos, y de hacernos re铆r con cosas que todos los d铆as nos hacen llorar. Era uno que hablaba de nosotros, porque era uno de nosotros鈥. Su silenciosa revoluci贸n hab铆a comenzado, y ellos lo sab铆an.





Fuente: Anred.org