November 15, 2020
De parte de La Haine
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Estamos tan preocupados por la pandemia, y es tanto el ruido que montan nuestras derechas fieramente inhumanas, que no estamos prestando la debida atención a un espectáculo fascinante: la domesticación del político de izquierdas.

Estamos tan preocupados por la pandemia, y es tanto el ruido que montan nuestras derechas fieramente inhumanas, que no estamos prestando la debida atención a uno de los espectáculos más fascinantes de la naturaleza: la domesticación del político de izquierdas. Repito que es normal y que nadie debería sorprenderse de nuestra falta de interés, pero quizá merezca la pena hacer una breve excursión educativa y contemplar en vivo esa metamorfosis. Es un fenómeno particularmente curioso si lo observamos con las gafas de la nueva normalidad, ya no tan nueva ni tan normal.

De hecho, es el lenguaje de los últimos meses el que imbuye de colorido nuestro acercamiento didáctico a esa maravilla de la lencería política. Es lógico: cuando las cosas cambian con tanta rapidez, lo que llama nuestra atención es, con frecuencia, lo que permanece igual. El pasajero que se detiene en medio de la estación en hora punta, o el niño que se queda quieto en el patio del colegio durante el recreo. Con el político de izquierdas que adquiere sus primeros compromisos institucionales pasa algo parecido: se queda de piedra, no sé si erotizado por el poder que se le acerca o enceguecido por el lujo que le rodea, pero ni parpadea, ni traga saliva, todos sus años de formación se le atoran en la garganta y es ahora cuando empieza a darse cuenta de que está a punto de despertar la ira de sus viejos camaradas o la burla de sus nuevos socios o las dos cosas.

La inmovilidad de nuestros jóvenes aprendices de gestor no nos llamaría tanto la atención si no fuera porque, de pronto, hasta Pedro Sánchez hay días que parece bolchevique. Bueno, no, pero de tanto oír a unos lo del gobierno socialcomunista y a otros lo del gobierno más progresista de la historia, empieza a ser plausible que nuestro horizonte de progreso político y social haya tocado techo con este presidente, otra cosa es que quepa imaginarlo al frente no ya de un soviet en Petrogrado sino del comité de empresa de Mercadona. Pero venimos de un pasado donde Felipe González pasaba por rojo en algunos ecosistemas, nada debería extrañarnos.

Lo que no vivió González fue una pandemia, ni sus inevitables y sorprendentes efectos en la semántica y en la inmovilidad de los actores políticos. A González nos lo encontramos ya disuelto en el lenguaje ambiente cual azucarillo de la Transición, pero a nuestros jóvenes gestores de hoy día nos los ilumina el lenguaje de la pandemia y les hace moaré: de golpe parecen menos algo, no diré menos de izquierdas, pero sí tal vez menos convincentes, más monjiles o monacales. Más siniestros con sus maneras de vigilante jurado de grandes almacenes. Intentaré explicarme con un ejemplo.

La inmovilidad de nuestros jóvenes aprendices de gestor no nos llamaría tanto la atención si no fuera porque, de pronto, hasta Sánchez hay días que parece bolchevique

Desde que empezó esta pesadilla, hemos discutido de ética muy por encima de nuestras posibilidades como sociedad y de nuestra formación como ciudadanos. Nos hemos puesto muy pomposos para proclamar que todas las vidas, todas, valen lo mismo y que no es lícito sacrificar ni una sola. Que quede claro que la idea me parece de lo más sexy, como diría Guillem Martínez: para una vez que de la esfera pública queda excluido el cálculo de bajas asumibles, lo suyo es aplaudir. Lo que me molesta es la pompa. La suficiencia con que hemos vestido nuestras intenciones hospitalarias. La grandilocuencia irreflexiva, sin la cual habríamos sido igual de conscientes de la magnitud de la tragedia y habríamos abordado con la cabeza fría estrategias colectivas que no pasaran por repetir como papagayos consignas gratuitas. Y no digo que todo haya sido consignas gratuitas, pero hay momentos en la vida de un pueblo en que no está el horno para consignas, ni siquiera para consignas de pago.

Lo que me molesta de la pompa no es que sea fugaz sino que, al serlo, condena a la fugacidad todo lo que toca. Los sentimientos solidarios que se expresan de manera pomposa rara vez sobreviven a la disolución de esa grandilocuencia y lo peor es que suelen ser sustituidos por sentimientos antagónicos pero igual de grandilocuentes. En esa dialéctica perversa no gana nadie salvo los fabricantes de consignas. Entre las consignas más exitosas de estos meses están la de “primero la vida, luego la economía” y la de “todas las vidas importan por igual”. Combinadas, ofrecen una visión halagüeña del futuro y una imagen virtuosa del ser humano, también de nuestro vecino el que no quería poner la rampa para la silla de ruedas de la del tercero. Todas las vidas importan por igual. Y lo importante, ahora mismo, lo que debería centrar todos nuestros esfuerzos y sacrificios, es salvar tantas vidas como se pueda, aunque se hunda la economía. Estoy tan de acuerdo que pondría mi firma a mitad del artículo.

Por desgracia, no todo ocurre en la vida como cabría esperar atendiendo a parámetros utilitaristas. No es tan evidente que dejar caer la economía, así en abstracto, sea posible sin sacrificar vidas, al menos si seguimos resignados a la economía de mercado. Sabemos o intuimos que hay otros modelos económicos, pero es un saber o una intuición que no podemos pronunciar en voz alta sin que nos llamen cosas, de modo que no lo hacemos. Nos las llaman igual, pero no lo hacemos, igual que no nacionalizamos los hospitales privados ni aumentamos el gasto hospitalario y educativo para no tener las UCIs a reventar y al alumnado a merced del software educativo de Microsoft. Tampoco reorganizamos la arquitectura fiscal del Estado para que se pueda detener el ritmo del mercado sin que haya víctimas. De modo que unos días consentimos que se pierdan puestos de trabajo para que los hospitales puedan salvar vidas y otros días asumimos que muere gente que tal vez podría haberse salvado si hubiéramos detenido la economía. Lo decimos de otra manera, pero es eso lo que estamos haciendo la mitad del tiempo. La otra mitad cruzamos los dedos y rogamos que la vacuna funcione.

Cuando se detiene la economía, sea por un confinamiento, sea por la prohibición de ejercer ciertas actividades profesionales, hay quien se lamenta porque ve amenazada su fuente de ingresos y es un lamento tan legítimo como el de quien teme ser la próxima víctima del virus. El primero razona de esta manera: si no trabajo, aunque el Estado me dé alguna ayuda, no podré conservar mi empleo/negocio; me echarán a la calle/cerraré; puedo acabar en la pobreza y la pobreza mata. El segundo razona de esta otra: si no se frena el ritmo de contagios, puedo contraer la covid-19; y, puesto que no se ha frenado ese ritmo, podemos contraerla a la vez muchísimas más personas de las que tiene capacidad para asistir nuestro sistema sanitario, de modo que tengo más papeletas para morirme si no se detiene la actividad económica para frenar el ritmo de contagios.

Ambas cadenas causales son verosímiles, ambas se sustentan en observaciones empíricas y ninguna de ellas obedece a razonamientos delirantes ni a generalizaciones propias del pensamiento mágico. Por eso resulta tanto más bochornoso que, justo en estos días en que estamos tan sensibles y tan concienciados con el valor de la vida humana, se justifique, como ha hecho Alberto Garzón, que haya bases militares estadounidenses en suelo español con el argumento de que generan empleo. Ya vivimos un bochorno parecido no hace mucho, cuando el alcalde de Cádiz se quitó de encima el muerto moral de las corbetas saudíes apelando al empleo que generaban en la ciudad. Es falta de entrenamiento: nos sabemos de pe a pa nuestro argumentario, pero estamos verdes manejando el de nuestros (hasta ahora) adversarios. Tanto en un caso como en otro, se trata del mismo modelo de domesticación del político de izquierdas basado en la repetición pueril de clichés supuestamente “realistas”, “adultos” o “responsables”. Solo que en dos momentos dramáticamente diferentes, puesto que ahora, como hemos visto, estamos todos en sintonía con la idea de que todas las vidas importan, absolutamente todas, y si yo puedo cerrar mi tienda durante un mes o me pueden mandar al ERTE durante tres meses para evitar que muera más gente de covid-19, también se podrá hacer algo con esos empleos de las bases militares para suprimirlos y evitar muertes seguras. Y es difícil aceptar razonamientos causales como los anteriores sin aceptar este otro todavía más sencillo: que las bases militares están para intervenir en acciones militares y en esas acciones militares muere gente; que la mayoría de las víctimas de las guerras actuales son civiles; que, por tanto, el mantenimiento de esos puestos de trabajo se hace a costa de vidas humanas. No hay en ese razonamiento ni menos realismo ni más dramatismo que en los que hemos visto antes. Más de 90.000 muertos tan solo en Yemen son, al menos, para pensárselo un poco.

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Fuente: Lahaine.org