July 4, 2021
De parte de ANRed
204 puntos de vista


Foto: Vicky Cuomo

Qu茅 comemos, c贸mo producimos y qu茅 impacto tiene en los cuerpos y en los territorios. Algunas de las preguntas que aborda Leonardo Rossi, integrante del Colectivo Ecolog铆a Pol铆tica del Sur (Catamarca) e investigador del Conicet. Afirma que los alimentos est谩n atravesados por, al menos, cinco dimensiones: sanitaria, ambiental, social, cultural y, fundamentalmente, lo pol铆tico. (En Desinform茅monos)


Perif茅ricamente en un Occidente epist茅mico, bajo la anestesia de las promesas siempre frustradas de la urbanidad, con el ensordecedor ruido de la fe en el progreso cientificista, y el candil cegador de la falsa idea de desarrollo nos hemos olvidado de los componentes esenciales que nos tejen a la trama de la vida. Pero ni siquiera este desgarrador olvido, de por s铆 grave, es lo m谩s dr谩stico. Esa amnesia colectiva lleva como correlato intr铆nseco una encallada tara civilizatoria por la cual nos obstinamos d铆a a d铆a en da帽ar a las fuentes mismas de nuestros soportes elementales que nos permiten devenir organismos vivientes. Y al hacerlo, bajo una marca profunda de soberbia, celebramos desde un supuesto deber ser de la historia los 茅xitos en el avance de una carrera fren茅tica, que si en algo no tiene competidores es en su capacidad (auto) destructiva.

驴Alimentos o productos que enferman?

Esta potencia erosiva opera de una vez en varios planos, profundamente entrelazados: sanitario, ambiental, social, cultural y fundamentalmente -esto es el inter茅s de estas l铆neas- en el de las subjetividades pol铆ticas. Se hace hincapi茅 aqu铆 acerca de lo auto-destructivo a partir de observar a uno de esos nodos que hacen al entramado de eso que llamamos humanidad: pondremos en el centro de este relato al alimento. Hablaremos de esa fibra nutricia que permite que la humanidad devenga vida biol贸gico-cultural. Recuperaremos entonces al alimento, a esa urdimbre que brota en la danza de infinitos procesos entreverados que surgen del fluir de la luz solar, del agua, de la tierra, del aire, de los minerales, y de las comunidades humanas y no humanas, para decantar en energ铆a disponible para nuestros cuerpos, como parte de un tapiz de complejas y solidarias redes de reciprocidad.

Partamos de resituar la mirada en lo m谩s terrenal. En esos alimentos que cada d铆a en menor o mayor medida ingieren en la actualidad buena parte de las mujeres y hombres que conocemos. O al menos eso que creemos, entendemos, confiamos son alimentos. O tal vez eso que ya ni siquiera cuestionamos si son o no son alimentos. Pensemos  en una fruta con residuos de veintitantos pesticidas; un pu帽ado de fideos a base de una harina ultra-refinada producto de un trigo tratado con agroqu铆micos que acabar谩 en nuestro intestino;  una carne vacuna con origen en un feed-lot que dej贸 un suelo muerto cargado de desechos sin capacidad ya de ser asimilados, y har谩 otro tanto en nuestro metabolismo; galletas de f贸rmula con derivados de soja y de ma铆z transg茅nico que para llegar a ser cosechados  dejaron napas, r铆os y cuerpos de su entorno m谩s pr贸ximo cargados de t贸xicos y as铆 dialogar谩n con nuestro sistema digestivo. 驴Por qu茅 esto deviene norma? 驴Qu茅 mandato justifica esta cotidianeidad? 驴Cu谩les son las consecuencias de tama帽a sin-raz贸n-emoci贸n por la vida propia?

Al menos como primera propuesta surge revisar nuestra propia humanidad, su andar en esta tierra, y entonces recordar que, salvo situaci贸n fortuita o una primera experimentaci贸n, mujeres y hombres buscaron en la larga marcha humana evitar la ingesta sistem谩tica 鈥搈谩s all谩 de bebidas o frutos que formaban parte de experiencias religiosas puntuales- de alimentos que pusieran en riesgo su salud. M谩s bien, la pulsi贸n a la vida, entendida esta no en t茅rminos individuales sino como supervivencia de la colectividad, indica todo lo opuesto.

M煤ltiples trabajos de perfil antropol贸gico, etnogr谩fico, hist贸rico y econ贸mico dan cuenta desde hace siglos de que el alimento era alimento en tanto y en cuanto ten铆a como fin satisfacer y cancelar la necesidad fisiol贸gica-cultural de saciar el hambre de diversas comunidades, brindar las mejores condiciones sanitarias para adaptarse al territorio habitado, al tiempo que surg铆a de la labor colectiva y ten铆a profundo sentido de arraigo cultural.

驴C贸mo alcanzamos este presente de h铆per-conocimiento cient铆fico-aplicado donde  sobran productos derivados del agro en t茅rminos de cuotas alimentarias seg煤n los organismos internacionales, y no cesan su hambre los hambrientos, mientras que otra gran parte de la masa que s铆 se alimenta, seg煤n los c谩nones de estas entidades,  asiste a marcados procesos de afecci贸n en su salud producto de esa misma supuesta alimentaci贸n? 驴C贸mo nos hemos vaciado de esa intensa historia que vincula el cuidado de la tierra, de nuestros cuerpos, de nuestras culturas y nuestras comunidades?

Violentos procesos expropiatorios han hecho la tarea inicial con productos insanos nutricionalmente, episitemicidas agro-culturalmente, y extremadamente nocivos ecol贸gicamente. Y como nudo, esos objetos llevan intr铆nseca la fundamental huella despolitizadora de la vida, tan claramente expresa en la disputa por el alimento.

Recuperar el alimento

No podemos ya ignorar que la pol铆tica se ha basado esencialmente en la forma en las que las comunidades humanas se han organizado para reproducir la vida en v铆nculo con su naturaleza exterior. Esa articulaci贸n colectiva, en b煤squeda de adaptaci贸n a diversas geograf铆as y ciclos naturales, ha tenido en la obtenci贸n del alimento y del agua sus m谩s elementales sentidos, aunque ya casi no lo recordemos. La politicidad del alimento y la politicidad de la reproducci贸n de la vida humana en su m谩s literal sentido material son dos aspectos inseparables.

Por tanto se tornan claves del hacer y, sobre todo, del pensar pol铆tico, aunque no por casualidad hayan sido borrados de las p谩ginas m谩s difundidas de la teor铆a pol铆tica. Re-situarnos all铆, tal vez, nos permita desandar caminos, para enfrentar  la calamitosa crisis civilizatoria (clim谩tica, ecol贸gica, migratoria, pol铆tica, emocional) que atravesamos y encontrar entonces s铆 algunas posibles respuestas y propuestas.

Ser谩 entonces tarea urgente dotar de sentido pol铆tico nuestra palabra-territorio en cuesti贸n: el alimento. Ingerir un objeto cargado de veneno no es saludable. Si no es saludable entendemos que no es alimento. Un objeto que destruye la tierra s贸lo para generar una ganancia abstracta hiere en ese proceso nuestros propios soportes biof铆sicos. Por tanto, dig谩moslo, no es alimento. Un objeto, fruto del suelo y del trabajo humano, que puede descartarse a gran escala porque no encontr贸 el mejor precio de mercado o sirve para especular es absolutamente lesivo en t茅rminos sociales. Entonces, claro est谩, no es alimento. Y as铆 podr铆amos continuar.

Pero de lo que se trata no es de caer en un binarismo vano de qui茅n est谩 en el camino correcto de la alimentaci贸n y qui茅n no. Por el contrario, se trata de la b煤squeda sensata del cuidado siempre sentido en t茅rminos colectivos; de asumir que hemos llegado a este presente cargado de profundas heridas que se nos hacen carne, permean nuestros imaginarios, y se manifiestan en nuestras inconscientes claudicaciones cotidianas operadas a trav茅s de la alimentaci贸n.

Es cuesti贸n de caminar la senda para recuperar el sentido pleno del alimento, no como objetivo personal en pos de una dieta de mejor calidad para un cuerpo aislado sino como impostergable disputa pol铆tica del retejernos como comunidades que comprenden su ser parte de esta trama de la vida.

Es desde este punto de partida que se torna imperioso dejar expl铆cito que eso de lo que hablamos a diario no es alimento. El alimento socialmente producido como objeto de lucro (bien de cambio y dudoso bien de uso), atravesado por la g茅nesis mercantil-colonial, la expansi贸n industrial capitalista, y agravado a niveles extremos en los marcos del neoliberalismo vigente ha dejado hace tiempo de ser alimento. Y sus consecuencias eminentemente pol铆ticas son cruciales. Porque el alimento fue y ser谩 semilla indispensable del m谩s profundo sentido de la politicidad de la vida.

All铆 se han forjado los lazos que sostienen a esta especie humana en el planeta, como parte de una diversa gama de 鈥渁poyos mutuos鈥, como bien ha se帽alado hace m谩s de un siglo Kropotkin. El v铆nculo espiritual inalienable con la tierra (que fue, es y ser谩) habitada, el trabajo en com煤n, el saber y el sabor colectivo, y el cuidado del ecosistema (exterior-territorio e interior-cuerpo) se encuentran 鈥揺n su doble acepci贸n鈥 en el alimento. Todo eso han intentado, y a煤n insisten, en socavar desde arriba, con gran eficacia en inocular la amnesia de crecientes franjas de 鈥渓os abajos鈥.

Monocultivo o biodiversidad

Cuando la fil贸sofa y activista hind煤 Vandana Shiva lanza la idea de 鈥榤onocultivos de la mente鈥 para condensar la potencia del agronegocio en t茅rminos de subjetividades invita a revisar los imaginarios que circulan a diario, sea en forma de noticias, pol铆ticas p煤blicas, legislaciones, conversaciones en el hogar o en el espacio p煤blico. 鈥淐osechas r茅cord鈥, 鈥済ran expectativa por la entrada de divisas del agro鈥, 鈥減ujanza de la industria alimentaria: crece la venta de primeras marcas鈥, son frases que podemos recrear en base a la experiencia discursiva hegem贸nica que nos habita. Estos euf贸ricos mensajes celebratorios tienen su reverso en la preocupaci贸n de sectores pol铆tico-partidarios, acad茅micos y comunicacionales cuando estos indicadores decaen.

Una y otra vez, desde la llamada 鈥渙pini贸n p煤blica鈥 alertan por las alica铆das cifras macro-econ贸micas, como si de forma lineal esos movimientos de mercado fueran una marca indeleble de un supuesto bienestar. En el medio de esa propaladora, vaciados de sustancia, quedan la agricultura y el alimento. Cuando la marea de los grandes mercados anda en la buena, seg煤n esas concepciones, poco o nada dicen los aduladores del crecimiento per se sobre los impactos ecol贸gicos, sanitarios, y subjetivos de esos gr谩ficos al alza. Cuando viene la mala, claro, mucho menos. En el mejor de los casos, la calidad del alimento, qui茅n y c贸mo lo produce, qu茅 entramado social tiene en su composici贸n es un debate siempre pospuesto, nunca tan urgente como poner un plato de comida para todes de forma inmediata. Y qui茅n podr铆a oponerse a eso. No es ese el punto en cuesti贸n. Es que las discusiones no son excluyentes, m谩s bien indefectiblemente deben darse en simult谩neo si es que genuinamente deseamos que la comunidad se alimente; si anhelamos una salud pr贸spera de los cuerpos y los territorios.

Dec铆a Hip贸crates que 鈥渆l alimento sea tu medicina鈥, y en pleno Siglo XXI pareciera que buena parte de las voces hegem贸nicas, a derecha y buena parte de la izquierda, no han llegado a comprender del todo la frase.

鈥淨ue las dietas vuelvan a tener m谩s fruta, que vuelva a crecer el consumo de carne y pescado, y que aumente la ingesta de leche鈥, enfatizan dirigentes pol铆tico-partidarios, comunicadores y opinadores varios. Y otra vez, nadie puede oponerse. Frente al brutal saqueo de arriba, el tiempo alimentario apremia. Pero qu茅 duda cabe de que ya entramos tarde a la discusi贸n, de que es impostergable dejar de manifiesto si queremos alimentarnos para sanar o seguiremos con la ingesta de suced谩neos que multiplican las problem谩ticas sanitarias a escala masiva.

Qui茅n puede desconocer ya las graves patolog铆as causadas por los alimentos ultra-procesados, por las micro dosis de pesticidas que ingerimos a diario, por el sobre consumo de carnes y leches de p茅sima calidad, saturadas de antibi贸ticos; de pescados extra铆dos de r铆os te帽idos de glifosato y dem谩s agrot贸xicos.

La recuperaci贸n del alimento no se trata de un tema que deba quedar reducido a c铆rculos del activismo, que bien pueden marcar otros horizontes posibles tal como nunca han dejado de hacer comunidades campesinas e ind铆genas, pero de lo que se trata es de interpelar y (con)mover estructuras socio-pol铆ticas y emotivas profundas. Claro que los 鈥渇ormadores de opini贸n鈥, decisores de pol铆ticas p煤blicas y agentes del mercado, sean liberales, conservadores o progresistas ignoran esta urgencia o deliberadamente la niegan.

Posponer esta discusi贸n con la informaci贸n hoy disponible es temerario. Es no tomar nota de la cat谩strofe social, ecol贸gica, sanitaria que implica el actual patr贸n civilizatorio con un modelo agro-alimentario brutal como cimiento. Debemos remarcar este negacionismo, sin dudas, pero sobre todo habr谩 que orientar el flujo de energ铆as pol铆ticas en una profunda pedagog铆a por abajo, basada en un hondo sentido del amor, que retome la politicidad de la vida en la mayor diversidad de 谩mbitos posibles. Ser谩 este (y ya lo es) un proceso, plagado de complejidad, como lo es la vida en su devenir. No se plantean aqu铆 instant谩neos cambios, movimiento de algunas piezas y nombres como parte de la (nunca alcanzada) transformaci贸n. Esa es la l贸gica que prometen siempre desde arriba.

Habr谩 que, artesanalmente, cultivar el suelo para que el retorno del alimento a nuestras vidas crezca con ra铆ces sanas y duraderas.

En la diversa geograf铆a que habitamos est谩n dadas las condiciones para transitar hacia alimentaciones diversas, saludables, sostenidas en procesos agro-productivos agroecol贸gicos, libres de xenobi贸ticos, basados en su gran mayor铆a en circuitos cortos de comercio, justos para agricultores y consumidores, con marcado sentido de solidaridad. Ya tenemos abono para iniciar el cultivo de nuestros huertos de futuro porque existen gran cantidad de experiencias que multiplican estas semillas de esperanza: comunas por la agroecolog铆a, cooperativas de huerteras y huerteros, y redes agr铆colas en transici贸n agro-ecol贸gica, colectivos de consumo consciente, y una infinidad de ejemplos. Que el alimento vuelva a ser esencia de nuestras humanas existencias, esas que saben del cuidado de la tierra, del agua, de la biodiversidad, del cuerpo y del esp铆ritu, del hacer en com煤n para dignificar nuestros sentires y pr谩cticas, y en 煤ltima instancia nuestro propio sentido de concebir la densidad pol铆tica de la vida.

Publicado originalmente en  Revista Ardea





Fuente: Anred.org