April 14, 2021
De parte de Fundacion Aurora Intermitente
279 puntos de vista


驴Transici贸n o transacci贸n? No, no se trata de un mero juego de palabras, porque hablando con propiedad, la llamada transici贸n espa帽ola a la democracia ha sido una operaci贸n transaccional entre los gestores de la oposici贸n antifranquista y los administradores del franquismo tard铆o. Secreteos, intrigas de palacio, compadreos de reservado en restaurantes de lujo, chalaneos de sobremesa en los 谩gapes gentilmente ofrecidos por la embajada norteamericana a los j贸venes opositores y franquistas reformadores, movimientos en las sombras del viejo Borb贸n para salvar los muebles de la monarqu铆a en la persona de su hijo, formado y designado por el general Franco para sucederle, blanqueo de camisas azules y decoloraci贸n de ense帽as rojas, confidencias y exabruptos mezclados con abundantes golpes de mano en uno y otro bando, fueron urdiendo lo que se ha denominado un poco enf谩ticamente la Transici贸n. El garito de las negociaciones se hab铆a abierto a帽os antes, pero la voladura del delf铆n (Carrero Blanco) y la flebitis del Dictador en el verano de 1974 aceleraron el juego que en tantos rasgos y episodios se ha asemejado a una partida de tah煤res de la pol铆tica.

Frecuentemente, se presenta la Transici贸n como una operaci贸n pol铆tica ama帽ada en las canciller铆as de Washington, Bonn, Par铆s, etc., y en los foros de decisi贸n de las firmas transna- cionales (Trilateral). Por otro lado, como variante de esa interpretaci贸n, la transici贸n democr谩tica toma el aire de un pacto entre caballeros del antiguo r茅gimen y los administradores de los aparatos pol铆ticos y sindicales de la Oposici贸n, que se limitaron a ejecutar las 贸rdenes emana- das desde los centros de decisi贸n del capital transnacional. En ambos casos, los acontecimientos internos, la evoluci贸n de la inestabilidad social interior, la escala huelgu铆stica, etc., aparecen como aspectos meramente secundarios, sin influencia en la marcha de los pactos y negociaciones. Porque creemos que no fue exactamente as铆, y que la din谩mica de las luchas obre- ras y las movilizaciones populares fue el sobredeterminante de las decisiones adoptadas por quienes pasan por ser los art铆fices de la Transacci贸n, es por lo que creemos justificadas estas p谩ginas.

Sin embargo, la Transacci贸n ha comportado una profunda transformaci贸n de la socie- dad, de la estructura del Estado y del aparato productivo que viene a consumar y culminar el proceso de modernizaci贸n y la plena integraci贸n del Estado Espa帽ol en el orden econ贸mico europeo y mundial. No ha habido una transici贸n, sino muchas transiciones que conciernen a todos los aspectos de la vida social, econ贸mica, ideol贸gica, etc., de los s煤bditos de la monar- qu铆a democr谩tica. Ha habido, pues, muchas transacciones, aunque la visi贸n period铆stica del Pacto de la Transacci贸n nos tienda a presentar 茅sta como el resultado de un pacto entre las personalidades de la Oposici贸n y los franquistas reformistas, en la que las movilizaciones populares son s贸lo una referencia anecd贸tica que para nada interviene en la marcha de la ne- gociaci贸n. En el desarrollo de los acontecimientos reales de la Transacci贸n priman, por con- tra, los intereses de la c煤pula militar, la neutralizaci贸n del b煤nker de los franquistas irreducti- bles y la salvaguarda de la corona reinstaurada por Franco. Por supuesto, algo de verdad hay en ello, a juzgar por la facilidad con que los negociantes de la Transacci贸n se pusieron de acuerdo y su capacidad para atajar el clima de agitaci贸n social e imponer la monarqu铆a constitucional.
驴C贸mo fue posible que la Transacci贸n se llevara a cabo en la forma y con los resultados que conocemos, si parec铆a que el movimiento popular antifranquista apuntaba hacia otros de- rroteros? 驴C贸mo se explica que de la noche a la ma帽ana se cambiaran las consignas desde la ruptura democr谩tica por medio de la huelga general, como ven铆a propugnando el PCE desde que acabara la guerra, hacia el Pacto con los franquistas y la aceptaci贸n de la monarqu铆a sin que, por ello, las fuerzas hegem贸nicas de la Oposici贸n perdieran legitimidad entre las filas del antifranquismo y se vieran abandonadas de sus propias bases? 驴Por qu茅 todo result贸 tan mo- d茅licamente f谩cil para los administradores del Pacto Transaccional?

Estos y otros porqu茅s son los que intentaremos abordar en las p谩ginas que siguen. Y lo haremos, precisamente, tomando como referencia lo que en las abundantes 鈥搚 redundantes鈥 memorias, informes y an谩lisis suele pasar desapercibido: el movimiento obrero y, en un sentido m谩s amplio, las movilizaciones espont谩neas y autoorganizadas de la contestaci贸n social antifranquista que no presentaban planteamientos de negociaci贸n inteligibles para el reformismo franquista y sus colaboradores de la Oposici贸n (desde el PCE, PSOE, mao铆stas, etc., hasta los dem贸crata cristianos).

Si la Transici贸n fue posible, no se debi贸 a la habilidad de las personalidades sino a la debilidad real del movimiento obrero (MO) y a la escasa relevancia de las tendencias anticapi- talistas de las que se reclamaba una parte del MO que, sin embargo, se confund铆an con un antifranquismo cuya 煤nica aspiraci贸n se colmaba con el reconocimiento de las libertades formales. En este sentido, no hubo traici贸n alguna de los aparatos administrativos de la Oposi- ci贸n antifranquista a cualquier aspiraci贸n popular que fuera m谩s all谩 de lo que fue finalmente concedido en la transacci贸n. Los cuadros gestores de la Oposici贸n negociaron, como es natural, en funci贸n de sus intereses profesionales espec铆ficos 鈥揳 saber, garantizar su supervivencia como grupo social de representaci贸n pol铆tica y sindical en el marco del Estado mon谩rquico constitucional鈥 y su legitimaci贸n vino de la inhibici贸n generalizada de las masas populares que acept贸 las razones esgrimidas por los administradores de los aparatos pol铆ticos y las hizo suyas. Fue esa base de consenso sobre la que se urdi贸 la Transacci贸n a la medida de los gesto- res pol铆ticos del nuevo Estado democr谩tico.

Afirmar que el MO, como expresi贸n espec铆fica de unos intereses de clase, o sea, las tendencias rupturistas o anticapitalistas del mismo, no fue capaz de hegemonizar, ni siquiera de mediatizar el proceso pol铆tico-social de los 煤ltimos a帽os del franquismo fue por su propia debilidad estructural. Una debilidad que hay que entender dentro del proceso de proletarizaci贸n de la poblaci贸n, de su evoluci贸n. Ahora bien, el justo dimensionamiento de las tendencias aut贸nomas existentes desde unos a帽os antes de la muerte del dictador y que persistieron hasta el inicio de la d茅cada de los ochenta, permite alcanzar algunas de las claves que en las cr贸nicas y testimonios de la transacci贸n son sistem谩ticamente marginadas. Que las movilizaciones aut贸nomas de masas no hayan sido suficientemente relevantes como para evitar la transacci贸n en los t茅rminos que se ha realizado, no quiere decir que su importancia haya sido nula. Al contrario, fue el elemento coadyuvante que precipit贸 el Pacto.

Se trata, pues, de elucidar en qu茅 medida el trasfondo de ingobernabilidad que propiciaban los movimientos aut贸nomos actuaba como catalizador en las maniobras de negociaci贸n de los aparatos pol铆tico-sindicales en el sentido de forzar el pacto ante la cada vez m谩s evidente y creciente amenaza de perder hegemon铆a y legitimidad de los aparatos de la Oposici贸n frente a una tendencia ascendente de la indisciplina laboral y social.

No es aventurado afirmar, en este sentido, que fueron esas tendencias aut贸nomas, a煤n en su fragmentariedad y escasa consistencia, las que determinaron el acercamiento entre la oposici贸n y los franquistas reformistas, una vez que el clima de ingobernabilidad que propiciaban las movilizaciones aut贸nomas constitu铆a una amenaza tendencial para una oposici贸n que, encabezada por el PCE-CCOO, ve铆a progresivamente como perd铆a capacidad para recon- ducir las movilizaciones, cuando ten铆a precisamente en su capacidad de control y gesti贸n del movimiento obrero su baza para exigir su reconocimiento en la mesa de negociaci贸n. Los cambios t谩cticos de CCOO y del PCE en los a帽os inmediatos a la muerte de Franco, que coinciden con los principales hitos de las tendencias aut贸nomas dentro del movimiento obrero, son bien ilustrativos de lo que se acaba de decir.

Tampoco hay que sobrevalorar, la importancia de unas movilizaciones virulentas y proliferantes, pero que no se consolidaron en un movimiento propiamente dicho. Fue a causa de esta debilidad que la transacci贸n fue posible. La paradoja consist铆a en que a medida que los movimientos aut贸nomos se extend铆an, el desplazamiento hacia posiciones pactistas por parte del PCE eran m谩s ostensibles. La autonom铆a obrera expresada en las din谩micas asamblearias confrontaba al PCE 鈥搚, por extensi贸n, al conjunto de la Oposici贸n鈥 con sus propias limitacio- nes y posibilidades de articular el MO en torno a las CCOO. Pero curiosamente, esas fuerzas centr铆fugas de la autonom铆a obrera en lugar de provocar una desviaci贸n del PCE hacia la izquierda con el fin de recuperar una cierta legitimidad entre la clase trabajadora y reforzar su propia posici贸n negociadora, tuvo unos efectos contrarios.

El PCE, ante la presencia de las tendencias aut贸nomas y otras expresiones comunistas que pon铆an en entredicho su hegemon铆a formal sobre el movimiento antifranquista, opt贸 por combatirlas al tiempo que basculaba sus posiciones hacia el Pacto con los franquistas. En este sentido, el PCE, con su descarada lecci贸n de oportunismo, no hac铆a nada nuevo. Tradicional- mente, los partidos comunistas, cuando los t茅rminos de la lucha de clases generaba una pre- si贸n desde la izquierda, siempre han tenido mayores facilidades para entenderse con la derecha que con las tendencias proletarias de izquierda. En toda Europa no han hecho otra cosa a lo largo de este siglo; y en Espa帽a, durante la II Rep煤blica, tambi茅n hicieron lo mismo.

Ni siquiera fue posible que se entablara un verdadero debate en el seno de la izquierda antifranquista a la luz de las tendencias aut贸nomas. A ellas se respondi贸 con los clich茅s y anatemas heredados de los a帽os veinte, y la autonom铆a en su propia debilidad e inmadurez fue incapaz de imponer sus tesis, ni siquiera en el terreno de las ideas pol铆ticas circulantes entonces. En fin, lo que hubiera podido ser un debate pol铆tico qued贸 en pol茅mica est茅ril por la esca- sa consistencia de unos (movimiento aut贸nomo) y la excesiva madurez de otros (izquierda antifranquista), aunque en este caso cabr铆a hablar m谩s bien de obsolescencia pol铆tica de unos aparatos anclados en la ideolog铆a del estalinismo tard铆o travestido en eurocomunismo. Lo mismo puede imputarse a los grupos a la izquierda del PCE que mimetizaron el oportunismo de los estalinistas y renunciaron a la ruptura, una vez que aqu茅l hab铆a hecho al salto hacia la reforma. No obstante, todos ellos, en la medida de sus posibilidades contribuyeron a aislar y silenciar las tendencias del MO.

Claro que tampoco hay que magnificar la amplitud y profundidad de la oposici贸n a la Dictadura. La actividad antifranquista se concentraba en torno a algunos n煤cleos de las 谩reas de nueva industrializaci贸n (producto de la pol铆tica desarrollista de los sesenta) y en las zonas tradicionales que, sin embargo, fueron duramente castigadas por la represi贸n de postguerra.

La tradici贸n de clase hab铆a quedado interrumpida en 1939. La guerra supuso el exterminio f铆sico de una base proletaria activa que sufri贸 en las dur铆simas condiciones de postguerra una sistem谩tica labor de desgaste. La oposici贸n antifranquista se nutr铆a fundamentalmente de una nueva generaci贸n de proletariado surgida al calor del desarrollismo y de ciertos sectores universitarios. La precariedad del movimiento obrero ten铆a su reflejo en todos los 贸rdenes cuanti- tativos y cualitativos.

Un MO escasamente desarrollado y con una subjetividad de reciente formaci贸n (una clase trabajadora joven, salida del desarraigo agr铆cola), es f谩cilmente permeable a las corrientes del marxismo ideol贸gico tambi茅n menos evolucionadas. No es extra帽o que, en ese pano- rama y con una base proletaria desconectada por treinta a帽os de vac铆o de la experiencia de la lucha de clases, el estalinismo tard铆o del PCE y los 鈥渋smos鈥 derivados de la lectura de Lenin se erijan en horizonte te贸rico del MO.

Tambi茅n hay que tomar en consideraci贸n el hecho de que el desarrollismo franquista, gracias a la favorable coyuntura internacional, hab铆a conseguido una mejora de las condiciones de vida del proletariado. Los a帽os sesenta son la era de la especulaci贸n inmobiliaria galopante, pero tambi茅n de la oferta de las viviendas de pacotilla en propiedad, de las horas extra- ordinarias (mal pagadas, pero abundantes), de la exportaci贸n de la mano de obra excedente (que revert铆a en afluencia de los ahorros de los emigrantes), del seiscientos, los electrodom茅sticos y del despegue del consumo. Eso cre贸 una base social fiel al r茅gimen franquista. No ac- tivamente fiel, no fascista, pero que tampoco presentaba problemas de tensi贸n pol铆tica.

鈥淰ivir sin meterse en pol铆tica鈥 era la consigna del franquismo que penetr贸 profunda- mente en la conciencia de los espa帽oles. Esa inhibici贸n generalizada, ese dejar hacer, fue la base real que mantuvo la Dictadura franquista. Y esa fue la r茅mora que no pudo vencer el sacrificado activismo de los militantes contra la Dictadura. Solo cuando se hac铆a evidente el cambio (por la inminencia de la muerte del dictador y, sobre todo, despu茅s del atentado que acab贸 con su delf铆n, Carrero Blanco) se extendi贸 entre la poblaci贸n una expectativa de cambio que, en una relativa proporci贸n, se tradujo en un engrosamiento de las filas activas del anti- franquismo. Pero, si miramos hacia atr谩s cr铆ticamente, una vez disipado el optimismo activista en que nos ve铆amos envueltos durante esos a帽os, podremos darnos cuenta de la justa di- mensi贸n de las movilizaciones de la oposici贸n antifranquista (pactista, como de la rupturista y aut贸noma).

La despolitizaci贸n de la mayor parte de la poblaci贸n espa帽ola est谩 en la ra铆z de su mantenimiento en un segundo plano durante la Transacci贸n. Acostumbrada a no meterse en pol铆ti- ca, tambi茅n en esa ocasi贸n dejaron hacer. O, dicho de otro modo, fue la politizaci贸n inducida desde los aparatos ideol贸gicos de la izquierda la que gener贸 esa nueva forma de inhibicionis- mo generalizado respecto a los asuntos p煤blicos que caracteriza los sistemas democr谩ticos. Que la mayor parte de la poblaci贸n asalariada votara socialista en 1982 no quer铆a decir que de repente se hab铆a despertado una conciencia de izquierda, sino que respond铆a m谩s bien al acoso ideol贸gico que asociaba la idea de modernidad a la democracia y a la integraci贸n en Europa.

La penetraci贸n de inversiones extranjeras ya operaba en cierta medida la integraci贸n en la cadena fordista que era necesario complementar con la adecuaci贸n pol铆tico-ideol贸gica. Eu- ropa era la garant铆a de futuro, modernidad y progreso. El PSOE encarnaba la promesa de que los espa帽oles se sacudir铆an definitivamente el pelo de la dehesa y tendr铆an la oportunidad de ser europeos. Para entonces, Europa ya no era en el imaginario de los espa帽oles la fuerza de- mon铆aca del liberalismo que denostara el Caudillo reiteradamente en sus discursos, sino el sugerente escaparate del supermercado.

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Fuente: Aurorafundacion.org