November 8, 2020
De parte de Arrezafe
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House




–

04/11/2020



Traducción
del
inglés:
Arrezafe



Mientras
escribo
esto,
espero,
como
todo
el
mundo,
los
resultados
de
este
patético
espectáculo
llamado
‘elecciones
estadounidenses’.
Espero
el
resultado
de
una
farsa
que
los
imperios
a
lo
largo
de
la
historia
han
impuesto
a
sus
súbditos:
la
ilusión
de
la
elección.
También
aguardo
la
inevitable
contienda,
la
especulación
que
probablemente
se
prolongará
durante
semanas
o
más,
las
desquiciadas
y
caóticas
maquinaciones
del
presidente
en
funciones,
así
como
su
desenfrenado
golpe
fascista,
algo
previsible
nacido
de
la
desesperación
de
un
megalómano
narcisista
sociópata.



Pero,
seamos
francos,
Donald
Trump
nunca
fue
realmente
el
problema,
fue
y
es
el
rancio
producto
de
un
experimento
secular
de
imperialismo
colonial
y
racista,
originado
en
el
continente
y
luego
exportado
a
todo
el
mundo.
Comenzó
cuando
los
colonos
europeos
pusieron
el
pie
en
este
“Nuevo
Mundo”
que
ocuparon
y
declararon
suyo,
mandando
al
diablo
a
los
pueblos
nativos.



La
arrogante
y
sádica
crueldad
de
Trump
siempre
ha
estado
latente
bajo
la
superficie
del
“excepcionalismo”
estadounidense.
Es
la
misma
crueldad
que
generó
el
genocidio
indígena,
la
trata
de
esclavos
africanos,
los
linchamientos,

Jim
Crow

y
la
nación
que
puso
a
sus
ciudadanos
en

campos
de
concentración
,
que
normalizó
el
ataque
nuclear
a
civiles
(la
única
nación
en
la
tierra
que
lo
ha
hecho),
que
arrasó
a
bombardeos
a
los
pueblos
del
sur
de
Asia
y
roció
a
sus
hijos
con
napalm
y

agente
naranja
.
La
misma
que
entrenó
a
los
escuadrones
de
la
muerte
en
Centroamérica
e
Indonesia.
La
misma
que
asesinó
a

Lumumba

y
derrocó
a
presidentes
electos
democráticamente
como

Allende

y

Mossadegh
.
La
misma
que,
basada
en
mentiras,
permitió
la
aniquilación
de
Irak
y
de
toda
la
región,
que
torturó
a
los
niños
y
a
sus
padres
en
los
húmedos
sótanos
de
Abu
Ghraib,
que
bombardeó
con
un
dron
a
una
abuela
recogiendo
okra
en
el
campo.
La
misma
que
convirtió
a
Libia,
una
vez
la
nación
más
próspera
de
África,
en
un
centro
para
el
comercio
moderno
de
esclavos.
La
misma
que
ha
pertrechado
de
tanques
a
su
propia
policía,
trofeos
de
sus
sangrientas
incursiones
en
el
sur
global
ahora
destinados
a
aplastar
a
su
propia
gente.
La
misma
que
encerró
a
toda
una
generación
de
niños
negros
y
morenos
por
la
posesión
de
una
planta
o
por
drogar
sus
castigados
cuerpos
para
aliviar
la
agonía
de
vivir
en
un
infierno
de
desesperación.



Estados
Unidos
acaba
de
experimentar
su
mayor
participación
electoral
en
150
años,
pero
no
se
produjo
la
llamada
“ola
azul”
que
muchos
liberales
esperaban.
En
una
sociedad
realmente
libre
e
igualitaria,
Trump,
ese
montón
de
estiércol
de
naranja
que
ha
controlado
el
Despacho
Oval
durante
los
últimos
cuatro
años,
debería
haber
sido
electoralmente
aplastado.
Sin
embargo,
casi
la
mitad
de
quienes
votaron
lo
hicieron
a
favor
de
ese
montón
de
estiércol
protofascista,
el
mismo
que
arrancó
a
sollozantes
niños
de
los
brazos
de
sus
padres
y
los
encerró
en
jaulas.
El
mismo
que
ha
fomentado
abiertamente
la
violencia
de
sus
bases
más
extremistas.
El
que
dijo
que
los
neonazis
eran
“gente
muy
buena”.
El
que
ordenó
a
los
terroristas
racistas
que
“se
mantengan
al
margen
y
esperen”.
El
que
se
ha
burlado
de
los
profesionales
de
la
salud
y
la
ciencia
mientras
una
pandemia
totalmente
previsible
surgía
en
todo
el
país.
El
misógino
de
“agarrarlas
por
el
coño”
que
ha
sido
acusado
de
agresión
sexual
por
al
menos
26
mujeres
y
al
que
tantos
evangélicos
adulan
repugnantemente
como
si
fuera
la
versión
estadounidense
del
bíblico
rey
David.
El
que
ha
demonizado
constantemente
a
la
prensa,
así
como
a
los
activistas
antirracistas
y
antifascistas.



¿Por
qué?
¿Cómo
puede
ser
esto
posible?
Porque
en
los
Estados
Unidos
blancos,
tanto
liberales
como
conservadores,
deliberadamente
ciegos
a
la
miseria
que
han
infligido,
por
política
consciente
o
apatía,
se
han
embriagado
durante
demasiado
tiempo
de
su
propia
arrogancia.
Se
han
alimentado
sin
cesar
de
la
falacia
de
su
supuesta
grandeza,
propiciada
durante
décadas
por
la
propaganda
de
la
CIA
/
Hollywood.
Se
han
alimentado
de
la
mentira
del
“mercado
libre”,
que
ridiculiza
a
socialistas
y
anarquistas,
mientras
millones
languidecen
en
barrios
marginales
fuera
de
ciudades
como
Los
Ángeles
o
en
los
callejones
industriales
del
cáncer
capitalista.
Y
sus
disidentes,
de
los
cuales
ha
habido
muchos,
han
sido
repetidamente
reprimidos,
silenciados
o
castigados
sin
piedad
por
atreverse
a
exponer
las
mentiras
del
sistema.
En
este
mismo
momento,

uno
de
ellos
espera

su
destino
en
un
gulag
británico.



Estados
Unidos
es,
de
hecho,
un
imperio
terminal
en
un
planeta
asediado
por
psicópatas,
ecocidas
y
belicistas,
mucho
más
interesados
en
acumular
capital
que
en
las
vidas
de
sus
propios
hijos
y
nietos.



Joe
Biden,
un
reminiscente
necrófago
de
anteriores
andanzas
racistas
y
genocidas
de
Estados
Unidos,
fue
vendido
al
país
como
la
única
alternativa
viable
a
un
proto-fascista.
Un
hombre
que
ha
manoseado
de
manera
obscena
más
nalgas
de
las
que
se
pueden
contar;
que
retozó
orgullosamente
con
los
segregacionistas
autores
de
un
“proyecto
de
ley
contra
el
crimen”,
proyecto
que
envió
a
los
empobrecidos
niños
negros
y
morenos
a
la
cárcel;
que
defendió
una
guerra
basada
en
mentiras,
una
guerra
que
se
llevó
cientos
de
miles
de
vidas,
si
no
más.
Un
hombre
que
sigue
defendiendo
el
apartheid
en
Oriente
Medio
y
las
juntas
militares
en
Centroamérica;
que
todavía
alaba
el
fracking
en
medio
de
un
clima
que
empeora
día
a
día,
y
que,
en
medio
de
una
pandemia,
se
niega
a
considerar
nada
parecido
a
la
atención
médica
universal.
Esta
es
la
alternativa.
Y,
sin
embargo,
muchos
liberales
todavía
se
preguntan
con
incredulidad
por
qué
no
despertó
mucho
entusiasmo.



Independientemente
del
resultado,
debería
quedar
claro
que
Estados
Unidos
es
un
estado
fallido.
Si
bien
la
mayoría
de
su
población
es
decente
y
está
dispuesta
a
comprometerse
con
el
mundo,
más
allá
de
sus
fronteras,
una
parte
considerable
de
la
misma
ha
demostrado
que
no
lo
es,
ha
abrazado
el
fascismo,
aunque
ignore
el
significado
del
término.
Este
es
un
hecho
que
debe
quedar
claro.
El
desprecio
de
su
beligerante
gobierno
por
un
mínimo
de
decencia,
cooperación,
compasión
o
conciencia
ha
quedado,
y
en
términos
muy
severos,
patente
ante
todos
los
habitantes
del
planeta.
No
se
puede
ni
se
debe
confiar
nunca
en
él.
De
hecho,
su
disolución
es
la
única
esperanza
que
podemos
albergar
para
un
futuro
habitable
en
la
tierra.






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Fuente: Arrezafe.blogspot.com