March 4, 2021
De parte de Federaci贸n Anarquistas Gran Canaria
204 puntos de vista


En unas semanas ser茅 enjuiciado y tambi茅n, indudablemente, condenado. Se me acusa de un delito de atentado a la autoridad (po茅tico, para un anarquista) y se me pide un m铆nimo de 1 a帽o y 6 meses de prisi贸n y 770 pavos de multa. Todo esto por supuestamente haber dado en 2015 una patada a un guardia civil en el cuartelillo donde se me reten铆a y torturaba con la finalidad de intimidarme y desestabilizar el proyecto autogestionario de vivienda de la Comunidad La Esperanza, ubicada en el municipio grancanario de Gu铆a.

No gastar茅 el tiempo en clamar por mi inocencia ni chorradas similares, y menos aun cuando hay compa帽eras y compa帽eros que en estos momentos, mientras escribo, ya est谩n en la c谩rcel. Adem谩s, ser铆a in煤til. Que ser茅 condenado es tan seguro como que ma帽ana saldr谩 el sol. Se intentar谩 con ello (si quiero evitar, seg煤n parece, que se ejecute la sentencia) tenerme tranquilo y sin alborotar durante algunos a帽os y, si es posible, escarmentar en mi espalda a un anarquismo canario y a un movimiento insular por el derecho a la vivienda que lleva demasiado tiempo incordiando por encima de sus posibilidades.

Y luego dicen que los anarquistas somos ingenuos鈥 Si piensan que la convicci贸n de los militantes y la necesidad de los desahuciados pueden sofocarse con leyes, juicios y condenas es que no han comprendido nada. Hasta los propios fundadores del Derecho Romano lo asum铆an: necessitas caret lege (la necesidad carece de ley). Ning煤n papel ni barrote han podido aplastar nunca el instinto de supervivencia y la urgencia de conseguir comida, techo y abrigo. Mi condena tampoco lo lograr谩.

Dicho esto, me gustar铆a usar este episodio como pretexto para compartir algunas reflexiones sobre el entramado judicial y sus mecanismos.

Lo primero es el propio acto del juicio. Entrar por primera vez en una sala donde se te va a procesar es como tomar parte en una suerte de ritual sobrecogedor. La liturgia recargada, el lenguaje arcaico, la atm贸sfera deshumanizada, las vestimentas rid铆culas, todo lo necesario para fabricar un ambiente solemne que apabulle a la v铆ctima y la haga presa de la angustia y la culpabilidad. La sensaci贸n es como la de acercarse a un altar de sacrificios donde un sumo sacerdote puede decidir, a su antojo, tu destino. Aunque todo ello est茅 adornado con la parafernalia burocr谩tica de la era moderna, el evento es tremendamente similar al que podr铆a celebrar un cham谩n consultando a los esp铆ritus sobre la culpabilidad del infractor o un inquisidor exigi茅ndole que confiese la verdad ante Dios: gente con disfraces absurdos asume un rol de autoridad suprema y decide sobre el destino ajeno en base a una f贸rmula, escrita o no, que para el enjuiciado adquiere cierto car谩cter sobrenatural.

La experiencia o la formaci贸n pol铆tica pueden ir resquebrajando el aspecto m谩gico del chiringuito. Ver a los protagonistas momentos despu茅s del juicio con las togas en la mano, ri茅ndose de lo sucedido en la sala, hablando de f煤tbol mientras mean en los ba帽os del juzgado o apur谩ndose un carajillo mientras fuman en una terraza cercana, le quita un poco de rigor al asunto. Igual que pasa con las detenciones en comisar铆a, con el tiempo llegas a comprender que todo es un teatrillo, una farsa enorme, pat茅tica, c贸mica y a la vez dram谩tica. Gente adulta, orgullosa de s铆mbolos y uniformes, amparada en un rango, convencidos m谩s o menos del papel que interpretan y que han convertido una 贸pera bufa, un tr谩gico carnaval, en un oficio respetable del que sus hijos pueden presumir en el colegio. Si no tuvieran el poder de destrozar la vida de otros, ser铆an dignos de l谩stima.

Pero todo este circo se fundamenta sobre el texto sagrado de la sociedad civil desde el C贸digo de Hammurabi: la ley.

Si las sociedades necesitan o no un c贸digo escrito para regularse puede ser tema de debate. Que ese c贸digo sea elegido por una minor铆a en base a sus intereses, impuesto a la mayor铆a y de obligado cumplimiento a trav茅s de la compulsi贸n o la violencia, me parece algo mucho menos debatible. Siempre que los anarquistas planteamos la ridiculez que supone que un c贸digo verticalmente impuesto rija nuestras vidas se nos pregunta que har铆amos con los cr铆menes, la violencia, etc茅tera (si nos dieran un c茅ntimo cada vez que nos interrogan sobre esta cuesti贸n tendr铆amos un PIB muy superior al de cualquier Estado). La realidad es que los c贸digos penales llevan existiendo siglos y nunca han conseguido mitigar o suprimir la violencia humana; con suerte la han refinado.

El C贸digo Penal espa帽ol, como todos los c贸digos punitivos del resto del mundo, s贸lo se fundamenta en la defensa de dos principios elementales: proteger la propiedad privada (todos los art铆culos sobre robo, allanamiento, usurpaci贸n, etc., derivan de ah铆1) y garantizar que sea el Estado, y no ning煤n particular, el detentador 煤nico del monopolio de la violencia (usando la expresi贸n de Max Weber). El Estado no tiene ning煤n inter茅s en suprimir la violencia; s贸lo pretende controlarla y asegurarse de que nadie le disputa el privilegio de su aplicaci贸n. Ese, por encima de cuestiones morales, es el fundamento del que emanan todos los art铆culos que penalizan el uso de la violencia entre terceros.

Aun cuando esto se admita, se nos seguir谩 insistiendo sobre cu谩l es la alternativa anarquista a leyes, c谩rceles, polic铆as y judicatura. Muchas compa帽eras y compa帽eros, antes y mejor que yo, nos han legado elaboradas respuestas al respecto2. Yo, con menos tiempo y luces, s贸lo puedo decir que no conozco la soluci贸n perfecta y definitiva, porque quiz谩s no la haya. S贸lo s茅 que el Estado espa帽ol tiene casi la mayor poblaci贸n penitenciaria de la UE con una de las ratios m谩s bajas de criminalidad3. S贸lo s茅 que los delitos relacionados con la violaci贸n de la propiedad privada perder铆an su raz贸n de ser si tuvi茅ramos una sociedad donde la riqueza fuera compartida por todos y no estuviera retenida en manos de un porcentaje m铆nimo de la poblaci贸n. S贸lo s茅 que gran parte de los presos y presas de las c谩rceles espa帽olas est谩n recluidos por delitos morales que quiz谩s ma帽ana no lo sean, como por ejemplo los vinculados con las drogas (tal y como en su d铆a dej贸 de ser punible el adulterio). S贸lo s茅 que fen贸menos humanos naturales como la migraci贸n son considerados ilegales y que encerrar con ese pretexto a miles de personas en condiciones infrahumanas, como ocurre ahora mismo en Canarias, parece ser algo perfectamente legal. S贸lo s茅 que en el Estado espa帽ol es delito blasfemar contra Dios, ultrajar a la bandera, al rey o a las comunidades aut贸nomas, hacer comentarios de mal gusto sobre terrorismo (quedan excluidos, por supuesto, el terrorismo de extrema-derecha o el de Estado) y que hay gente procesada o encarcelada por chistes, canciones, obras de teatro, performance o por quemar s铆mbolos. S贸lo s茅 que los cuerpos policiales profesionales existen desde hace siglos y s贸lo han servido para mantener los privilegios de la clase dirigente, salvaguardar la desigualdad, perseguir la pobreza, reprimir la disidencia pol铆tica e imponer una violencia vertical muy superior a cualquier violencia horizontal. S贸lo s茅 que las c谩rceles evidencian un grave estado de inmadurez social, donde el Estado, convertido en padre ignorante y cruel, soluciona los problemas de su hijo, el individuo disruptivo, encerr谩ndolo en un cuarto oscuro hasta que aprenda la lecci贸n. S贸lo s茅 que despu茅s de milenios con todo tipo de condenas, de cadenas perpetuas o penas de muerte, la violencia no se ha reducido un 谩pice. S贸lo s茅 que quiz谩s nunca haya una cura para la violencia humana, pero que tal vez no estar铆a mal analizar qu茅 porcentaje de actos atroces son un reflejo de la sociedad donde se producen; probar con otros modelos de sociedad y aprendizaje donde a lo mejor no se nos inculque a los hombres que violentar a las mujeres forma parte de nuestra naturaleza y de nuestros privilegios; experimentar, quiz谩s, con otras f贸rmulas de resoluci贸n de conflictos que no pasen por sumar m谩s violencia a la violencia o por enterrar los problemas, tambi茅n cuando esos problemas son seres humanos, bajo la alfombra.

Como humanos sufrimos una disociaci贸n cognitiva que nos desgarra por dentro. Se nos ha injertado dos morales: una superficial (la que p煤blicamente define lo que es bueno o malo) y otra profunda (la que 铆ntimamente define lo que es bueno o malo), las mismas que nos permiten repetir que matar es malo mientras somos capaces de racionalizar como aceptable que un soldado o polic铆a pueda disparar a alguien. Nos han educado para interiorizar la violencia individual como un fen贸meno desconectado de la violencia social, econ贸mica y gubernamental. Nos han adoctrinado para que las guerras, el heteropatriarcado, los desahucios, los despidos, la explotaci贸n laboral, el racismo institucional, las torturas y cargas policiales, nos parezcan violencias de una naturaleza m谩s aceptable, l贸gica, racional, que la violencia espont谩nea de los individuos. Nos han ense帽ado que hay leyes de sangre 鈥揷omo las que ata帽en a la propiedad y a la obediencia鈥 de obligado cumplimiento, y leyes de papel 鈥揷omo las que hablan de la responsabilidad social de los Estados鈥 que pueden ignorarse sin consecuencias. Nos han acostumbrado a que las empresas, instituciones y partidos puedan romper sus propias leyes, como p谩jaros que atraviesan una telara帽a, mientras nosotros, simples moscas, quedamos enredados en los delitos m谩s rid铆culos, tal y como dec铆a el viejo Calicles.

A pesar de esta cierta y dura conclusi贸n, el mundo real, sensitivo, lejos de artificios y medidas de control mental, se puede abrir paso aunque te arrojen al m谩s infecto agujero. Lo 煤nico que necesitamos es aprender a reducir el mundo oficial a su justa dimensi贸n, poderoso en lo relativo a la fuerza bruta, pero impostado, ficticio y penoso en su expresi贸n m谩s pura. Todo se limita a que un grupo de gente, creyentes en el principio de autoridad que establece que unas personas son superiores a otras, se disfraza de jueces y polic铆as para obligarnos a hacer lo que otro grupo de gente, que se disfraza de pol铆ticos, escribe peri贸dicamente en un libro que dictamina qu茅 es delito y qu茅 no, y todo ello para salvaguardar el patrimonio de otro reducido grupo de gente que lleva siglos disfraz谩ndose de propietarios, acaparando lo que es de todos y dictando lo que hace el resto de gente disfrazada. No te puedes tomar en serio algo as铆, aunque desgraciadamente por esa broma pesada la gente pierda su libertad, su salud, f铆sica y mental, a帽os de vida o incluso la vida misma.

Pero por mucho da帽o que nos hagan no podr谩n borrar nunca una evidencia cruda: sus leyes, incluso las de sangre, est谩n escritas en papel y hay que tener la certeza de que alg煤n d铆a, m谩s tarde o m谩s temprano, llover谩.

Desde aqu铆, y a modo de conclusi贸n, s贸lo quiero ofrecer mi agradecimiento a todas las compa帽eras y compa帽eros y a todos los colectivos que de una u otra forma se han solidarizado con mi situaci贸n personal. Nunca podr茅 agradecerles lo suficiente. Ustedes han hecho posible que pudiera seguir activo en un frente de lucha tan desgraciado pero necesariamente p煤blico y visible como el que afrontan la Federaci贸n Anarquista de Gran Canaria y el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria. Tambi茅n a mis compa帽eras y compa帽eros de ambas organizaciones, a mis compis de fatiga diaria, por estar ah铆 cuando lo m谩s f谩cil era no estar, por ayudarme a recoger los pedazos. Gracias a todos.

S贸lo recuerden que si estos cabrones nos proh铆ben respirar s贸lo obtendr谩n una cosa: una desobediencia, como m铆nimo, de doce veces por minuto. Respiren fuerte, mis compas.

Ruym谩n Rodr铆guez

Norte de 脕frica, a finales del a帽o 1 de la distop铆a pand茅mica

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Fuente: Anarquistasgc.noblogs.org