May 23, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
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Correo Tortuga

Nos llega esta reseña escrita hace más de dos décadas para su publicación en Tortuga, cosa que hacemos con mucho gusto. Nota de Tortuga.


La utopía insumisa de Pepe Beunza: Una objeción subversiva durante el franquismo

Pedro Oliver Olmo

Virus editorial

Barcelona 2002

Estamos ante un libro necesario. En todos los sentidos. Es uno de esos libros que, cuando lo lees, te preguntas por qué no se había escrito antes. Quizá por humildad, piensas, porque el protagonista no se siente importante, porque piensa que la suya es una historia corriente, o al menos tan corriente como la de muchos otros desobedientes. De acuerdo, pero que se escriban. Las historias así deben conocerse, contarse y prodigarse. Y la de Pepe, aunque él no lo crea, hacía mucha falta. Los pacifistas y antimilitaristas, objetores e insumisos de este país no en vano, Pepe Beunza es patrimonio común de todos llevábamos demasiados años hablando de oído de algo tan importante como es el primer impulso de nuestro movimiento social.

Este tipo de historias, de vivencias personales narradas, a veces noveladas, es muy habitual en el mundo anglosajón. Hay bastantes, por ejemplo, sobre pacifistas y objetores en tiempos de guerra. Se escriben y publican con voluntad de testimonio y denuncia, para que conste la disidencia ética reprimida por las autoridades, a menudo con ensañamiento, y silenciada sistemáticamente por la memoria oficial. Suelen ser historias sencillas, como ésta, fáciles de leer, que te atrapan porque son de verdad y están contadas con la sobriedad, sencillez y plenitud que transmite quien no tiene nada que ocultar y, además, sigue convencido de la justicia y necesidad de lo que hizo. A diferencia de tantos otros libros que escriben los que están arriba, las llamadas elites, en estas historias no hay fabulación, ni trabajadas explicaciones o justificaciones forzosas; los hechos hablan y convencen por sí mismos.

Esta sencillez no desmerece los grandes temas que el libro plantea; todo lo contrario, los subraya. La realidad del sistema judicial-penitenciario, por ejemplo. Pepe conoció, sufrió, la vaciedad y falsedad de la Justicia, su sometimiento al Poder, sobrellevó largos años de cárcel y castigo. Y, sin embargo, no arremete contra todo ello. El texto se limita a presentar esta realidad como un dato más, deja que se explique por sí misma, dando a entender que, en el fondo, es estructural y, por tanto, intemporal, no cambia realmente. La cárcel es en sí misma, entonces y ahora, inhumana, monstruosa y despiadada. Su masificación no es una casualidad. Su verdadera función no es hacer cumplir la pena de privación de libertad que ha decidido el juez, muchísimo menos reeducar o reinsertar como dice la ley, está pensada y diseñada para humillar, quebrar, abatir al que en ella entra. El maltrato es constante: los cacheos, las desinfecciones, los traslados, las sanciones, las celdas de castigo, la dispersión, el racaneo cuando no la privación del contacto con el exterior y tus seres queridos, el trato en general. La cárcel es, además, selectiva, clasista, socialmente arbitraria; los pocos delincuentes de alta extracción o posición política que terminan dentro suelen disponer de celdas y pabellones especiales adecuados a su rango y, lógicamente, un trato privilegiado. Nada ha cambiado en la cárcel.

Una segunda cuestión que me parece importante destacar es el papel que jugó la noviolencia en las etapas previas a la transición. En el libro se cuenta una realidad que las memorias al uso han ninguneado sistemáticamente, quizás porque la interpelación de la noviolencia ha ganado espacio con los años y duele en la memoria de quienes la despreciaron entonces. Desde luego, los sesenta y setenta no fueron tan amables con la noviolencia como aparenta ser el presente. La cultura política dominante entre los antifranquistas mitificaba el recurso a la violencia, las barricadas y otras palabras mayores. Eran muchos, muchísimos, los que creían a pies juntillas en el mito del pueblo en armas; consideraban unos ingenuos a los pacifistas y poco realista su insistencia en la coherencia entre medios y fines; algunos evolucionaron desde allí, sin solución de continuidad, a la defensa jacobina del Estado; algunos, también, condenan hoy la violencia tras haberse apropiado de los mecanismos de coerción y control social que antaño denunciaron y pelearon, lo que no es incompatible, al parecer, con la represión de los que, como los insumisos, siguen siendo escrupulosamente fieles a los principios de la noviolencia. Deberíamos sospechar, por principio, de las grandes declaraciones de quienes están arriba.

Con todo, gracias, en buena medida, a la lucha por la objeción de conciencia de Pepe y otros como él, la noviolencia se hizo un espacio, traspasó fronteras como símbolo de resistencia antifranquista, y consiguió granjearse el apoyo de algunas destacadas personalidades del momento. Sorprenderá a más de uno, sobre todo por su diferente evolución posterior, la extensa relación de los que respaldaron a Pepe. Pero nadie puede negar la importancia de aquella solidaridad, ni tampoco el papel que ha venido jugando, como si de un capital acumulado se tratase, en la legitimación de la desobediencia posterior de los objetores e insumisos. Ha sido, sin duda, una gran ventaja a nuestro favor.

Bien pensado, tampoco había que hacer grandes esfuerzos para ponerse de parte de desobedientes como Pepe. Conocerle era quererle, supongo yo. Al menos, eso es lo que haría yo si me encontrara frente a frente con una persona del compromiso y la coherencia personal que trasmiten las reflexiones inscritas en el texto. Pepe y todos los que han venido detrás han dejado huella porque se han comportado en razón de una convicción ética poco habitual, porque fueron consecuentes con sus ideas y principios, porque obraron con conciencia. Su visión del mundo es justa, si por justicia entendemos la igualdad, solidaridad y fraternidad entre todos los seres humanos. Son de esos que Brecht decía imprescindibles. Lo que nos lleva a reflexionar sobre cómo se hacen personas así, como podemos trasmitir a nuestros hijos e hijas esa educación en valores que les haga buenas, sinceras, coherentes y comprometidas personas. En el libro hay algunas claves: la educación recibida en casa, el valor de la educación en el tiempo libre en la preadolescencia, el compromiso cristiano en la adolescencia… A veces uno tiene la impresión de que es bastante homologable el recorrido vital de los que terminan comprometiéndose de verdad por un mundo mejor.

Todo ello explica también que el relato, aunque razones no le falten para ello, no sea nada justiciero, ni moralizante, ni presuntuoso. Lo que transmite es comprensión, buena fe, perdón también. Deseo de unir a la gente en las buenas y justas causas que tenemos hoy en día. Pese a su audaz y arriesgado compromiso y la prolongada represión que sufrió, el protagonista se presenta en todo momento como una persona corriente, normal, como si quisiera dar fe de que, si nos los proponemos, absolutamente todos y todas podemos hacer algo parecido. Puede que sea verdad, que el paso que media entre el consentimiento y la desobediencia sea mucho más pequeño e irrelevante que lo que siempre nos han dado a entender.

En definitiva, hay mucha sencillez y mucha virtud en este relato, y una excelente prosa, y complicidad honesta, y generosidad, y comprensión profunda de las implicaciones personales y colectivas de aquellos hechos. Hay también, debemos hacerlo saber, muchos paralelismos entre el personaje del libro y su narrador: también éste ha sido insumiso, conocido la cárcel, la dispersión, la satisfacción del objetivo cumplido; también exuda convicción y compromiso ético; tiene madera para ser el protagonista de una historia como esta. Espero que alguien lo haga algún día y espero, también, que esto de contar historias se convierta en una epidemia; tendríamos que cuidar mejor y dar más a conocer el patrimonio de la resistencia, nuestro patrimonio; nos ayuda a reflexionar, nos da fuerzas y, además, dice mucho en nuestro favor.

Rafael Ajangiz

Pepe con el libro
Pepe Beunza, en la actualidad, con un ejemplar del libro.

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Lectura completa del libro




Fuente: Grupotortuga.com