January 24, 2023
De parte de Nodo50
142 puntos de vista

Esta semana se ha cumplido el sueño
húmedo de muchos: una inspección de trabajo ha recaído sobre las Big Four, las
cuatro grandes consultoras mundiales. Los periódicos hablan de jefecillos
superados y de becarios siendo escondidos en la escalera de servicio (1). Aún no
se conocen las consecuencias jurídicas, pero las sociales y periodísticas ya
las tenemos aquí: toda la liberalada patria exigiendo al Gobierno que deje en
paz a los pobres multimillonarios creadores de empleo.

Me fascina el mantra de la creación
de empleo como excusa para todo. Primero: si el empresario crea empleo es
porque le renta tener esos empleados (o porque él cree que le renta, que ya
sabemos que la racionalidad económica del empresario es más un mito que una realidad).
Vaya, que no es que haya que agradecerle esa creación de empleo, porque obtiene
de ella cuantiosos beneficios. En segundo lugar, precisamente las cuatro
empresas investigadas suelen llamarse cárnicas por la forma en que cada
trabajador es exprimido hasta la última gota de sangre y, entre otras cosas,
hace muchas más horas de las que le correspondería. Horas que, en un modelo menos
inhumano, harían dos o más trabajadores. Así que eso de que crean tantísimo
empleo podría matizarse: crean el mínimo imprescindible para seguir adelante.
 

Pero es que, además, aunque todo lo
anterior no fuera cierto, pretender que la creación de empleo es excusa para vulnerar
la ley es ridículo. Y con este asunto llevamos una semana viéndolo: listos de
Twitter opinando que la regulación laboral es para trabajos «poco cualificados».
Si te metes en una Big Four ya sabes que tendrás que trabajar muchas horas a
cambio de un salario aceptable y la posibilidad de ascender y darle un impulso
a tu carrera. La versión más extrema de esto la he leído ya un par de veces
esta semana: la ley no debería aplicarse a esta clase de empresas precisamente
por esta razón.

Este argumento hiede por los cuatro
costados. Para empezar, es clasista a más no poder. Traza una división
inexistente entre trabajos no cualificados y trabajos cualificados. Sorpresa,
todo trabajo requiere una cualificación para hacerlo bien, aunque esta
cualificación no tenga por qué ser universitaria. Anda que no sabemos diferenciar
entre un camarero bueno y uno malo, por poner un ejemplo. Y luego está lo otro:
presuponer que los trabajadores «sin cualificación» son tontitos que necesitan protecciones
estatales mientras que los graduados currantes de una Big Four no las necesitan
porque saben dónde se meten. Como si una camarera o una limpiadora no pudieran
ser plenamente conscientes de sus condiciones de trabajo.

La normativa laboral, conviene
recordarlo, no es una cuestión asistencial, sino que tiene que ver con la propia
estructura de las relaciones laborales. No está para proteger solo a un tipo de
trabajadores, sino para igualar un poco las reglas del juego entre empleados
(todos los empleados) y empresarios. Eliminarla y dejar que ciertos
trabajadores (o incluso todos ellos) negocien individualmente sus condiciones
de trabajo será un absoluto desastre, por mucho que sea el mantra del liberalismo.
O quizás precisamente por eso.

Cuando un trabajador entra en la
empresa, no tiene ninguna fuerza para negociar. Sí, hay excepciones: alta
dirección, científicos de ramas concretas en las que trabajan cuatro gatos,
empleados que conocen una tecnología minoritaria que la empresa necesita, cosas
así. Como digo, excepciones. Cuando estamos en el momento de la entrevista de
trabajo, un trabajador no puede ofrecerle a una empresa nada que no puedan
ofrecerle otros quinientos. Y esto se aplica sea cual sea el nivel de
cualificación, que anda que no hay graduados en derecho, ADE y economía por el
mundo.

La consecuencia más importante es
que el trabajador no tiene nada para presionar en la negociación. Es decir, que
no hay tal negociación. Las condiciones del empresario son lentejas, y si las
dejas hay miles que ocuparán tu posición. Como eso es así en todas las empresas
del sector, el consejo de «si no te gustan las condiciones dimite y vete a otra
que las tenga mejores» no vale para nada: en todas partes están parecido.

Llegados a este punto de la
discusión, el liberal medio se pone a hablar de retención del talento y de la
racionalidad del empresario. «En este caso», te dicen, «el que se quedará con
el pastel será quien mejore las condiciones de trabajo de tal manera que se
queden los mejores, lo cual fuerza a los demás a hacer lo mismo». Es encantador
que siga habiendo adultos que crean en los Reyes Magos, ¿no?

Dejemos una cosa clara: talento hay a
patadas. No es tan importante. En este mundo de grandes corporaciones, donde se
ganan o se pierden millones cada día y donde hay que adaptarse rápido, no se
necesitan trabajadores talentosos que tengan grandes ideas o que mejoren los
procesos productivos, sino una masa de curritos altamente especializados que se
dejen explotar durante jornadas maratonianas. Muchos aguantan pocos meses, pero
siempre vienen más. Y solo los que resisten promocionan, con independencia del
talento que posean.

Este es el modelo de las Big Four y
cárnicas similares. Es lo que hacen todas; si una deja de hacerlo so pretexto
de «retención del talento» empezaría pronto a perder cuota de mercado, porque
estaría pagando cien por lo que las otras empresas pagan a sesenta o porque tardaría
diez días en lo que las otras empresas tardan ocho. No hay mucho más que
hacerle. Así las cosas, los beneficios para los empleados se resuelven en
chorradas del tipo salario emocional en vez de en dinero, estabilidad y
condiciones razonables.

Entonces, y por ir resumiendo: si el
trabajador tiene poco o nada con lo que negociar y si las empresas no tienen
incentivos para mejorar las condiciones de trabajo, la única forma de conseguir
que en ellas se trabaje de manera mínimamente humana es la ley o el convenio
colectivo. Es decir, la fuerza coactiva del Estado o el acuerdo alcanzado por
medio de huelgas o la amenaza de las mismas. ¿Qué preferís, liberales?

Claro, esto que he dicho se puede aplicar,
palabra por palabra y salvando las menciones específicas al funcionamiento de
las consultoras, a cualquier empresa y sector productivo. En ninguna parte tienen
los trabajadores, individualmente considerados, gran cosa con la que negociar. De
donde resulta que no se pueden hacer excepciones: la legislación laboral nos
tiene que alcanzar a todos, estemos donde estemos.

Resulta ridículo que en un mundo que
cada vez compra menos lo de la jornada de ocho horas que termina siendo de doce
(entre el trabajo, el transporte y la pausa para la comida) y que está empezando
a abogar muy en serio por su reducción, haya quien siga teniendo como mantra las
jornadas sin fin, sin descanso y hasta que se va el jefe. Pero en fin, ya se
sabe: los liberales, siempre a la vanguardia.

 

 

 

(1) Vale, esto último me lo he inventado,
pero ¿a que es creíble?

 

  Â¿Te ha gustado esta entrada? ¿Quieres ayudar a que este blog siga adelante? Puedes convertirte en mi mecenas en la página de Patreon de Así Habló Cicerón. A cambio podrás leer las entradas antes de que se publiquen, recibirás PDFs con recopilaciones de las mismas y otras recompensas. Si no puedes o no quieres hacer un pago mensual pero aun así sigues queriendo apoyar este proyecto, en esta misma página a la derecha tienes un botón de PayPal para que dones lo que te apetezca. ¡Muchas gracias!




Fuente: Asihablociceron.blogspot.com