January 9, 2023
De parte de SAS Madrid
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España se ha comprometido a rebajar su interinidad en la Educación al 8%, pero hay comunidades que rozan el 50%. Docentes cuentan el “infierno” y la “incertidumbre” que supone trabajar permanentemente como sustituto sin poder hacer planes de futuro.

“Es como cambiar de empresa todos los años. Aunque el pagador es el mismo, los compañeros son nuevos, el jefe también, el personal de limpieza es nuevo, los conserjes nuevos, aulas distintas, maquinaria distinta, diferentes herramientas… Y te tienes que adaptar de un día para otro. Te dejan los peores horarios, los peores grupos. Durante el primer trimestre eres un extraño, vas como pollo sin cabeza, sin conocer el funcionamiento del centro, pidiendo favores. Luego, según van pasando los meses, te vas haciendo y para el segundo o tercer trimestre ya te has asentado. Pero cuando mejor estás, se acaba el curso, recoges tus cosas y te vas”.

Como Pablo Padilla, profesor de Formación Profesional, el 32% de los docentes en España son interinos y comparten más o menos la experiencia vital que este cordobés resume en 105 palabras. Dicho de otra manera, quizá más gráfica: uno de cada tres profesores no universitarios de la escuela pública tiene un trabajo temporal (en la Universidad no existen los docentes interinos). Esta cifra supone que la Educación tiene el doble de temporalidad que el mercado laboral general, que se ha desplomado al 15% gracias al impacto de la reforma laboral.

Y el escenario que relata Padilla es el mejor posible para un interino. El que disfrutan los que están arriba del todo de las listas y les tocan las plazas que duran todo el curso. Otra posibilidad, muy real para tantos, es la que vive Esther Becerra: en un puesto no tan favorable en la bolsa, este curso ni siquiera la han llamado por el momento. Su realidad habitual son las sustituciones breves y entre medias, la nada. Ahora mismo, esta maestra está agotando el poco paro que ha conseguido juntar en años anteriores y buscando empleo fuera del sector, según cuenta.

La interinidad, dicen los profesores que la sufren, es incertidumbre. Es no saber cuándo te van a llamar, dónde vas a tener que ir al día siguiente, cuánto tiempo estarás. Es precariedad.

La interinidad, cuentan, es una escuela de peor calidad. Es no poder realizar proyectos estables en el tiempo, de un curso para otro, es no conocer a tus estudiantes y sus peculiaridades. Es perjudicar al alumnado.

“A menudo te llaman [para darte un destino] en septiembre, con el curso ya empezado”, explica Padilla, que lleva 31 años como profesor interino técnico de la familia profesional eléctrica de la Formación Profesional. “Llegas a un centro con las clases comenzadas y ya te están esperando los alumnos”.

Y eso si te llaman, apostilla Becerra, maestra de Primaria con 14 años de interinidad a sus espaldas. Porque ser interino es no saber, es cada año una cosa distinta. “Hay años que trabajas dos meses, otros tres, otros haces el curso entero, como en la pandemia, y otros recortan tanto que nada, como este. Ahora estoy cobrando el paro y se me gasta en enero. Estoy buscando trabajo en una fábrica o algo similar”, cuenta. Ser interino también es no ser profesor, plantearte dejarlo.

“No puedes hacer proyectos ni planes de futuro, no puedes pedir una hipoteca. Te quedas paralizada”, explica la maestra, que se ha planteado todo tipo de salidas. “Hasta irme al extranjero, porque esta situación es insostenible”.

Padilla, mejor colocado en la lista, calcula que habrá tenido 20 o 25 cursos de cubrir una baja durante todo un año, el escenario ideal, pero también “cursos con cinco o seis destinos”. Y la administración convoca de uno día para otro. Te puede tocar en cualquier sitio y cualquier plaza que tu especialidad te permita impartir, lo que impide centrarse en algunas materias concretas. “Yo he dado de todo”, desgrana Padilla. “He dado FP de grado medio, de grado superior y FP básica. Haces lo que te toca”. Y en la FP eso significa módulos que no tienen nada que ver entre sí porque son terminales, no tienen continuidad entre sí.

Y renunciar a la plaza (si, por ejemplo, te toca un destino a tres horas de casa durante una semana) no es una opción. “Te expulsan sin paro ni prestación por desempleo, es como irte de una empresa voluntariamente. Cualquier cosa es mejor que renunciar”, señala Padilla.

En estos casos también entra mucho en juego la comunidad en la que uno viva: en las pequeñas como Madrid o La Rioja, por ejemplo, el destino más lejano a lo mejor está a una hora de casa. En otras más grandes a un sustituto le puede tocar un centro a dos o tres horas de su hogar, y en esos casos hay que plantearse soluciones habitacionales si uno no quiere echar el día en la carretera.

Una situación enquistada

La alta temporalidad en el sector no es nueva, pero sí ha ido a peor en la última década tras la gestión de la crisis de 2008, cuando se prohibió convocar oposiciones y sustituir las jubilaciones. Pero como el alumnado no desaparece por mucho que uno decida no incorporar funcionarios al cuerpo docente y hay que dar las clases igual, los huecos se llenaron con interinos.

En 2006 la temporalidad del sector ya preocupaba y por presión europea se intentó rebajar el número de interinos al 8% en los centros públicos. Entonces, recuerdan los líderes sindicales, se hizo el esfuerzo y casi se llega. Con una contabilidad menos precisa que la actual, España se quedó “alrededor del 10%” de empleo temporal, según calculó entonces el sindicato STEs-i.

Pero llegó la crisis, y los recortes del PP, que estableció una tasa de reposición del 0%, se dejaron de convocar oposiciones y la curva volvió a subir. En 2014 estaba en un 16,2%; hoy es del 32% (un 26% si es mira más allá de la docencia no universitaria y se extiende la estadística a todo el sector). En unos pocos años se ha duplicado la temporalidad.

Década y media después de aquello, la UE ha pasado de recomendar a obligar y España vuelve a verse inmersa en un proceso de estabilización laboral en la Educación. El compromiso del Gobierno está ahí, firmado con sindicatos, aunque ni las cuentas ni el método elegido acaban de cuadrar del todo según a quién se pregunte.

Dudas con el sistema y con la oferta

El Ministerio de Educación ha dividido las plazas a estabilizar en dos grupos. Las que llevan más de cinco años ocupadas de manera interina se repartirán por concurso de méritos (para profesores ya interinos, los aspirantes presentan sus currículos y según un baremo prefijado se asignan las plazas). En total, en tres años deben convocarse unos 125.000 puestos por este método. Por otra parte, las plazas que lleven entre tres y cinco cursos con un interino saldrán por el tradicional concurso oposición (primero un examen con varias partes, luego una segunda fase de evaluación de méritos).

El problema que los sindicatos docentes ven con el concurso de méritos que tiene que estabilizar el sistema es que este método estabiliza las plazas, pero no (necesariamente) a las personas que las pueden haber estado ocupando de forma interina estos últimos años. El concurso es de libre concurrencia y cualquier interino (un profesor que se ha presentado a una oposición) puede optar a un puesto. Un agravio para los interinos más veteranos que llevan años –o décadas– sirviendo a la administración y ahora no se ven recompensados, lamentan las organizaciones de docentes.

Para darles una cierta ventaja, Educación ha primado la experiencia sobre la formación a la hora de otorgar las plazas. Sobre el máximo de 15 puntos posibles, la experiencia pesa casi la mitad. El resto de puntos caen por formación y otros méritos, más fáciles de alcanzar y que habitualmente los tienen todos los opositores. Los puntos máximos por cursos se pueden conseguir con un par de cientos de euros en una sola tarde.

Esta decisión del Ministerio se extendió también al concurso oposición y el enfado saltó entonces al grupo de docentes con poca o ninguna experiencia, que se ven sin opciones de conseguir una plaza por ninguno de los dos sistemas de acceso.

Faltan plazas

Tampoco acaban de cuadrar las cuentas que han echado las comunidades autónomas para realizar sus convocatorias de plazas funcionariales. Un estudio de CCOO calcula que para bajar a ese 8% prometido haría falta sacar 125.113 plazas en tres años entre los concursos oposiciones habituales y el concurso de méritos extraordinario.

Esta cifra ya es 8.955 plazas más alta que el total las convocadas para ese periodo, pero si además se le añade el filtro de que temporalidad baje al 8% en cada comunidad autónoma y no de media de todo el país, CCOO sostiene que habría que sacar 18.360 puestos extras, porque no todas las autonomías tienen el mismo porcentaje de interinos.

Como se observa en el gráfico, Euskadi, Navarra, La Rioja, Canarias y Aragón se sitúan por encima de un 40% de interinidad; solo Galicia –la mejor en este aspecto desde hace años y con mucha diferencia respecto a la segunda–, Andalucía, Extremadura y Madrid están por debajo del 30%.

Trabajar en una comunidad u otra también marca el tratamiento que se recibe. La crisis de 2008 se llevó por delante algunos derechos que tenían los interinos. Se generalizó, por ejemplo, despedir a estos profesores temporales al final de curso y no pagarles el verano, aunque no todas las comunidades lo abordaron igual. Muchos interinos lo tuvieron que pelear en los tribunales, recuerda hoy Padilla. Lo mismo que sucedió con los trienios (un complemento económico que se gana por antigüedad cada tres años ejercidos) o los sexenios (otro extra, en este caso acreditando x horas de formación cada seis años): se consideraron durante un tiempo derecho exclusivo de los funcionarios de carrera.

Enlace relacionado ElDiario.es 06/01/2023.




Fuente: Sasmadrid.org