July 2, 2022
De parte de Nodo50
221 puntos de vista

Quienes nos matriculamos en Historia del Arte en la Complutense de Madrid a mediados de los noventa nos encontramos con un panorama bastante peliagudo, por no decir plomizo: las clases estaban abarrotadas, con cien o m谩s alumnos por aula, y se hac铆a dif铆cil el debate en grupo y ya no digamos el trato personal con los profesores. Muchos, desmoralizados y abrumados por la masificaci贸n, impartiendo a menudo materias fuera de su especialidad, cumpl铆an con el tr谩mite dictando mec谩nicamente apuntes colegiales y gen茅ricos que s铆, tom谩bamos a mano en tandas de horas que dejaban la mu帽eca dolorida (me palpo mientras escribo esto el callo antiguo en el dedo coraz贸n derecho que da fe). No hab铆a ni laptops, ni powerpoints, ni pendrives, ni casi de nada: los carros de diapositivas emit铆an un ruido de ventilaci贸n que ni el del sistema de refrigeraci贸n de Fukushima y se escacharraban fatalmente cada poco, con un 隆catrrrakarraktakkkk! que no era buen presagio y dejaba a maestros y pupilos perplejos y desvalidos, en manos del bedel providencial (que ven铆a o no ven铆a) o la alumna manitas de turno. Tambi茅n es verdad que a esa edad, como bien sabemos, uno se lleva la vida por delante a pesar de todo, que la cafeter铆a era de las m谩s divertidas de la universidad, la librer铆a (entonces concesionario de Visor) estaba bien surtida y la biblioteca era (y es) excelente en instalaciones y fondo. 

Y luego estaba Estrella de Diego. Junto a otros profesores y catedr谩ticos (a bote pronto recuerdo a Alfonso P茅rez S谩nchez, que ya hab铆a dimitido como director del Prado en protesta por la participaci贸n de Espa帽a en la primera guerra del Golfo, decidida por el gobierno socialista; a Lola Jim茅nez-Blanco, a 脕ngel Gonz谩lez y a Valeriano Bozal) manten铆an la moral y la exigencia consigo mismos y con sus alumnos, procuraban dar un horizonte intelectual mayor y luchaban contra el adocenamiento (el hacinamiento, iba a decir) de aquellos a帽os. Y ni siquiera reservaban sus fuerzas para los m谩s selectos cursos de doctorado: hasta a los pipiolos desnortados de primer curso dedicaban su tiempo y su esfuerzo con verdadera integridad. 

Estrella de Diego fue la primera en hablarnos de los estudios de g茅nero y de los enfoques feministas y poscoloniales en la Teor铆a del Arte: ya hab铆a escrito El andr贸gino sexuado. Eternos ideales, nuevas estrategias de g茅nero (1992), un libro seminal escrito durante su estancia como investigadora en la NYU, y tra铆a desde all铆 a las clases un aura carism谩tica y me atrever茅 a decir que glamurosa, si entendemos por glamour la conjunci贸n de brillantez y gracia, rigor y exigencia, la personalidad y aspecto seductores y modernos, la ambici贸n intelectual, la conexi贸n con una esfera de ideas y teor铆as nuevas (o nuevas al menos para nosotros): sab铆a despertar, sin condescendencia, las ganas de aprender y el hambre por informarse, la aspiraci贸n a la excelencia, el esfuerzo anticonformista y el rechazo a la mediocridad y la desgana que rondaba la universidad de aquellos a帽os (no s茅 la de ahora). 

Estrella de Diego segu铆a el motto de Rimbaud: hab铆a que ser absolutamente modernos, como consigna personal y por ende pol铆tica

Estrella de Diego segu铆a el motto de Rimbaud que muchos a煤n tenemos por divisa: hab铆a que ser absolutamente modernos, siempre, a priori, como consigna personal y por ende pol铆tica. Sus clases nos electrizaban, nos espabilaban, nos indignaban y nos hac铆an re铆r. Nos hizo leer Bouvard y P茅cuchet, y a Butler y Barthes; nos proyect贸 en clase Meshes of the Afternoon, la maravillosa pel铆cula experimental de 1943 de la inmensa Maya Deren; y a煤n recuerdo una tarde en que irrumpi贸 en el despacho de otro profesor al que yo hab铆a ido a quejarme de alguna nota, buscando algo, despistada como siempre, y exclamando que su desaparici贸n 鈥渆ra peor que el misterio del cuarto amarillo鈥. No hab铆a entonces Google que valiera pero corr铆 a enterarme de qu茅 misterio y qu茅 cuarto era aquel y pude leer as铆 el delicioso follet铆n de Gaston Leroux, obra cumbre del g茅nero de cuarto cerrado. No es la menor de las muchas lecturas que le debo. 

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Estrella de Diego.

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Estrella de Diego.

Algunos afortunados la trataban despu茅s de clase, y una compa帽era a la que yo envidiaba mucho entonces incluso almorzaba con ella. Yo era m谩s t铆mido y m谩s torpe, y no hice luego doctorado, as铆 que me limit茅 a matricularme en todas sus asignaturas y no perderme ni una de sus clases, a tomar buena nota de sus recomendaciones de lectura y exposiciones y a, no me quedo con ganas de contarlo, trabajarme a pulso una matr铆cula de honor que me puso: juro que no las regalaba, precisamente.

Fuimos leyendo a medida que los publicaba sus libros sobre Warhol (Trist铆simo Warhol, 1995) y sobre Gala (Querida Gala: las vidas ocultas de Gala Dal铆, 2003), que he consultado antes de escribir esto para comprobar que no s贸lo han envejecido bien sino que fueron en muchos aspectos pioneros y previdentes y piden a gritos la reedici贸n. Siguieron muchos otros: Traves铆as por la incertidumbre (2005) un libro muy ambicioso, a caballo entre lo ensay铆stico y lo narrativo, que prefigura al que de aqu铆 se trata en su hibridaci贸n de g茅neros y en su defensa de la incertidumbre como partido a tomar y terreno f茅rtil para los historiadores cr铆ticos, No soy yo (2011), sobre el registro autobiogr谩fico en el arte contempor谩neo, y hasta un libro de ficci贸n, El fil贸sofo y otros relatos sin personajes (2000), en el que de nuevo probaba su brillantez y su estilazo. 

De Diego enhebra toda una vida de visitas al Prado que despliega recuerdos, saberes e intuiciones

Una especie de summa (y sigue) de todos ellos y de muchos de sus temas recurrentes como historiadora y como ensayista es el que publica ahora Anagrama: El Prado inadvertido. De Diego enhebra en 茅l toda una vida de visitas al Prado y de estudiosa de muchas de las obras que conserva y despliega recuerdos, saberes e intuiciones en un h铆brido de ensayo, memoria y viaje alrededor del cuarto, con estrategias de ficci贸n que no renuncia a una pesquisa con aires detectivescos tras de las huellas borradas del pasado colonial espa帽ol en las obras del Prado cuyo desenlace brillante no destripar茅 aqu铆. 

M谩s que una visita guiada, propone un paseo en compa帽铆a durante el que se renuncia de antemano al alarde erudito o la imposici贸n de autoridad para situarse (y situarnos), muy al contrario, en el papel de quien cuestiona, de quien critica, de quien ama demasiado su objeto, el museo y sus colecciones, como para no someterlo a escrutinio. No hay nada m谩s peligroso para un museo, para un artista o para un arte que sus valedores incondicionales y sus defensores ac茅rrimos (por algo ac茅rrimo y cerril suenan parecido). 

Una serie de motivos recurrentes y de ritornelos visuales le sirven de jalones y pivotes en torno a los que articular el paseo: la estatua del Hermafrodito durmiente, en torno al que hila recuerdos de sus noches en el underground neoyorquino, especula sobre la mirada de Felipe III, su due帽o, y propone un paralelismo brillante entre la visita a un museo y los rituales del cruising, pre帽ados ambos de las mismas din谩micas visuales de seducci贸n y deseo, de promesa eternamente pospuesta, de comercio de expectativas, decepciones previstas y satisfacciones inesperadas. La historia museogr谩fica de El Cid, ese fiero le贸n fieramente pintado por Rosa Bonheur, o los bodegones de Clara Peeters le sirven como palanca para descerrajar el tratamiento que los museos occidentales, eminentemente heteronormativos y patriarcales, han reservado a las artistas. Cuadros del XIX espa帽ol como Las hijas del Cid o Do帽a Juana La Loca permiten reflexionar sobre el tratamiento que la pintura occidental ha reservado a las figuras femeninas (por algo su tesis de doctorado fue La mujer y la pintura en la Espa帽a del siglo XIX). La pintura llegada de las Indias, la reciente exposici贸n Tornaviaje o la figura y los cuadros de Juan de Pareja, el esclavo de Vel谩zquez, son ocasiones de preguntarse por el lugar que Am茅rica o 脕frica tienen reservado en el museo y decolonializar una mirada euroc茅ntrica. Y antes o despu茅s de todo est谩 el vaiv茅n constante sobre sus pasos para visitar Las Meninas: su misterio, sus sucesivas lecturas de Borges a Foucault, las escenograf铆as, fantasmagor铆as y juegos de espejos que se han postulado como resoluci贸n de su enigmas y que tambi茅n sirvieron como dispositivos para su presentaci贸n en el Prado, su condici贸n de emblema supremo de los misterios y problemas de las im谩genes que como el cuadro de Vel谩zquez nos miran y nos conforman al tiempo que son observadas.

El tema unificador del libro es la necesidad de conservar la ductilidad de la mirada, condici贸n necesaria para mantener distancia cr铆tica

Porque quiz谩 el tema unificador del libro, y de toda la obra de Estrella de Diego, sea la necesidad absoluta de conservar la ductilidad de la mirada, condici贸n necesaria para mantener distancia cr铆tica y permanentemente insatisfecha frente a lo que 鈥渟iempre ha sido as铆鈥, lo establecido en cualquier momento de la Historia. 鈥淓sa es la lecci贸n fundamental del feminismo鈥, dice en un momento del libro: la conciencia de que el pasado no es una losa inm贸vil de letras cinceladas sino una materia mental pl谩stica y cambiante, que se lee y relee y reconfigura desde el presente, en una batalla contra la Autoridad (cualquier autoridad, por reaccionaria o redentora que se autoproclame para sonar a definitiva) que encuentra su sentido 煤ltimo en su car谩cter perpetuamente inacabado, al茅rgico a la reconfortante sensaci贸n de posesi贸n de la verdad, m谩s interesado por plantear preguntas que por imponer respuestas. 

El mayor triunfo del libro es precisamente esa maleabilidad, ese toque tan leve y a la vez ese pulso tan firme para hilar las miradas, los relatos, los recuerdos. M谩s de una vez he tenido que parar y releer para ver c贸mo demonios lo hace, c贸mo hemos pasado de un estrato de tiempo y de memoria a otro, de una sala del Prado a otra, del haz al env茅s de una imagen, sin notarlo. 脡se es el regusto, tan dif铆cil de explicar pero tan imposible de no notar, que deja una vez terminado. 

Ley茅ndolo pensaba en El Arca Rusa del director Aleksandr Sok煤rov, que recorr铆a c谩mara al hombro en un solo plano-secuencia de 90 minutos las salas de otro museo-mundo, el Hermitage de San Petersburgo, para revelaba a su paso estratos superpuestos de la historia del edificio y de Rusia. Queda al final de El Prado inadvertido esa misma impresi贸n de una mirada a茅rea, danzante, que recorre las salas y el museo (entendido tambi茅n como sin茅cdoque de algo mayor, patria sentimental y pa铆s hist贸rico y universo mental) en el espacio y el tiempo, que se detiene ante una obra o se arremolina un rato ante una escultura y despu茅s sigue su camino. 鈥淣o acabo de estar segura鈥, dice de Diego, 鈥渄el modo en que la ceremonia se lleva a cabo. El caso es que all铆, de pronto, todos sabemos a lo que hemos venido y el juego se despliega imponente, en especial frente a los asiduos, los que insaciables vuelven por m谩s鈥.




Fuente: Ctxt.es