June 23, 2021
De parte de Lobo Suelto
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Cay贸 un d铆a con el Clar铆n doblado debajo del brazo. En los m谩rgenes de la tapa, unas anotaciones borrosas de lapicera. Seguramente ven铆a del bar, y seguramente se encontr贸 con alguien que le propuso algo y lo anot贸 en el diario, como sol铆a hacer mientras se pon铆a el capuch贸n en la boca y con la otra mano sosten铆a el papel para que no se pliegue y se entregue mansamente al trazo de su escritura. Una presentaci贸n, una entrevista, un art铆culo. Porque nunca te iba a dejar de garpe. Aun si deb铆a tomar un micro siete horas hacia los m谩s remotos parajes del pa铆s o ir a conversar a inh贸spitas geograf铆as del conurbano. Siempre dec铆a que s铆, a pesar de que despu茅s perdiera ese diario anotado con el tel茅fono de contacto o con la fecha de entrega o de charla p煤blica. 

Ese d铆a entraba a la instituci贸n que condujo, primero junto a Elvio Vitali y luego ocupando la direcci贸n por m谩s de diez a帽os. Nos encontr贸 en una oficina donde veget谩bamos a la espera de un soplido de la historia que torciera el destino de las cosas, o quiz谩 ya sin esperar nada de un tiempo que se hab铆a ensa帽ado tanto con nosotros. Atr谩s hab铆an quedado a帽os bravos de la Biblioteca, de injusticias y resistencias. Y sin dudar, se mand贸. Habl贸 de Luca Prodan y de Groussac, de un Borges no escolar ni ceremonioso y de una Biblioteca que precisaba una 茅pica capaz de hundir sus ra铆ces en su propia historia para desde all铆 edificar una imaginaci贸n que la rescatara de sus rasgos obvios, de su erudici贸n de manual y de la lengua muerta y lisonjera del sentimentalismo cultural imperante. Su programa ya hab铆a sido redactado: en el 2000, cuatro a帽os antes de asumir en la Biblioteca, escribi贸 un art铆culo en el diario Clar铆n 鈥攅se mismo en el que anotaba direcciones y tel茅fonos鈥 en el que cuestionaba el cierre que Francisco Delich hab铆a impuesto a la Biblioteca Nacional para transformarla en un centro de atenci贸n a investigadores. En ese texto, Horacio trazaba una cartograf铆a de la lectura que iba de los apuntes que leen los estudiantes universitarios, pasando por todas las formas del conocimiento y el lenguaje popular hasta llegar a la alta cultura.  

Nos propuso volver a editar la revista La Biblioteca, aquella creada por Paul Groussac, y nos convencimos mutuamente de que deb铆amos fundar una editora p煤blica. La revista se dio el lujo de tratar los temas m谩s dif铆ciles sin ceder a las lenguas burocr谩ticas, integrando las perspectivas m谩s heterog茅neas que pudiesen caber sin sucumbir frente al chichoneo de las instituciones ni a su autocomplacencia. No fue una concesi贸n frente al pluralismo, sino una convicci贸n. La editorial se esforz贸 en pasar el cedazo por las vetas m谩s amplias de la cultura, bajo la corazonada de que en esos recorridos, lejanos a toda canonizaci贸n, hab铆a interrogantes a煤n sin resolver y sensibilidades que retomar. Cada nombre revisitado era el signo de una potencialidad y alumbraba zonas de un pa铆s problem谩tico y desafiante. 

Abri贸 las salas de la Biblioteca para los p煤blicos m谩s diversos. Invit贸 a los movimientos sociales a hacer sus actividades y a formular sus reivindicaciones. Vinieron los desarrapados, las Madres y las Abuelas, los intelectuales d铆scolos y tambi茅n los consagrados, los artistas y los delirantes. Siempre del lado de las causas perdidas o de los que cayeron en desgracia. Fue lo m谩s parecido a una democracia que hayamos vivido. Porque la cultura no pod铆a restringirse al barrio de la Recoleta, ni quedar en manos de concili谩bulos y notables. Tampoco disolver sus especificidades ni sus rastros hist贸ricos. La Biblioteca deb铆a abrir sus poros a un pueblo indescifrable que a煤n lam铆a sus heridas para resta帽ar su dolor. Y para hacerlo deb铆a reconstruirse desde sus trabajadores, en los que vio el potencial para fundar una nueva utop铆a laboral, rescat谩ndonos de nuestras biograf铆as quebradizas y de nuestros sinsabores. Porque Horacio no vino solo a reparar derechos laborales en medio de penurias econ贸micas y discriminaciones. Crey贸 ver en cada uno de nosotros una posibilidad, un saber, una trayectoria que hab铆a que rescatar de penumbras y frustraciones. Y para eso, era necesario poner a la Biblioteca en un estado de indeterminaci贸n. Difuminar sus bordes para reconocerse en su pueblo y disolver sus fronteras internas para sabernos parte de una comunidad incierta pero palpable: abierta, compleja, conflictiva; siempre viva. De eso se trat贸 la dignidad.    

Su gran libro Historia de la Biblioteca Nacional. Estado de una pol茅mica, que recorri贸 todos los 谩ngulos de esta pionera instituci贸n, dej贸 abierta la puerta a las controversias por venir. Porque la Biblioteca siempre fue eso: una instituci贸n inestable en cuyas vacilaciones se resum铆an los dramas de un presente acechado por los fantasmas de un pasado incesante y por las amenazas de un porvenir que se cifra en una lengua sentenciosa, t茅trica e injuriante. Horacio moderniz贸 la Biblioteca, a pesar de todo lo que de 茅l se dijo por proponer una escucha amorosa hacia sus legados a los que se negaba a reducir a simples algoritmos inertes. Ese pasado merec铆a una chance m谩s, no como un dato de la sociedad comunicativa, tampoco como el clich茅 de un mercado esteticista que cultiva un estilo vintage y propaga consumos nostalgiosos. Hab铆a que emancipar la memoria de sus destinos m谩s crueles. Y eso le vali贸, en su momento, reproches e incomprensiones. Aunque el tiempo le haya dado la raz贸n. Porque para recuperar las hebras del pasado, en todo aquello que insiste como irresuelto, hab铆a que hablar de otro modo, con otras lenguas distintas a las que imponen las jergas herm茅ticas y codificadas, las determinaciones t茅cnicas y los rigores de la 茅poca. Y ese intento, hecho desde la cumbre de una instituci贸n del Estado, fue una anomal铆a. Ser part铆cipes de esa singularidad nos hizo a todos m谩s libres. 

No sabemos c贸mo ser谩 vivir sin Horacio. Sin su sonrisa ni sus palabras. Sin esos eternos di谩logos telef贸nicos, atravesados por silencios e incertidumbres, que rechazaban el mensaje de texto o la apelaci贸n directa como elusi贸n del ritual y la ceremonia impl铆cita en el arte de la conversaci贸n. Se lo llev贸 una peste a la que problematiz贸 desde sus m煤ltiples dimensiones. Hoy estamos atravesando por una tristeza infinita y desoladora. Si uso la primera persona del plural es porque me atrevo a interpretar el sentimiento de congoja de los que laburamos o estudiamos con 茅l o de quienes compartimos deseos y enso帽aciones. Escribimos para conjurar este dolor, para explicarnos aquello que no sabemos c贸mo pensar, para llenar ese vac铆o.

Nos quedan sus gestos, sus palabras, su c谩lida generosidad cincelada con las premisas de un igualitarismo irreductible y ajeno a cualquier vocaci贸n paternalista o calculadora. Nos preguntamos qui茅n sostendr谩 una iron铆a elegante e inagotable, una lucidez cr铆tica capaz de colorear un mundo abrumado por el fat铆dico peso de su literalidad y por la horrorosa pasi贸n jer谩rquica que nos arroja a sus m谩s oscuros dict谩menes. Su gran amigo Christian Ferrer dijo: 鈥淎lgo inmenso abandon贸 el mundo鈥. Y si bien muchos poderes respiran aliviados por ello, una multitud lo despide, lo recuerda y lo hace suyo. 隆Hasta siempre, querido amigo!




Fuente: Lobosuelto.com