May 3, 2022
De parte de SAS Madrid
234 puntos de vista

“¿Sabes los móviles que de repente pasan de tener 50% de batería a apagarse? Así me pasa. Me han tratado de loca”, recuerda Rebeca en una cafetería a cien metros de su casa. Un trayecto sencillo y ridículo que a ella le cuesta un mundo completar. Marzo del 2020 queda lejos, aunque no para ella. Fue de esas personas contagiadas de covid-19 cuando la enfermedad era una incógnita que de pronto confinó a todo el país.

Tras sufrirlo en esa implacable primera ola, dos años después aún padece secuelas del coronavirus. Rebeca es una víctima de la covid persistente (long covid en inglés), ese fantasma que infecta los cuerpos, los revuelca en síntomas y los deja trastocados sin fecha de recuperación. La respuesta institucional es mínima y no se dan soluciones a los que sufren estas recaídas constantes, que en muchos casos quedan inhabilitados para trabajar.

La covid persistente es un síndrome que se caracteriza por “la persistencia de síntomas de covid-19 semanas o meses después de la infección inicial, o por la aparición de los síntomas tras un tiempo sin ellos”, asegura el Ministerio de Sanidad. Aunque hay mucha falta de datos aún, parece más frecuente en mujeres y en edades medias. Una de cada cinco personas tiene síntomas a las cinco semanas de pasar el virus, y una de cada 1diez, a las doce semanas. 

La jornada de Rebeca se resume en cansancio, mareos, décimas de fiebre, dolores musculares, una capacidad de concentración escasa y problemas estomacales. Lleva dos años sin apenas leer ni ver televisión y no es capaz de mantener una conversación sin terminar fundida por el esfuerzo. Teme celebrar un buen día por pánico a una recaída. La covid-19 ha dejado secuelas por el camino y la persistencia es los capítulos más ignorados, dado que en muchos casos ha sobrepasado a los médicos y la ciencia.

Son muchas las víctimas y variados los síntomas, que muestran un cuadro amplio que va desde pérdida de visión hasta agotamiento. Su variedad complica el diagnóstico y los que padecen la covid persistente no muestran mejora hasta que, de pronto y sin previo aviso, el malestar remite. “No puede ser que barra un metro cuadrado de la casa y me ahogue. Es como malévolo, porque un síntoma desaparece y de pronto vuelve. He llegado a gestionar a grupos de 100 personas y ahora no soy capaz de dar ni una hora de formaciones”, lamenta.

Hace unas semanas, Carolina Darias nombró al neumólogo Ferran Barbé director encargado del estudio que definirá la covid persistente en España. “¿Usted cree que hay mucha gente que piensa que tiene covid persistente porque lo está leyendo en medios? Le preguntaban en una entrevista en Datadista. “Eso influye y mucho. Y está demostrado el poder de los medios y la reiteración de un mensaje a la hora de aflorar problemas de salud”, respondió Barbé. Una frase así a cargo de un responsable directo cae como una bomba atómica en las cabezas de los enfermos: “No he podido ni acabar la entrevista porque me dan ganas de llorar”, asegura Rebeca.

“Hay médicos que me han dicho que tengo depresión y menos mal que puedo rebatirles porque soy psicóloga. Es duro cuando un médico no te cree”, relata la mujer de 37 años, que durante muchos momentos reconoce sentirse una anciana. Con el físico bajo mínimos, clama por soluciones y saca a colación en varias ocasiones aquella frase de Pedro Sánchez de “no vamos a dejar a nadie atrás”.

Malestar físico aparte, la sensación más amarga de Rebeca es el desamparo de la sanidad pública. La precariedad a la que ha sido sometida en la Comunidad de Madrid ha logrado que esta psicóloga haya recurrido a un seguro privado, que tras muchos análisis identificó un trastorno neurológico que le ha permitido entrar en tratamientos experimentales que en ocasiones han reportado algo de mejoría, siempre pasajera.

Las unidades de investigación para la covid persistente se cuentan con los dedos de una mano. Escasean en España, que como única medida ha reconocido que serán las empresas las que tengan que adaptar sus puestos de trabajo a los trabajadores con covid persistente. Una medida que, además de ser abstracta y compleja de ejecutar, se ciñe al mercado. En cuanto al bienestar personal y la recuperación, no hay muchos datos en los que apoyarse para ser optimistas. “Yo no quiero una paguita, quiero estar bien”, exige ante posibles interpretaciones malintencionadas.

Enlace relacionado Publico.es (01/05/2022).




Fuente: Sasmadrid.org