January 9, 2022
De parte de Oveja Negra
181 puntos de vista


La tercera y la última parte del artículo donde intentábamos hacer una crítica de algunas de las ideas de felicidad. Tal vez, esta última parte no sea más que un intento ingenuo del autor de darse ánimos a sí mismo. O, tal vez, sí pueda servir para algo más útil…

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

San Mateo, 10, 39

En las tradiciones populares de las tierras que hoy llaman Bielorrusia desde los tiempos inmemoriales sobrevive una leyenda sobre la flor de felicidad: paparać-kvietka. La noche del 7 de julio, durante la fiesta de Kupalle, los más valientes se adentraban en los profundos bosques para encontrar el helecho floreciente que les abriría misterios de la tierra y de la naturaleza, sus tesoros y sus riquezas. Esta antigua leyenda de cierto modo refleja las representaciones de felicidad de las generaciones muy pasadas y que, ciertamente, no pueden decir nada a aquellos que creen haber encontrado la respuesta al misterio de la felicidad en el contenido de algunas sustancias químicas del cuerpo. En una época donde dominaba el mito, las representaciones eran míticas. En los tiempos del dominio de la ciencia, estas son científicas. Pero no es la idea de felicidad que contiene esta antigua leyenda eslava lo que nos importa: son solo ideas, como las más modernas, que creen haber resuelto este misterio gracias a sus fórmulas científicas. Hay una imagen poética que se sirvió de esta antigua creencia para sugerir algo que, aunque no resuelva este misterio, tal vez tenga algo que decirnos…

Un poeta y escritor bielorruso, Uładzimir Karatkievič, en su corto poema U tuju noč… (Aquella noche…) traduce esta mítica aspiración de encontrar la flor de felicidad en un deseo popular, un deseo profundo y arraigado de la gente malgastada por la opresión y la miseria de encontrar formas de liberarse de ellas, de encontrar ese regalo divino o diabólico que ayude a romper sus eternas cadenas, de olvidarse del hambre y del frío. (Es evidente que no hay que olvidar que se trata de una imagen poética, no estamos hablando aquí de ningún hecho histórico concreto, no estamos hablando de ningún movimiento revolucionario histórico ni un levantamiento popular brusco y violento, sino solo recurrimos a una imagen para expresar un razonamiento. Bueno, hecha esa advertencia, prosigamos).

El poema empieza, de hecho, con la mención a las formas de padecimiento típicas de la sociedad basada en la servidumbre del campesinado, como lo fue la del Imperio Ruso en el siglo XIX: escasas cosechas, pobres y míseras cenas y almuerzos, el desahogo de las penas cotidianas mediante borracheras; y trabajo, trabajo y más trabajo… Sin que este trabajo permitiera gozar de un buen pedazo de pan fresco ni olvidarse de las penurias de la vida. Un trabajo cuyos frutos te dejan hambriento e infeliz. En el poema, la vida del campesino solo adquiere tonalidades oscuras, negras. La desdicha popular es abrumadora. Como aprecia sagazmente uno de los personajes de Karatkievič en otra obra suya: “no hay más infierno aparte de aquel que empieza con el nacimiento y dura hasta la muerte”. Y todos padecen en silencio su triste destino. Solo se escuchan rezos, como murmullos[1]…

Sin embargo, a continuación se produce un milagro: durante una de estas misteriosas noches de búsqueda de la maravillosa flor, al pueblo, desesperado y carcomido por el hambre y la miseria, por fin, de alguna manera, se le obsequia con un don: y este no es otro que una lengua de oro. No es el pan, ni el vino, ni el reino de dios. Es la capacidad de denunciar la mentira en que se vive. A partir de aquella noche las cosas que se viven serán nombradas y pronunciadas por una voz popular. Al pueblo se le devolverá el don de palabra. Este conlleva una posibilidad de dicha popular: la denuncia de la realidad imperante abre una brecha en los muros de la cárcel donde se pudre el pueblo. La fe en las mentiras impuestas es la garantía de la sumisión. Y en las condiciones de sumisión solo el idiota dispone de la ilusión de una vida feliz, de una felicidad perfectamente individual. Lo primero, entonces, es el desengaño: la alegría no puede hallarse dentro de la cárcel, pero tal vez sí fuera de ella. Pero para salirse de las fronteras y las limitaciones de lo impuesto al menos hay que darse cuenta de que, efectivamente, estas están aquí y que no son naturales ni justificables.

Para Karatkievič, esta lengua de oro se encarna en la figura del poeta bielorruso Janka Kupała (1882-1942), que fue una de las voces más importantes y con más talento y lucidez de entre aquellas que se posicionaban en el lado popular, en el lado de los campesinos (ya en uno de sus más tempranos versos el poeta escribió: “y cualquiera que me pregunte / solo escuchará este grito en respuesta: / que aunque todos me desprecian, / ¡seguiré viviendo, porque soy campesino!”)[2]. Lo que se sugiere, a nuestro parecer, es que precisamente por medio del lenguaje poético que saldría de la boca de Kupała es como el pueblo llegará por fin a nombrar y denunciar la realidad que lo estaba estrangulando desde los tiempos remotos. Es a través del lenguaje suelto, vivo, capaz de expresar lo que susurran los bosques, los prados y los ríos como la gente por fin obtiene una posibilidad para experimentar algo parecido a una especie de felicidad comunitaria. Con este don es como si los rayos y los truenos, que sacuden sin piedad la tierra, adquiriesen el lenguaje humano y pudiesen gritar lo que grita un corazón lúcido y desesperado. La mentira, que hasta entonces se presentaba como Verdad absoluta (pero mortal) para el pueblo, perecería.

Es decir, se trazaría la posibilidad de que la dicha o, más bien, la simple alegría y la capacidad de descubrir o de darse cuenta de las mentiras que asfixian la vida pudiesen ir, al menos en algún momento, de la mano. Hay que insistir: es solo una de las posibilidades, pues momentos, sucesos, hechos, cosas y gente que nos pueda hacer, en cierta medida, felices son incalculables, y estaríamos cometiendo un error grosero si pretendiéramos aquí algo así como una conceptualización o medición de la felicidad. Pero volviendo a la imagen que nos ocupa: ya el mero descubrimiento de lo que a uno no le deja vivir se acompaña a menudo con la intuición de que si esto no fuera así, de que si lo que está impuesto no lo estuviese tanto, la vida pudiese tener otros sabores, dulces y amargos. Esto no sirve para huir del espantoso círculo que nos lleva a la muerte, pero al menos podría contener la alegría de vivir desengañado, sabiendo más o menos claramente dónde no hace falta nunca buscar ni alegría ni felicidad. El que aparezca una voz que denuncie la realidad establecida y, con ello, la imposición de tal o cual forma de dominio puede venir a la vez a sugerir que, debajo de todo esto, impedidas, abortadas y paralizadas, se encuentran las posibilidades de una vida que hasta ahora casi siempre permanece cancelada y suspendida, desconocida. Ya solo el hecho de que uno sienta claramente que esto no tendría por qué ser así lo libera de la monstruosa y pesada carga de pensar que esto no pudiese ser más que de esta forma. Y ello, incluso y sobre todo cuando uno no tiene un sustituto bien definido para el orden que acaba por descubrir como mortal para la vida.  Pues no hacen falta para nada sustitutos previamente establecidos y trazados: son resultado, casi siempre, no del encuentro con la inmensidad de la vida, sino de meras ideaciones sobre ella.

Esto requeriría, no obstante, la muy dolorosa renuncia a seguir siendo lo que uno es, porque mientras uno permanece dentro del sistema, necesariamente participa del mecanismo del aplastamiento de la vida. Para encontrar algo de vida, uno ha de deshacerse del sustituto que le han vendido como si fuera vida misma y que hasta ahora lo ha tomado como tal. Esta renuncia supone el hundimiento del individuo hecho a la medida del sistema del que forma parte: este se hace pedazos, se viene abajo, se caen sus ilusiones. Pero más allá de ser destructor y aterrador este momento de negación de lo que de uno ha hecho el Poder, tal vez, acaso también podría venir este acompañado de un momento liberador y alegre: moriría lo que estaba muerto y renacería lo que, muy abajo, permanecía vivo. La acción de una verdadera lengua de oro es, por tanto y necesariamente, destructora, pero su destrucción podría dar el paso al resurgimiento de la vida y a la creación.

En el poema, conscientemente o no, se sugiere esta posibilidad de ligazón entre la felicidad popular, común y la capacidad de la razón de mostrar lo que oculta la realidad establecida, aquella realidad que incluso ha pretendido en muchas ocasiones ser sinónimo de la verdad. Seguramente, el autor del poema daba mucho más importancia que nosotros a la figura de Janka Kupała: quería, de alguna manera, rendir homenaje a uno de los grandes espíritus que nació en su tierra. Pero la intuición que llega a plasmar en esta imagen poética y de la que estamos aquí hablando es de mucha mayor profundidad e interés. En este sentido, importa muy poco hasta qué punto Kupała a lo largo de su vida haya podido corresponder efectivamente a esta confianza que depositaba en él con posterioridad Karatkievič[3] (cuando se escribe este poema, Janka Kupała hace tiempo que había muerto). Importa la palabra que actúa, no tanto aquel que llega a pronunciarla. Que el verbo se haga carne, que vuelva a resucitar la palabra viva, que llegue un rayo de pensamiento que desvele la mentira imperante y cure a la gente de la ceguera a la que le condenaba la fe en las ideas que le imponía el Poder. De hecho, ya el propio Kupała era, al parecer, muy consciente de eso: el poeta o el músico verdadero no dice ni canta lo que personalmente quiere. En su poema Huślar[4] (1910) el viejo músico, a la exigencia de un rey de cantar una canción que le agrade, se niega a hacerlo aseverando que: “nadie dicta leyes para los huśli”. No hay voluntad real ni de ninguna otra índole que valga para una canción de verdad: el poeta o el músico solo es un servidor de la canción.

Esta especie de felicidad común, por tanto, solo llegaría para aquel que no se contenta con las ideas de felicidad que le vende la publicidad o incluso la vulgarización científica; aquel que se ha desesperado de vivir en un mundo donde el precio por la acomodación y la supuesta paz o bienestar personal tienen un precio desorbitado en cuanto a la renuncia a vivir realmente; aquel que sabe que por perder no tiene más que el tiempo vacío y la seguridad que le brinda la organización técnica de la sociedad; aquel que sabe que lo único que asegura esta es la muerte… Entonces, uno se libraría del hechizo que produce la meta y la seguridad de su presencia fija en el horizonte, y no le quedaría más que buscar nuevas fuentes de vida por los caminos que no se sabe exactamente a dónde podrían llevar. Para abandonar la marcha al abismo seguro, uno no tiene más remedio que arriesgar. Pero justamente esta falta de predestinación, que conlleva riesgo y menos seguridad en el mañana (algo lo que persigue la organización: asegurar que mañana no pase nada fuera de lo previsto), es la que posibilita esa búsqueda de nuevas fuentes de vida.

En un documental, que se titula Diego, un viejo anarquista mostraba algunas fotos de la gente que se levantaba en el lejano año 1936 para, justamente, romper con la mentira y la opresión en que vivía (y así, derribando la vieja sociedad, ir construyendo una nueva), y en todos sus rostros y miradas se apreciaba, según él, una incontenible alegría… Esa alegría se opondría, seguramente, a la idea de felicidad individual que promueve la publicidad contemporánea: pues el sentido de esa alegría común apuntaría, en todo caso, a descubrir y desvelar la sumisión y la mentira que constituyen a este individuo moderno y a la masa estatal de la que forma parte. Era una alegría propia de un momento en el que la gente veía ante sus ojos caer y deshacerse la opresión que hasta entonces padecía sin cesar. Lo muerto, lo podrido dejaba paso al aire fresco, aguas cristalinas y nuevos horizontes… Tal vez, efectivamente, ya en ese mismo proceso en que la mentira se hace evidente y se desnuda la falsedad de la supuesta verdad que justifica que el mundo sea tal y como es se halla una posible semilla de la que crezcan la dicha y la alegría para los que todavía no se han contentado del todo con ser individuos perfectamente totalitarios, perfectamente abstractos, perfectamente sometidos y muertos, muy entretenidos con los pasatiempos que les ofrecen en su camino a la muerte…


[1] No hay que caer en la trampa de que la miseria se acabó en el reino del bienestar y del desarrollo o que esta solo sobrevive en los países que se denominan en vías de desarrollo o incluso sub-desarrollados. Karatkievič habla de los campesinos bielorrusos de hace más de un siglo que padecían formas de miseria muy concretas: hambre, servidumbre, falta de tierra, abuso de las clases privilegiadas. Hoy estas formas, evidentemente, sobreviven por aquí y por allá, pero en muchos de los países que han podido progresar industrial y técnicamente son más marginales. No obstante, ello no quiere decir que la miseria, el constante esfuerzo por obstruir las posibilidades de vivir se hallan eliminado. La miseria se ha renovado y ha adquirido nuevas apariencias. No es que falte pan hoy en día para una población como la bielorrusa que ya no pasa el hambre o el frío que pasaban sus antepasados a finales del siglo XIX: la miseria más progresada consiste en que las cosas se vayan convirtiendo en meros pretextos para el movimiento dinerario, y que, por ello, a pesar de su abundancia, no sacien ni satisfagan a la gente.

[2] Como se aprecia, en este último momento del poema, sí aparece un momento histórico concreto.

[3] La poesía de Kupała, en verdad, está llena de contradicciones: la atinada e inspiradora denuncia del Poder y de la mentira reinante aparece de alguna manera entremezclada con las ideas que bien pueden considerarse como momentos de construcción positiva de formas de dominio alternativas, es decir, de mentiras que todavía no se llegaban a desvelar como tales, sino que se presentaban en un primer momento como rupturas con las viejas formas del Poder y su radical transformación (como, por ejemplo, la crítica del zarismo o del chovinismo ruso acompañada de una idea de un estado bielorruso independiente y democrático, donde los campesinos dispondrían de tierra y de libertad, de sal y de pan, tal y como proclamaba en uno de sus versos). Sobre todo a partir de los años 30 del siglo pasado su voz poética, aunque siguieran todavía publicándose sus poemas, ya había sido acallada por su sumisión a los dictados del Partido Comunista soviético, sus poemas perdieron ese don con el que le obsequió la flor de la felicidad. El poeta murió ya entonces, cuando tuvo que reproducir la voz del Poder. Para no estar trazando una línea demasiado rígida y simplificadora, hay que añadir a lo dicho que ya antes de aquel acatamiento de la voluntad del Partido y de su líder, Stalin, por parte del poeta, se puede encontrar uno con que Janka Kupała también expresaba ya en los años anteriores las nacientes ideas del todavía joven nacionalismo bielorruso, lo cual también sugiere que esta contradicción estaba en él ya desde antes. Sin embargo, sí es posible rastrear en distintos momentos de su poesía esa denuncia de la mentira, esa voz popular que llega a pronunciarse y, de esta forma, revela que detrás del Poder que asfixia al pueblo no hay verdad ninguna, sino tan solo coerción y mentira.

[4] Aquel que toca huśli, un instrumento musical de cuerdas.




Fuente: Ovejanegrarevista.wordpress.com