January 16, 2021
De parte de A Las Barricadas
305 puntos de vista


Este escrito pretende ser una defensa política de la vacuna. Política porque la crisis que nos atraviesa es fundamentalmente política. La vacuna a la que se refiere es, en todo momento, a la vacuna al virus conocido como COVID-19 en un sentido genérico y sin centrarse en ninguna de las más de 200 vacunas en desarrollo. La vacuna porque, aunque no sea un remedio total y definitivo a esta crisis, está concentrando polémicas que no son menores.

Coronavirus y fin de los tiempos

Estamos cerca de cumplir un año desde que se declarara la pandemia por el coronavirus el pasado 11 de marzo. Un virus que provoca una enfermedad que ha desatado una crisis de muchas dimensiones: sanitaria, económica, política, social… miles de muertes sobrevenidas y el colapso sanitario, acompañado de medidas desde gobiernos y estados que han roto con la normalidad de las vidas de gran parte de la población mundial, especialmente en los países del norte global. El principal desgarro que ha conseguido el coronavirus es materializar una crisis histórica que llevaba tiempo golpeando a cada vez más poblaciones. Desde un presentismo cómodo y tranquilo en el que hemos vivido durante décadas, el confinamiento y la pandemia demostraron de qué está hecha la realidad. Quienes no habíamos vivido más que a través de pantallas de televisión huracanes, guerras, insurrecciones o golpes de estado derrepende experimentamos lo que es perder la rutina de toda una sociedad de un día para otro. Algo traumático a nivel individual, pero más aún a nivel social.

Subrayamos cómo la pandemia ha puesto sobre la mesa de todo el mundo la existencia de ese “todo el mundo”. Esa vecindad que se encontró entre aplausos y cacerolas en primavera, que en verano y otoño convivió entre irresponsables y héroes y que en este inicio de 2021 se ha vuelto a ver con otra ola saturando los hospitales. La realidad oculta en nuestro día a día de aquella normalidad perdida sale a flote cuando viene cada ola. Se pone de relieve qué trabajos son esenciales y cuáles no. Se convierte en consenso la importancia de tener un sistema de salud robusto y bien dotado, no simplemente eficaz. Nos damos cuenta de lo vulnerables que somos ante la enfermedad, tanto cada persona como por la responsabilidad que supone ante las personas que tenemos que cuidar y proteger.

Pero esto no es todo. En paralelo a esta toma de conciencia colectiva sobre la propia colectividad caemos en la cuenta de lo frágil que es la percepción de esa realidad cuando nos saturamos de información de casos de contagio y de mentiras cruzadas. Desde unos poderes públicos que se han dedicado al control del mensaje, lo difícil ha sido mantener la más mínima confianza en que algo de lo que pasa haya estado bien hecho. Resulta evidente que el juego demente de las mentiras en la comunicación de masas al tiempo se cobra vidas mientras aumenta el hastío de cada vez más gente.

El coronavirus no es el final de una era. Tampoco el principio de nada. Es un suceso más en un siglo XXI que lleva tiempo dando muestras de crisis civilizatoria. Sabemos que estamos ante una crisis ambiental y social –inseparables- que pone en juego la continuidad de la época que nos trajo hasta aquí (crisis energética, crisis climática, crisis de acumulación capitalista, crisis política de la democracia liberal…), pero pocas veces somos conscientes de que en esta crisis múltiple al final lo que está en riesgo es el tejido de la vida, desde las vidas particulares de las personas que, por ejemplo, han fallecido en la pandemia, hasta la crisis ecológica que supone la destrucción de los ecosistemas que provocan la zoonosis por la que los coronavirus saltan entre especies provocando nuevas y sucesivas pandemias.

Este escrito lo que pretende es señalar la importancia de la política real en esta coyuntura confusa y cansada. Política ahora debe ser en un primer momento un ejercicio de clarificación en medio de la confusión reinante e inducida, precisamente, con fines políticos. La militancia socialista y libertaria lleva un año volcada en parar desahucios, en la acción sindical, en redes de solidaridad y en combatir los excesos represivos de un estado cada vez más autoritario. También ensayando movilizaciones en defensa de una sanidad pública que pasan desapercibidas ante una vecindad bombardeada por mensajes contradictorios. Con una vecindad exhausta y desmotivada, el cansancio militante ante lo político impide dotar a todo ese trabajo de las organizaciones sociales de una dirección estratégica.

El cansancio colectivo que nos asola no nos permite pensar más allá del día a día para soportar la incertidumbre que hay más allá. Eso nos pone constantemente a merced de lo que venga. Renunciamos tácitamente a tener autonomía, capacidad de acción y, en consecuencia, a toda libertad. Recuperar el camino de la libertad implica recuperar la capacidad de pensar en colectivo, de tener debates públicos y, sobretodo, de actuar políticamente con una motivación clara detrás.

¿Que tendrá que ver esto con la vacuna? todo. La vacuna contra el coronavirus no es un remedio mágico que pueda detener es la crisis multidimensional que nos asola. Pero por la polémica inducida en torno a ella contiene elementos suficientes para hacer una serie de consideraciones sobre el momento actual.

Partimos de una certeza en disputa: la vacunación es urgente y necesaria para inmunizar a la humanidad frente a un virus agresivo y letal. La vacuna no detendrá la zoonosis futura ni afecta a sus causas. La vacuna no detendrá la opresión y la explotación que se ha intensificado con el virus. Pero la vacuna sin duda evitara el sufrimiento provocado por la enfermedad y las medidas extraordinarias que tenemos que asumir para evitar su transmisión. Políticamente, la vacuna es fundamental para poder desarmar la estrategia represiva que empresas y estados han desplegado con la coartada de la epidemiologia de expcepción y, a la vez, desarmar el confusionismo desatado desde el derechismo cultural que promueve el conspiracionismo. Este confusionismo induce una desconfianza antisocial que nos lleva al suicida individualismo y al “sálvese quien pueda”, la solución preferente para ideología dominante en el liberal Norte Global.

Avancemos sobre lo polémico de la vacuna. La polémica se centra en tres ejes: la seguridad de la vacuna para las personas, el contexto económico y tecnológico en que se está produciendo y el oportunismo partidista que envuelve la vacunación.

Seguridad: un debate técnico que oculta una certeza política

La supuesta inseguridad que pueden suponer las distintas vacunas desarrolladas contra el coronavirus (recordamos que hay en desarrollo mas de 200 vacunas de 10 tecnologías distintas) nos lleva al terreno del debate técnico sobre cada una de ellas, sus ensayos y su proceso de investigación y fabricación. Incluso nos puede llevar más allá, a un debate teórico que llega a los límites de la epistemología de la ciencia, de la gnoseología del conocimiento médico. Desplegar este debate tiene sentido si tenemos claras las reglas de la investigación médica y científica en general. Desde luego, no es el objeto de estas líneas entrar en ese debate. Pero sí delimitarlo y extraer de él sus aspectos más conectados con la crisis política. Aquí toma una relevancia única la cuestión de la seguridad de la vacuna. Utilizando la desconfianza generalizada en las instituciones, también las científicas y sanitarias, cuestionar la seguridad de la vacuna es la premisa para cuestionar la certeza de la necesidad de una vacunación masiva.

La desconfianza ante la vacuna y las dudas de su seguridad se concentra en tres intuiciones (no probadas): que no es segura a largo plazo, porque no se conocen todos y cada uno de sus posibles y virtuales efectos o porque algunas vacunas parten de técnicas novedosas (como la de ARN mensajero). La mayoría de los análisis que circulan por las redes de comunicación de masas omiten los detalles del proceso de desarrollo y validación de las vacunas contra el coronavirus y su altísima similaridad con cualquier otra vacuna, excepto por los recursos desplegados para sus desarrollos, que son los que explican el recorte de los plazos. Del mismo modo, el desprecio por los avances técnicos que se han utilizado en las nuevas vacunas va parejo a un desprecio a toda una generación de nuevos desarrollos.

El problema al que nos enfrentamos trasciende los aspectos particulares de cada una de las vacunas y los defectos que puedan encontrarse. Nos encontramos ante un descrédito de las instituciones científicas y del propio método de validación técnica de medicamentos y, en este caso, vacunas. Desde luego la solución no puede ser plegarse ciegamente a los actores que hoy dirigen las principales escuelas de investigación y pensamiento técnico y científico porque, como veremos, estos agentes están inmersos en un proceso de acumulación que anula cualquier posible neutralidad. Pero tampoco podemos permitirnos sumarnos a la ola de desconfianza anticientífica porque su raíz no es una crítica emancipadora, ecologista o antiautoritaria de la dominación técnica, sino un reflejo antisocial propio de nuestra época. La desconfianza ante el sistema científico tiene más que ver con una pretendida utopía a lo Robinson Crusoe –el individuo que se impone él sólo a la naturaleza…y a Viernes- que a una crítica política.

Precisamente de una reforzada confianza en las capacidades técnicas de la humanidad para vencer a la pandemia debe nacer la exigencia de vacunas seguras y cuyo proceso de desarrollo y fabricación sea de dominio público como garantía de esa seguridad. Es por ello que debemos ser conscientes de la importancia política que tiene no ceder un paso ante el confusionismo anticientífico y avanzar en la dirección contraria: necesitamos más ciencia, más laboratorios, más conocimiento y más formación. Esto pasa también, claro, por no admitir la mera especulación sobre supuestos riesgos, sin prueba alguna, como argumentos de peso en el debate político que envuelve a la vacuna.

La economía política de la vacuna.

La vacuna, como ninguna de nosotras, se da en el vacío idílico de la teoría o en el ambiente estéril de un laboratorio. La vacuna existe y se desarrolla en una economía política orientada a la acumulación de capital, a la valorización del valor y a la reproducción de las condiciones de explotación y apropiación que permiten que el proceso continúe. Eso ya lo sabemos, es otra certeza cruel pero indiscutible. La vacuna tiene un valor que, como se ha indicado, no hay que negar: nos permite vencer a la enfermedad. Sobre ese valor se alza su mutación en mercancía y esa mutación es el verdadero riesgo a la seguridad que entraña la vacuna. La producción de la vacuna incorpora capital fijo, capital circulante y trabajo alienado que se soportan sobre trabajo impagado, expolio colonial y apropiación de fondos naturales –como los recursos finitos- y culturales –como el conocimiento técnico-científico. La vacuna se distribuye en circuitos más o menos mercantilizados, pero con la mediación de un equivalente monetario que traduce su valor en precio. La vacuna es un producto de esta civilización, sea de laboratorios públicos o privados, y contenga la tecnología que contenga está sometida a la misma lógica política que el resto de los procesos económicos que nos afectan. Esto hace que nos suponga un problema tener que defender políticamente que se recurra a lo que es una mera mercancía completamente inserta en el proceso de acumulación de capital. Pero es que la vacuna no puede hoy, salvo en la fantasía, ser fruto de un desinteresado movimiento científico que responda a la pandemia con una capacidad de producirla y distribuirla venida de la nada que somos hoy el movimiento socialista en sus distintas ramas, especialmente en el campo de la producción y la distribución de bienes necesarios para la vida. Que la vacuna suponga beneficios a la industria farmacéutica es la materialización del proceso en el que todo ocurre en nuestra civilización. Ese proceso por el que vivimos rehenes de un sistema económico en el que el capital se impone siempre y en cada movimiento a la vida. No disponemos de los medios para revertir esta situación antes de que el coronavirus acabe con más gente, porque no tenemos la capacidad de desplegar una revolución social. Pero en el conflicto de clases del que sí participamos podemos introducir líneas políticas que, como se ha indicado, en primer lugar ayuden a clarificar las posiciones.

La disputa política que queda desplegar a corto plazo y de manera automática con la vacuna es que sus costes no salgan de las clases populares sino de los grandes capitales, a quienes por otro lado les interesa un retorno a la normalidad –aunque depeniendo de qué facción del capital haya una mayor o una menor urgencia. En ese corto plazo parece claro que, al menos en la Europa de Bruselas, esto no va a ser así: se está cerrando con grandes industrias farmacéuticas contratos opacos que pagan cada dosis por más de 10 euros, lo que supone un negocio redondo que justifica holgadamente la pequeña parte de inversión privada que ha supuesto el desarrollo urgente de las vacunas que se han empezado a producir. Además, la distribución de estas caras vacunas queda en manos de las instituciones sanitarias territoriales cuyo estado de deterioro venía de largo, a lo que hemos de añadir el colapso del último año, lo que hace de la logística y suministro de vacunas otro nicho de mercado en manos de unas instituciones abonadas al parasitismo empresarial. La continuidad de las luchas contra la austeridad del ciclo 2012-2014 con esta situación es clara.

Otra cuestión más insidiosa, abstracta y teórica pero que no merece ser dejada de lado es si la propia vacuna y sus técnicas de producción son indisociables del modo de producción en que se dan, lo que nos llevaría a cuestionar el propio modelo de vacunas y, consecuentemente, el propio sistema de salud de la sociedad actual y su inserción en todo un entramado tecno-industrial. ¿Es un sistema de salud demasiado escorado hacia la medicación y el tratamiento? ¿No deberíamos proporcionarnos un cuidado integral de la salud y no sólo una suma de remedios? Abrir estas líneas de cuestionamiento es necesario y estimulante. Pero si no queremos perder tiempo y oportunidad, no podemos permitirnos quedarnos en debates cómodos y alejados mientras la necesidad de la vacunación hoy es imperiosa con una pandemia ahora mismo desatada.

Oportunismo y oportunidad

Hablar de crisis política y sostener una defensa de la vacuna ahora mismo implica confrontar con el impulso oportunista de llevarle la contraria al gobierno con todo lo que sea que haga. En el caso de los derechismos por intereses partidarios y en las izquierdas por intereses faccionales, la desconfianza contra la vacunación gana peso a medida que el gobierno patrimonializa la misma como si fuese una estrategia que parte de su iniciativa. Nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, a pesar del impulso oportunista de los soportes del régimen español, ahora encarnados en el ala izquierda del PSOE –Sánchez- y el ala derechista de Podemos –Iglesias-, toda la actividad desplegada por el Estado Español y sus sucursales territoriales desde marzo está subordinada a Bruselas de una forma aún más notoria que el resto de la actividad pública española. Ni el confinamiento en dureza, duración o naturaleza, tampoco la desescalada ni, por supuesto, tampoco la vacuna elegida son particularidades del reino de España. Todos los estados de la Unión Europea han adoptado medidas similares y todas las sociedades sometidas a esta institución padecemos el mismo nivel de abandono, desconcierto y trauma colectivo. Incluso más allá, prácticamente toda la población urbanizada del planeta ha padecido confinamientos, oleadas, colapsos hospitalarios…Y es que, aunque queramos denunciar lo negligente del gobierno español (central o autonómico) en cada una de los aspectos de la pandemia, lo que la pandemia ha puesto en crisis ha sido el modo de vida urbano del capitalismo del siglo XXI, acelerando un proceso de proletarización de capas sociales cada vez más amplias al inducir una crisis económica que ha multiplicado el paro y a la vez endureciendo las medidas de control social con presencia policial y militar en las calles. En otras palabras: generando población superflua en lo económico y despojándola de derechos políticos y sociales.

Por ello debemos dejar de obsesionarnos con el relato nacionalizante que desde el minuto uno de la pandemia se apoderó del debate público, estrechando al marco nacional –o incluso local- la gestión de una pandemia global que precisamente supone un reto colectivo para la humanidad. La maniobra operada al enarbolar lenguajes bélicos fue bien visible mientras se operaba en segundo plano y de manera implícita el encierro de toda la crisis del coronavirus a una cuestión de política nacional en la que se medía qué país lo hace mejor en función de los muertos. Una competición que tiene debería de haber terminado cuando las segundas y terceras olas han ido limando las diferencias que pudiera haber en la propagación de un virus de que tampoco sabemos tanto. Frente al oportunismo de aquellas fuerzas políticas cuyo único horizonte es electoral y, por tanto, nacional, debemos elevar la conciencia de que la pandemia es un reto a toda la humanidad y que sólo saldrá la humanidad unida de ella. De nuevo, la vacuna se convierte en un potente aliado de la desnacionalización de la crisis: sin una vacuna segura y eficaz distribuida por todo el planeta, el virus seguirá mutando y provocando nuevas oleadas. Perder de vista esta certeza, que es completamente política, nos llevará de nuevo al marco de debate en el que nos tienen encerrados desde hace un año a ver quién ha gestionado mejor la masacre.

Hay otro frente en el que el oportunismo político nos juega una mala pasada robándonos la verdadera oportunidad que tenemos. Desde posiciones de izquierda se ha desplegado toda una literatura sobre la centralidad del Estado en la crisis del coronavirus. “El final del neoliberalismo”, se dijo, ante una amenaza que el mercado no podía contener. Otros han querido ver en las medidas de confinamiento una receta para defender la salud sólo amenazada por los intereses cortoplacistas de la patronal, llevándonos a una supuesta contradicción entre un Estado que protege la salud de sus ciudadanos convirtiéndolos en pacientes y encerrándolos en casa frente a un Mercado que sólo piensa en el dinero rápido y que le da igual la salud.

Pero la realidad es más terca. Lo cierto es que el Estado –el Estado como institución, aunque por supuesto esto se aplique al español- ha sido completamente incapaz de tomar la iniciativa excepto para adoptar medidas represivas bajo la coartada epidemiológica: toques de queda, encierros, cierres, prohibiciones. Ni movilizar recursos privados, ni reorientar la economía, ni reforzar el sistema de salud existente… El Estado ha renunciado a cualquier pretensión de intervenir realmente, por ejemplo, destinando empresas a la producción de útiles sanitarios –de mascarillas a respiradores-, al rastreo de contactos –que bien podría haber hecho el telemarketing- o la atención a las personas confinadas –para lo que bien podría haberse movilizado a la hostelería mientras estaba clausurada. Ya con la llegada de las vacunas y la necesidad de movilizar recursos para ponerlas se evidencia la incapacidad de movilizar ni siquiera al personal propio de las administraciones públicas para cosas tan básicas como llevar el control de la información.

¿No estaremos siendo injustos con el Estado? ¿No es el Estado el que sostiene el sistema de salud que ha resistido la pandemia hasta ahora? ¿No podemos limitarnos a achacar los errores a la torpeza política de los gobernantes, en vez de a la institución? Al final las cosas funcionan, la electricidad sigue llegando, el agua se va por los desagües y los autobuses pasan con su frecuencia. La operación que tenemos que hacer ante esta aparente contradicción es la contraria que la que hace el oportunismo. Para el oportunismo la institución estatal como mucho necesita de alguna reforma, pero en términos generales funciona bien excepto por los políticos que la dirigen mal. La realidad tangible es que las instituciones públicas han quedado paralizadas con la pandemia y han sido quienes trabajan en ellas quienes han sacado adelante el trabajo. En la situación de colapso hospitalario los ejemplos son incontables: ante la incapacidad de las direcciones y de la institución sanitaria de encontrar soluciones, son las plantillas de los hospitales las que han resuelto cuestiones de logística, las que han tomado la iniciativa para adoptar nuevos tratamientos, las que han organizado los espacios…Pero esto se extiende a todos los aspectos de la vida económica supuestamente amparada por la institucionalidad del Estado. El ejemplo palmario ha sido el de los servicios sociales, completamente desbordados y en muchas ocasiones reemplazados por redes de solidaridad espontáneas y autoorganizadas. La operación que tenemos por delante es señalar que ha sido a través del trabajo y de quién lo desempeña que se haya podido sostener la mayor normalidad posible, a pesar de las instituciones y de los políticos de todo tipo. Esta operación es valiosa porque nos acerca a la certeza de que nos sostenemos mutuamente y de que podemos confiar en quienes nos rodean, frente a los cantos de sirena electorales y la confusión y la desconfianza sembrada por el derechismo conspiranoico. Pero además, señala la necesidad de tomar el control de las instituciones públicas por parte de quienes sacan el trabajo adelante por haber demostrado ser mucho más eficaces que cuando están en manos de los gestores del estado, avanzando en la democratización de la vida económica.

Esta segunda parte nos devuelve a la cuestión de la seguridad de la vacuna al poner en manos de quienes de verdad la administran la necesaria capacidad de decidir qué tecnología utilizar, qué vacuna desarrollar y, finalmente, cuando administrarla. No llevar las cuestiones técnicas al debate público en el que no tienen nada que hacer, pero desde luego sí exigir el control por parte de quienes van a suministrar estos productos, lo que supone un necesario impulso de la formación y la investigación por parte de profesionales de nuestro entorno que además de reforzar la confianza en las garantías del sistema de salud sirva para reterritorializar recursos científicos.

En resumen, la crisis política nos abre la oportunidad de señalar la naturaleza internacional de la pandemia –trascendiendo los estrechos límites nacionales- y a la vez, la potencialidad discursiva que implica negar el papel protagonista del Estado en afrontar la crisis para ponerlo en la clase trabajadora, lo que nos abre líneas de reivindicación mucho más ricas que las que caben entre las opciones confinamiento/negacionismo.

G. Juncales

Militante del Grupo Anarquista Cencellada




Fuente: Alasbarricadas.org