May 12, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
211 puntos de vista

Todos somos aves migratorias,

y el mundo est谩 lleno de espanto.

Con el benepl谩cito del politbur贸 de la Alcoraya.

LOS MANGLARES

Nac铆 en los manglares de Birmania. Nos escond铆amos del marab煤, que se abalanzaba a menudo sobre nuestros peque帽os. Por ello, la colonia decidi贸 emigrar. Era a finales de primavera. Yo hab铆a estado enfermo y no me sent铆a con fuerzas para seguir al grupo en un viaje sin un destino claro. Me prometieron esperar en la costa oeste de la India hasta que estuviera completamente recuperado y pudiera reunirme con todos.

As铆 que en el mes de julio part铆 hacia Mumbai. Por dos semanas vol茅 sin descanso, pero cuando llegu茅 ya todos se hab铆an ido. En pos de los m铆os, march茅 entonces hacia el norte, seg煤n me indicaron las garzas. Atraves茅 el Gran Desierto de Thar y la tierra de los pashtunes; divis茅 a lo lejos las cimas del Kirguist谩n; sobrevol茅 el Mar Caspio y el Ararat divino鈥

Ya mediaba octubre cuando alcanc茅 el Mar de Azov, sin rastro de la multitud rosada que persegu铆a. Una madrugada, en el Taganrog, el Don bajaba ya helado. No pod铆a quedarme all铆. Dolorosa y sordamente escindida, dej茅 atr谩s la pen铆nsula de Crimea y vol茅 hacia latitudes m谩s c谩lidas.

Cruc茅 sobre el Mar Negro hasta el Kurdist谩n. Me admiraron aquellas mujeres hospitalarias, sonriendo ind贸mitas pese al sinf铆n de guerras que enfrentaban. Despu茅s llor茅 sobre la devastaci贸n de Siria, la legendaria Siria. Y me detuve de nuevo en Palestina, donde un rabino enigm谩ticamente me dijo: 鈥淭u ojo es un aleph鈥. Pero no soport茅 asomarme al otro lado del muro. Volv铆 atr谩s y recal茅 en Mytilene. All铆 un gran incendio empalideci贸 mis alas. Tuve que huir entre los expatriados: yo solo era uno m谩s.

As铆 decid铆 adentrarme en el azul con rumbo a poniente. En las islas Pelagias, una marea de cuerpos me hizo enfermar. Pero pas茅 adelante y finalmente arrib茅 a esta costa de primavera perenne. Me atrajo la l谩mina rosada de una laguna, donde mis alas de f茅nix recobraron su vivacidad. Y despu茅s de m铆 fueron llegando otros. Al mirarles pude ver como un aleph el mundo entero en sus ojos: todos ten铆an una historia 煤nica que contar.

EL SALAR

Vengo de los salares de la puna, de la laguna Antofalla. Un d铆a comenz贸 a sentirse un rumor lejano de m谩quinas que proven铆a de la vecina Jujuy. Con el tiempo, iba oy茅ndose cada vez m谩s cerca, hasta convertirse en un estruendo sin interrupci贸n. Mi colonia parec铆a haber ensordecido, permanec铆an impasibles, son谩mbulos, pero yo me sent铆a enloquecer y decid铆 buscar un lugar mejor para vivir.

Quise probar suerte en los llanos de Moxos, de cuya hospitalidad hab铆a o铆do hablar a nuestros parientes que llegaban del norte. All铆 encontr茅 una multitud enajenada de variadas especies, hacinados de manera espantosa unos sobre otros. Pregunt茅 qui茅nes eran, c贸mo hab铆an llegado a aquel lugar, pero solo contestaban en un crotoreo mec谩nico: 鈥淪e comieron a Uyuni, se comieron a Uyuni鈥︹ Sal铆 de aquel escenario de locos.

Descend铆 el Mamor茅 hasta llegar al r铆o Madeira, y siguiendo su curso me adentr茅 en la regi贸n del Amazonas. En tanta inmensidad hallar铆a alg煤n rinc贸n de paz para m铆. De vez en cuando me cruzaba con alg煤n otro pr贸fugo solitario y me contaba su historia: 鈥淪e comieron a Malinowski, se comieron a Sambingo, se comieron a Canaima, se comieron a In铆rida, se comieron a Roraima鈥︹ Siempre era la misma angustiosa historia.

El id铆lico Amazonas parec铆a plagado de insaciables monstruos sin juicio. Por las noches, entre los innumerables sonidos de la selva, se distingu铆a el llanto de unos hombres puros, y eso me resultaba aun m谩s aterrador. Marqu茅 un rumbo fijo hacia el norte, hasta salir de aquel laberinto siniestro.

Sobrevol茅 los nevados y ante m铆 se abri贸 el Maracaibo. El clima era c谩lido, pero los habitantes del lago me recibieron con frialdad. Aun as铆, decid铆 quedarme para recuperar fuerzas. En esos d铆as conoc铆 a un viejo fueguino que tom贸 por costumbre aturdirme con una ch谩chara continua. Le consent铆a, porque con ello me ayudaba a pensar en otras cosas, y acab茅 por tomarle afecto: 驴Viste, pibe? All谩 en la loma del orto donde naci贸 este viejo siempre and谩bamos helados鈥 Pibe, no me dig谩s que no le铆ste al grande de Borges鈥 隆Qu茅 b谩rbaro! 隆Pero si vos ten茅s en la pupila el aleph de Borges鈥! 隆Ey, pibe, te metiste en un balurdo re piola鈥 Pero un d铆a el viejo fueguino se fue apagando, hasta dejarme solo de nuevo entre aquella multitud desafecta.

Al fin tom茅 la determinaci贸n de dar el salto. Lo llamaban 鈥渆l charco鈥, qu茅 gracia. Borde茅 el continente, por Paramaribo hasta Cayena, y desde all铆 me lanc茅 a un vuelo de cuatro semanas. Recal茅 en unas islas que llaman 鈥渁fortunadas鈥, pas茅 a este continente de dimensiones m谩s amables, descart茅 las primeras marismas, que se me antojaron superfluas, y me acerqu茅 a un fatigado mar interior. Muy cerca de la costa, una peque帽a laguna rosada me hizo sentir en paz por primera vez en mucho tiempo. Por eso sigo aqu铆, aunque de vez en cuando caigo en el v茅rtigo del aleph al mirarme en los ojos de los reci茅n llegados.

EL DELTA

Cuando vol茅 por primera vez, aun no pod铆a hacerlo. Suena extra帽o, lo s茅. Mis recuerdos de entonces son muy vagos. Todo era gris. No recuerdo el embalse donde nac铆. No recuerdo a mi colonia. No recuerdo a mis padres. Mi recuerdo solo es el gris. Nos dijeron que cuando la presa se qued贸 vac铆a, nos abandonaron all铆 a nuestra suerte, que no pod铆an llevarnos con ellos siendo tan peque帽os, que nos hab铆an encontrado al borde de la muerte, y que por eso volamos. Uno no puede volar cuando es gris, solo cuando ya se ha puesto rosa. Pero nosotros, centenares de nosotros, con todo nuestro gris volamos desde Kimberley hasta Botsuana.

Esto me lo contaron en el delta Kavango algunos un poco mayores que yo. Yo solo era un pich贸n de pocos d铆as cuando sal铆 de Sud谩frica. En el Kavango crecimos con un sentimiento tozudo de desarraigo, aunque ajenos a las amenazas que nos rodeaban, aprendiendo a filtrar las algas y el delicioso camar贸n por las estr铆as del delta. Los furtivos no nos preocupaban: no les interes谩bamos, solo ten铆amos que cuidarnos de las estampidas del elefante y del rinoceronte negro. Pero un d铆a unas m谩quinas brutales hicieron temblar la tierra. Otro d铆a supimos que en el desierto oeste perforaban pozos negros. Al otro, que la corriente del norte tra铆a peces muertos鈥

Como nada nos ataba a aquel sitio, optamos por emigrar. Yo me dirig铆 al este. Con la perspectiva que da el vuelo, comprend铆 la gran herida que parte de norte a sur el continente. Por el Kariba y el Malaui, me adentr茅 en la gran falla del Rift, bajo cuyos volcanes dorm铆a: el Ol Doinyo y el Ngorongoro, el Ol Lokwe y el Namarunu鈥 hasta que di con mis plumas en el lago Turkana. Pero no me quise quedar mucho tiempo en la regi贸n, porque la vida all铆 era solo otra mercanc铆a.

Fue aun peor lo que encontr茅 m谩s adelante, donde choca la naci贸n m谩s antigua con la m谩s nueva del mundo, donde toda tribu es enemiga, donde el ap谩trida es moneda de cambio, donde el Nilo blanco y el Nilo azul se buscan y no se encuentran todav铆a.

Me concentr茅 entonces en seguir el r铆o: Wadi Halfa, Abu Simbel, lago Nasser, Asu谩n, Edfur, Luxor, Fay煤n, El Cairo鈥 y finalmente, de un modo fascinante, el r铆o se fue abriendo hacia el mar. Ya en Alejandr铆a, por un aleph supe que, pese a mi largo periplo, casi no hab铆a visto nada del mundo, y que la Tierra alberga aun algunos lugares pl谩cidos. Entonces segu铆 el camino del Sol: d铆as y d铆as llev茅 el mar en el ala derecha, y en el ala izquierda una tierra 谩rida y sufriente, hasta que llegu茅 a la Mar Chica de Nador. El aleph me hab铆a despertado la sed de otros continentes. Hice un alto all铆 hasta el verano y retom茅 luego mi viaje. Desde las sombras del Gurug煤, miles envidiaron mis alas cuando cruc茅 la alambrada.

Dem茅tria d鈥橝lcanyi莽

Ave migratoria



Fuente: Grupotortuga.com