September 26, 2021
De parte de Nodo50
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[Tras 6 años, nuevo número de la revista Salamandra, 464 páginas del número 23-24 donde el Grupo Surrealista de Madrid recogen los frutos de sus actividades de estos años “junto  con  otros  textos  y  ensayos  de  pensamiento  crítico,  y  experiencias  y acciones de propaganda por el hecho de lo maravilloso, que abordan cuestiones como  el colapso  civilizatorio  y  la  utopía  pese  a  todo,  la  crisis  (y  resistencia)  de  la  imaginación atrapada en el infierno económico, la guerra de liberación del amor pasional y erótico en una  época  que  odia  el  amor,  teme  al  Otro  y desinfecta  y  aísla  los  cuerpos,  o  la  lucha autónoma  contra  la  psiquiatría  hegemónica  y  su  relación  con  el  “arte  de  los  locos”  y procedimientos  y  técnicas  liberadoras  del  lenguaje  y  la  creación  como  el  automatismo psíquico  surrealista  o  la  cábala.  Y los  testimonios  y  ejemplos  de  magia  cotidiana  y creatividad  abierta  de  Más  Realidad  y  el  Laboratorio  de  lo  Imaginario,  junto  con  las reseñas  de  los  libros  más  insidiosos  y  un  sinfín  de  poemas  y  fotografías  de  sentidos, visiones y resonancias múltiples y heterogéneas, para revelar toda la belleza convulsiva y la iluminación profana que todavía guarda y esconde un mundo perdido que tendremos que saber reencontrar. Y reinventar y repoblar: como la imaginación, la poesía, el amor, la libertad.”

A continuación  unos extractos y presentación de este número “Aviso al Lector”, para ir abriendo boca. Marc Casanovas]

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Aviso al lector

Antes del huracán

La regularidad no es nuestro fuerte. Vaya descubrimiento, dirán sonriendo nuestros más fieles y mejores lectores. Pero tampoco lo es la pura y simple subsunción en la anomia disolvente que nos rodea, ni la resignación ante un orden de cosas que nada mejora con el paso del tiempo sino todo lo contrario. La exaltación de la vida en aquello que tiene y tendrá todavía y siempre de irreductible, y la negación absoluta y total de todo aquello que pretende negarla, falsificarla y oprimirla, nos dejan descansar todo lo que la pereza decida pero nunca jamás abandonar la partida ni reconocer la derrota, mientras que no perdamos la flecha del deseo, y nos siga habitando el dios negro de la poesía, el amor y la libertad.

Dicho de otro modo: desde finales del año 2014, fecha de la publicación del penúltimo número 21-22 de Salamandra, hasta hoy, el Grupo surrealista de Madrid ha mantenido una actividad tan intermitente como intensa que se ha plasmado en una miríada de intervenciones públicas (jornadas de charlas, debates, juegos…) y ediciones de libros individuales y colectivos. Una actividad, por tanto, que de manera consciente y explícita ha apostado por la participación de lo común y en lo común, acercando y compartiendo las investigaciones y experiencias surrealistas al mayor número posible de conocidos y desconocidos, consecuencia lógica y deseo electivo de la mejor herencia y rescoldo del 15M que ya destacábamos en la introducción de 2014: la «apertura, empatía y colaboración con todas las personas, de muy distintas procedencias, tendencias y trayectorias, que se han reconocido en la pasión de un mismo rechazo». Pero la consecuencia no deseada ni deseable de tal disposición vuelve a ser la suspensión de la revista por un tiempo indeterminado, hasta el punto de que algunos amigos y lectores podrían pensar que ha desaparecido. No es así: simplemente cada número se conforma y sale a la luz cuando es estrictamente necesario, es decir, cuando parece oportuno. Y la mejor oportunidad es aquella que surge y se confirma en el transcurso pasional de la intervención surrealista colectiva en una comunidad, por muy azarosa y provisional que esta sea, y de sus primeros frutos, tan precarios y modestos como intensos y promisorios, inactuales siempre y quizás oraculares.

Es por todo ello que esta nueva Salamandra se conforma en torno a dos secciones especiales que participan igualmente de lo común, a partir del deseo de comunidad experimental surrealista más allá de un grupo surrealista como tal, y la prueba de su contingencia desafiante y de su utopía irreductible. Sin que en ningún caso demos por resumida o agotada el sentido de nuestra actividad en tales experiencias, sin duda hoy y mañana pasa en gran parte por ahí, junto con otras igualmente irrenunciables que pertenecen al orden soberano de la subjetividad, como la iluminación poética o la imaginación insurgente.

Son precisa y (solo en apariencia) paradójicamente estas instancias las que animan y fundamentan el primer bloque al que nos referimos, Del comunismo del genio al genio de lo común, donde se recogen los resultados de la actividad pública del Grupo surrealista de Madrid que durante estos años se ha volcado en el alumbramiento del genio de lo común desde la tea del comunismo del genio: la inspiración poética y creativa que cualquier persona tiene aun sin saberlo y que solo hay que alentar para que se manifieste, y la creación de una comunidad inspirada que sea capaz de reconocer en la poesía la misma urgencia y necesidad que en la libertad. De esta manera se organizaron varias irrupciones de lo imaginario y de la poesía por otros medios en la vida colectiva, fuera de sus límites reales o supuestos: una serie de jornadas experimentales sobre los juegos surrealistas y la vida onírica en el Ateneo Cooperativo Nosaltres de Madrid, así como una Barraca de las Maravillas en la V Edición de las Jornadas de Arte y Creatividad Anarquistas de 2019 en el espacio EKO de Carabanchel. El lector podrá leer y valorar estas experiencias que consideramos prioritario ofrecer como ejemplo y acicate de una relación social que funda la poesía, y no la necesidad, la obligación o la costumbre: un lazo poético que es también comunitario y, claro está, político, en cuanto impugnación del orden dominante que censura o tergiversa la poesía y la comunidad, y el diálogo y el contagio entre ambos. Es tal dimensión radical y hasta revolucionaria, siempre traspasada por la revuelta poética sin la que la revolución no es nada, la que aparece más explícitamente en otras acciones que complementan y cierran esta sección: las perturbaciones secretas en Cádiz en el anonimato de la ciudad entumecida, Los espantausureros y Las licántropas de Lavapiés en Madrid en el contexto de la movilización reivindicativa callejera.

El segundo bloque que proponemos, Contingencia e insumisión de la exterioridad,  ahonda en la reflexión crítica de lo que hay y de la interrogación utopista de lo que habrá una vez, sin salirnos tampoco de las coordenadas de la poesía y de lo sensible, insistiendo igualmente en el ámbito de lo común, y centrándonos en una cuestión que nos es tan cara como prioritaria: la exterioridad. En efecto, como muchos lectores recordarán la exterioridad ha sido abordada tanto en Salamandra como en otras publicaciones para acechar, sentir y elucidar, en la medida de nuestras fuerzas, ese afuera salvaje de la anticivilización industrial que a veces está (o podría estar) en sus mismas entrañas, como lo está en lo más profundo del inconsciente y en la realidad empírica más objetiva y tangible. En este caso fue el debate «Encierro industrial y exterioridad» que mantuvimos en la librería Enclave de Libros en enero de 2018 con los amigos de los colectivos Malpaís y Cul de Sac, y la discusión pública que le siguió, lo que dio pie y excusa perfecta para la confección de un dossier dedicado a esta instancia, tan concreta como compleja y a veces inaprensible, pero a nuestro parecer cada vez más trascendental en el mundo de sombras digitales, experiencias simuladas y vidas diferidas que se nos intenta imponer de una vez por todas. Por eso mismo, junto a las charlas y la transcripción de la participación del público, se podrán leer ensayos y experiencias personales de Noé Ortega, Bruno Jacobs, Lurdes Martínez y Vicente Gutiérrez Escudero, que complementan, amplían y matizan desde la subjetividad el debate colectivo que se dio en Enclave de Libros.

Por otro lado la revista acoge como en ocasiones anteriores un amplio abanico de intervenciones, tanto teóricas como experimentales, que se agrupan alrededor de un tema u otro. Es verdad que muchas veces tales secciones han sido el resultado de la afinidad electiva de los artículos y ensayos que teníamos o nos habían llegado de amigos y colaboradores, sin que mediara ningún tipo de planificación o propuesta concreta, mientras que en este caso se ha primado y cuidado el significado y coherencia interna de cada sección temática a la hora de la redacción y selección de los textos que las integraban. Un buen ejemplo es Fuga de la revolución, revolución de la fuga: autonomía y emancipación en el fin del mundo, que recoge las aportaciones de miembros del grupo y amigos y colectivos invitados sobre una discusión fundamental y perentoria: ¿hay que abolir el capitalismo industrial mediante el devenir revolucionario, o hay que salir y escapar de la ciénaga helada y corrompida del modo de vida que ha segregado para empezar de cero? Entre estos dos polos tradicionalmente percibidos como contradictorias cuando quizás no lo sean ni deban serlo tanto, y todo el espacio intermedio que bien podría generar su reconciliación, se mueven las propuestas de Jorge Valadas, los colectivos Barbaria y Los amigos de la negación, Jose Manuel Rojo, Adrián Almazán y Helios Escalante, Albert Mason y Andrés Devesa, junto con el desvío absoluto (y a la vez afín) hacia el fulgor, la imagen creadora y el reencantamiento de la tierra que reclama Silvia das Fadas como raíz y fruto de cualquier ensayo utopista o proceso revolucionario dignos de ese nombre.

Pero reclamarse de la revolución, plantear siquiera su posibilidad, defender cuando menos la secesión del nuevo y viejo desorden dominante que se muere para plantar las semillas de la Armonía futura aquí y ahora, era ayer una pérdida de tiempo y un imposible, cuando hoy lo imposible es negar la negación que estalla por todos los rincones del planeta en cada revuelta y ciclo de revueltas, en cada comuna, zona a defender e intensidad de verdadera vida que se forman y se revuelven contra el fin de su mundo. Porque no es el nuestro, ni nunca lo ha sido: es el colapso real y figurado que precipita el turbocapitalismo por su misma lógica infernal y suicida, esa quiebra general del modelo productivo, crisis medioambiental y suicidio civilizatorio que, precisamente por su gravedad indiscutible y ominosa, se ha convertido en otro tópico más del imaginario que inocula el espectáculo para expandir el miedo y domar las conciencias. Es por ello que los análisis y propuestas de Crisis de civilización, colapso y utopía abren el fuego de la revista, con Julio Henriques desde una mirada antidesarrollista a la «impregnación política» de las culturas indígenas, y Jesús García Rodríguez, Guy Girard, Jöel Gayraud y Vicente Gutiérrez Escudero desde la perspectiva surrealista que pone el acento en la crítica de la economía, la técnica y el Estado, y también y sobre todo del imperialismo mental que es a la vez su causa y efecto, así como en el horizonte utópico, la exterioridad, el materialismo poético y el pensamiento analógico y mítico que desmienten y se oponen al mismo. Pero si hablamos de pensamiento mítico entonces hay que crear y vivir mitos, aunque sea desde un método experimental y ambivalente que por supuesto impida la fosilización de su energía en religión o dogma autoritario e irracional: eso es lo que pretende el juego Son los Grandes Transparentes los que se manifiestan. Por una mitopoiesis del fin de mundo con motivo de los estragos del Huracán Gloria, abordando el sabotaje de la mitología fetichista del desarrollismo mediante la formulación de mitos inaugurales y telúricos que acompañen el aterrizaje presumiblemente desastroso del hombre sobre la tierra que un día creyó vencida, desarmada y abolida.

Al mencionar al pensamiento mítico nos adentramos en el inconsciente y en el sueño, crisoles siempre ardientes de los mitos personales y colectivos que los textos de El incendio interior. Inconsciente, deseo y sueño bajo y contra el imperio de la mercancía se proponen inspeccionar. Y sin embargo, ¿los viejos hornos siguen transmutando el plomo de la vida gris en el oro de la poesía, o también se han pasado al enemigo y solo funden miseria existencial para forjar aburrimiento, obediencia, narcisismo y anomia? Dicho de otro modo: ¿la colonización de la mercancía y la superchería tecnológica ha llegado también al inconsciente, ha pervertido hasta nuestros sueños más oscuros e intratables? A esta pregunta fundamental, que apunta directamente al corazón del surrealismo y de la propia condición humana, intenta responder la encuesta del Informe provisional de daños del incendio interior que acompaña un amplio muestrario de las respuestas recibidas, así como los textos de Corsino Vela y Julio Monteverde que amplían y complementan las ideas y sugerencias esparcidas en la encuesta. Pero la crítica del sueño no es suficiente…si no es onirocrítica, es decir, reconsideración pasional de la imaginación en su conjunto y experimentación del sueño realmente existente en toda su potencia transformadora e imprevisible, como investigan Marcos Isabel, Anselm Jappe y también Monteverde a partir del objeto, el juego, el azar y el poema como «reveladores del sueño», y de la crisis de imaginación y de contacto con lo sensible que atenaza actualmente a la infancia.

El inconsciente, el sueño, el deseo… ¿no son otras tantas formas de nombrar al amor? Nos referimos al amor-pasión, al amor loco, al «amor romántico», hoy amenazado por el cinismo económico, tergiversado y edulcorado por la industria cultural y, por infinita y sorprendente desgracia, negado, ridiculizado y despreciado por buena parte de aquellos y aquellas que impugnan la dominación y deberían ser sus más ardientes defensores. Y defender una causa es también cuestionarla y purificarla de sus gangas seculares, para que resurja más verdadera y poderosa. Pero hoy el mundo odia el amor porque ama la prostitución aún más intensamente que en los tiempos de André Breton y Marcel Duchamp, escándalo odioso que apuesta por la vida sórdida de la mercancía sobre el amor admirable y el placer libre, la esclavitud más descarnada y el envilecimiento definitivo de la conciencia y la sensibilidad de los clientes. Motivos suficientes, sin duda, para que Salamandra ofrezca toda la sección del El amor loco erótico, el Eros locamente enamorado para su defensa teórica y su ilustración práctica, erótica y poética. De lo segundo se encargan Adrián Almazán y Mariana Iracheta compartiendo el milagro de la permanencia furtiva del amor sublime, mientras que lo primero es analizado por Lucía González-Mendiondo, María Santana, Inés Mendoza y Jose Manuel Rojo, desde las aristas poliédricas del deseo abierto de la mujer y sus enemigos, el vértigo hacia el cuerpo del Otro que queda suspendido y desactivado en el vacío virtual de las redes y los gadgets, la clarificación y exaltación incondicional del concepto y la práctica del amor del Romanticismo alemán, o la carga revolucionaria del amor y la contrarrevolución moralista, productivista y medicalizada que intenta amortiguarlo antes y ahora, bajo unos u otros disfraces y excusas.

La última sección consagrada a Locura, automatismo y lenguaje parece resumir o enhebrar muchos de los hilos de la revista. Imaginación, inconsciente, pensamiento analógico, deseo y erotismo, culturas otras que se contraponen y desafían a la razón instrumental que niega el afuera interior y exterior parapetándose en la ciencia y el biopoder terapéutico que diagnostica y encierra…y el surrealismo mismo, desde su nacimiento a lo que es y será. Por otro lado, ya en la introducción a Del comunismo del genio al genio de lo común se aludía al centenario de Los campos magnéticos de André Breton y Philippe Soupault, «comienzo de esa operación sobre el lenguaje que fundaría al propio surrealismo», y obra clave para la liberación del lenguaje, el pensamiento, la poesía y la vida misma. Nada mejor entonces que el largo, documentado y apasionante ensayo de António Cándido Franco sobre la génesis y la historia de la escritura automática, y del automatismo psíquico en general, desde Myers, Charcot, Smith o Freud a Vaché, Breton y Soupault o Nadja. Por este pórtico de la boca de sombra viajaremos con Giuliana Zeppegno, Eugenio Castro, Michel Löwy y Ana Marques hacia las tierras todavía ignotas, por mucho que hayan sido holladas, de la mediumnidad, la cábala fonética, la alucinación del sentido que abre el automatismo y cierra la falsificación del algoritmo, y en especial la palabra y la expresión creativa de los llamados locos que la hegemonía psiquiátrica pretende callar y ocultar o, peor aún quizás, integrar en el mecanismo triturador del espectáculo y el mercado para cegar la libertad de delirar que su ejemplo puede inspirar a los no menos supuestos cuerdos.

Pero si hablamos de creación libre nos referimos también a una de las secciones habituales de Salamandra, el Laboratorio de lo Imaginario, que en esta ocasión parece querer insistir sobre los procedimientos que más se alejan de disciplinas y cánones de especialistas y profesionales aun «vanguardistas», y más se acercan por tanto a la formulación y comunicación del mensaje interior que, como ya apuntábamos en Del comunismo del genio al genio de lo común, y demuestra el «arte» de los «locos», todo hombre y mujer guarda en su interior: las cajas de objetos de Eloy Santos y Marcos Isabel donde tal vez hallaremos la llave que abre las puertas de la percepción, la contrapintura de Jesús García Rodríguez que fusiona el collage, el objeto y el juego de palabras en busca del humor material, los dibujos de Agustina Pulfer y los garabatos de Massimo Borghese donde el sueño nómada y el automatismo magnético entretejen el cosmos de adentro y de afuera, y los comics detornados de Bruno Jacobs que nos ofrecen los únicos carteles publicitarios que deseamos contemplar en las calles de la ciudad. Precisamente la ciudad es el campo de operaciones y el terreno de juego privilegiados del azar, la deriva y el encuentro que abren la experiencia de lo maravilloso, desarbolando el acondicionamiento mental de la vida cotidiana siquiera por un instante que, sin embargo, querríamos hacer eterno: las comunicaciones que Eugenio Castro, Eloy Santos, Emilio Santiago, Krzysztof Fijalkowski, Marcos Isabel y Lurdes Martínez vierten en Más Realidad, una sección que desde 1992 no puede faltar en la revista, ahondan en tales iluminaciones poéticas enraizadas en la piel de la calle que todavía late bajo la megaurbe capitalista, sea Madrid, Cuenca, Santander, Norwich o Roma. Por último, otra sección fija como es Poemas se enriquece con las aportaciones de Ángel Zapata, Alba Pascual, Leticia Vera, Javier Gálvez, Gaica Donarof, Lurdes Martínez, Isabel Gómez Rodríguez, Guy Girard, Mariana Iracheta, Joëlle Ghazarian, Jesús García Rodríguez y Silvia Guiard, cuyo largo canto a un bosque de pehuenes se ofrece como el mejor colofón al bloque de la exterioridad. De una manera análoga, otros dos poemas de gran aliento como son «Tiempo redondo. Cuerpo prensado» de Isabel Gómez Rodríguez, y «Mi efímera gran aliada» de Vicente Gutiérrez Escudero, establecen vínculos oscuros y registran réplicas magnéticas con los bloques de Más Realidad y de El amor loco erótico, el Eros locamente enamorado que los anteceden.

Por último, hemos decidido reformular las secciones de Ana-crónicas y Exenciones abriendo espacio a las reseñas de libros y revistas del movimiento surrealista internacional y del pensamiento crítico en general, que nos parecían tan significativos como habitualmente olvidados o ninguneados por los mandarines de cualquier signo, color y género de la dictadura mediática.

Durante el huracán

La introducción que se acaba de leer es aquella que estaba pensada para abrir este número de Salamandra, allá por marzo de 2020, cuando preveíamos su publicación para la primavera de ese año. Y ya se sabe quién llegó y qué mandó parar…o acelerar una danza de la muerte que viene de lejos. La preparación de la revista se paralizó como todo lo demás, aunque no el deseo irreprimible de retomar su pulso allí donde lo habíamos dejado. Poco a poco se fue recuperando la actividad colectiva y nos asaltó el gran dilema: ¿elaborar nuevos textos y contenidos relacionados con la pandemia y todas sus derivadas, como ha decidido por ejemplo Ekintza Zuzena en un número por lo demás excelente, o respetar los materiales previstos, reincidiendo consciente y temerariamente en la inactualidad más descarada?

Obviamente nos hemos decantado por la segunda opción, aceptando todos los riesgos que esta supone. ¿Por qué? Porque consideramos que la crisis del coronavirus no invalida, sino más bien todo lo contrario, la inmensa mayoría de las reflexiones críticas y experiencias vivificadoras de Salamandra. Que se nos entienda bien: a pesar de las apariencias y de lo que algunos puedan sospechar, la megalomanía tampoco es nuestro fuerte. Bajo ningún concepto se nos pasa por la cabeza que ya hemos dicho todo lo que hay que decir, y que por tanto la realidad no nos afecta ni impone su agenda imprevisible. ¿Pero es justamente tan imprevisible como se quiere hacer creer? ¿No se sabía, no se había advertido, no habíamos escrito unos y otros, y hasta algún egregio representante del Estado Mayor de la dominación digital, que la demencia industrial, el antropocentrismo ciego, el odio a la Naturaleza no nos preparaba sino su desquite? Y es solo un ejemplo, el más evidente pero jamás el único y quizás ni siquiera el más importante, que sugiere que lo excepcional no es la pandemia ni el confinamiento, sino el Estado de Excepción permanente que lo hace posible y lo utiliza a su antojo.

Es en este sentido que se ha decidido mantener el sumario como si no hubiera pasado nada…porque siempre pasa lo mismo, aunque sea corregido y aumentado. Basta repasar esta introducción, o mejor aún leer los textos de cada sección, para calibrar esta afirmación que esbozamos sin arrogancia alguna. Los Grandes Transparentes ya se han manifestado con su palabra terrible: ¿el colapso, y las respuestas al mismo? Casi parece un chiste gastado, un lugar común, y a la vez es la tarea más urgente y trascendental de nuestra época: este es un mundo que ya no, en la acertada expresión de nuestros amigos de Barbaria, y hay que escapar de sus ruinas y reconstruir otro, o perecer. Pues como escribe Jesús García Rodríguez, «el colapso de nuestra civilización es mucho más radical y profundo que el mero colapso del capitalismo: supone que ya no hay posibilidad de retorno al punto de origen, al proceso de genealogía del valor. Y supone (…) una vasta labor de re-pensamiento de lo que somos y de lo que queremos con vistas a la creación de un mundo absolutamente nuevo».

¿Pero acaso el horizonte del mundo no se ha clausurado para siempre, objetiva y subjetivamente, y ya no queda rastro del horizonte utópico y el kairós del que habla Jöel Gayraud? Nada es más seguro, nada es más incierto: el año del coronavirus fue también el segundo año del ciclo de revueltas globales, multiformes, anticapitalistas y violentas que empezó en 2019, y que ni confinamientos ni mascarillas han conseguido detener ni desanimar, porque no solo las vidas negras importan sino todas y cada una, y parece que en efecto ningún pueblo se deja asesinar impunemente. Es por ello que el debate de Fuga de la revolución, revolución de la fuga no pierde su sentido sino que lo redobla, lo hace más urgente, más críticamente vital y necesario, pues en palabras de Andrés Devesa «la autonomía es ahora o nunca», si queremos burlar ese «largo invierno de extinción abisal y locura estéril» que según Jose Manuel Rojo sería el precio de un fracaso verdaderamente histórico. La Economía y el Estado: he ahí el enemigo bifronte, los gemelos malditos. Sí. Pero así mismo la prueba de la realidad formula nuevas preguntas y desafíos: ¿las revueltas podrán por fin tumbar al régimen, desembocar cual afluentes en el majestuoso río de la revolución mundial? ¿Y es suficiente la autonomía de los que «escapan para luchar», como defienden Adrián Almazán y Helios Escalante? ¿Lo ha sido en esta crisis, ha logrado el apoyo mutuo y la solidaridad que sin duda se han dado para reparar todos los daños de una sociedad descoyuntada por el mercado y el Estado? Todavía está todo por hacer…aunque ya estamos haciéndolo. ¿Pero lo sabemos?

¿Y la exterioridad? Si hay alguna sección de esta revista que no puede ser suprimida o rebajada es esta: la pandemia es consecuencia directa de la violación y muerte de la exterioridad salvaje que el ser humano aniquila a cada minuto que pasa, el encierro más siniestro ha sido su consecuencia lógica, y así la relación con lo sensible languidece y se apaga hasta desaparecer. Encierro industrial y exterioridad, ese era el tema del debate de Enclave de Libros, y ya Malpaís terminaba su participación advirtiendo que «hoy el fantasma de la “ciudad penitenciaria” recorre el mundo. La lógica del encierro, dirán algunos, conquista paulatinamente el espacio no carcelario. Entonces, si la cárcel invade el mundo, ¿cómo no concluir que más allá de ella, el afuera también se estrecha?». Es verdad: nos encontramos seguramente ante una tentación, un proyecto de cambio civilizatorio que, aunque viene de mucho antes y ya estaba triunfando, aprovecha la excusa de la pandemia para forzar transformaciones antropológicas muy profundas mediante la mediación tecnológica, el borrado de la realidad material y su sustitución por la virtual, la compartimentación afectiva y la abolición de cualquier rastro de vida privada. Pero no puede serlo por más tiempo. Y no solo por la crisis ecológica que ya asoma su cabeza de hidra mientras hundimos las ansiosas miradas en las pantallas de nuestros teléfonos móviles, demostrando por si había alguna duda que los límites a la totalización de la fantasmagoría económica e hipertecnológica existen, y que son mucho más reales que esa no-realidad que se nos quiere imponer, sino porque este es el momento definitivo de combatir el fetichismo de la no-realidad. La nueva normalidad, la nueva no-realidad, el fetiche, deben ser impugnados mediante la razón crítica y la acción insurrecta, sí, pero también con la imaginación creadora, la poesía por otros  medios, el materialismo poético y la asunción de la exterioridad, otras tantas formas de frenar la ola de digitalización inhumana y transhumana con un gran baño de realidad, un baño en las fuentes más hondas de lo material, de lo corpóreo, que son precisamente las fuerzas opuestas de lo virtual: el sueño, la imaginación, el erotismo, la naturaleza, el compañerismo, la revuelta…solo con ese alimento podrá saciarse el hambre de vida, de materia y de presencia que nos aqueja. «Tenemos un hambre insaciable de realidad», clamaban los surrealistas rumanos Gherasim Luca y Dolfi Trost en el remoto (y no menos atormentado) 1945, y ese hambre que nos mata es así mismo de verdad, una conciencia y búsqueda de la verdad en lo que tiene de esencial cercanía al ser, que reivindicamos asumiendo todas sus ambigüedades y peligros, pero que se presenta como consustancial al horizonte de lo real y material absolutamente opuesto al digitalismo. Realidad y verdad que son sinónimos de poesía y reencantamiento en su más delirante y objetiva materialidad, hasta lograr que la roca se trasmute en carne blanda y genitalidad andrógina como documenta Noé Ortega, hasta que un paisaje kárstico se termine identificando con la morfología onírica de Emilio Santiago.

¿Y el comunismo del genio? ¿Y el inconsciente colonizado o cimarrón, el amor y el erotismo que el racionalismo puritano de derechas y de izquierdas querría esterilizar y desactivar, la promesa del automatismo y la alquimia del verbo, y las experiencias de lo maravilloso que el azar propicia y la ciudad todavía acoge, y el ejemplo de la palabra que no acallan ni muros ni camisas de fuerza? No es necesario repetirse. La ración infame de cansinas series de televisión, jornadas devastadoras de videoconferencias, toneladas de wasaps, tuits y memes supuestamente brillantes y casi siempre bochornosos, likes inanes para sumarse a cualquier majadería inofensiva, sesiones pavlovianas de sexo virtual y carne triste que embrutece la sensibilidad y agosta el Eros, y demás sucedáneos para distraer el sufrimiento y maquillar la soledad, no son desde luego estrictamente nuevos o sorprendentes como síntoma y efecto de la descomposición social. Más bien lo contrario. Pero su crecimiento exponencial, y su legitimización definitiva como placebo terapéuticamente administrado y socialmente admitido y ensalzado, apunta a la depauperación total de la vida interior que también está en la base de todos nuestros problemas. Y esa depauperación se manifiesta como castración de los testículos del imaginario personal y colectivo, como ligadura de trompas del inconsciente, como ablación del clítoris de la poesía.

En este contexto es hora de defenderse. Es la hora de la llamada a las armas alentando un vendaval de promisión, o al menos intentarlo. Por eso hablar de comunismo del genio, de experiencias oníricas, del erotismo «incómodo y problemático», de la poesía por otros medios y sus poetas locos y cuerdos «que sean al mismo tiempo capaces de ver la catástrofe y la nueva comunidad humana», es hablar de libertad desesperada y de resistencia a muerte, y solo por eso esta revista quiere ser una testificación, frente a nosotros mismos y frente a todo aquel que siga sintiéndose vivo, de la afirmación de una visión y una práctica del mundo que se atreve a ofrecer alternativas y soluciones, por muy modestas que sean, en una coyuntura que no solo exige ejercer la crítica sino experimentar y ofrecer lo posible. Hasta donde pueda llegar, para aquellos que les sea fértil y estimulante, desde la conciencia de una derrota que ya damos por descontada y por eso poco o nada nos importa, y a través de la niebla de lo desconocido: como la poesía hecha por todos que volverá a vivificar la tierra cuarteada, la imaginación enferma. Pues de todo carecemos, excepto de las flechas del deseo. Y de la resaca amarga e inconsolable de la negación.

En el huracán

…donde por desgracia y contra nuestra voluntad seguimos malviviendo: ¿qué se puede decir que no se haya dicho ya? ¿Y qué importancia tiene se diga lo que se diga? La enfermedad existe o no, los muertos son falsos o verdaderos, es una conspiración o mero fruto de la casualidad, fortalece o debilita al Estado y a la economía…o todo junto y revuelto.

Una primera constatación: nadie sabe nada por la simple y humilde razón de que ni somos científicos, ni disponemos del instrumental y los medios técnicos que permitirían una investigación independiente del virus real o ficticio. Por eso nada más ridículo que negar la existencia de la enfermedad denunciando a la ciencia que todo lo falsifica mientras que nos apoyamos en los estudios de otros científicos… alternativos. La misma consideración merece la postura de quienes crean religiosamente y a pies juntillas las explicaciones y teorías de las autoridades políticas y sanitarias, aunque solo sea por su cómica ineptitud e improvisación clamorosa. Por la tanto, una banalidad de base que es también principio de realidad y medida profiláctica (nunca mejor dicho) del pensamiento crítico: en esta época de confusión que eleva a la máxima potencia la noche y la niebla del espectáculo, es conveniente reconocer que nos movemos en la oscuridad más absoluta, bajo la luz más cegadora, a tientas. Como siempre pero peor. Y que por ello es muy juicioso y aún más conveniente mantener un amplísimo margen de duda respecto a nuestro pensamiento y el de los demás. Por ello mismo, apelativos inquisitoriales como negacionista o coronacreyente no tienen ningún sentido ni validez para nosotros, más allá del alarmante e inconfundible hedor que desprenden de censura y represión de cualquier signo de disidencia, que se pretende ahogar en su misma cuna decretando el confinamiento mental y el ostracismo social y mediático. Evidentemente esta amenaza pende sobre todo, y con todo el peso de la ley del Estado y del mercado, sobre quien se atreva a discutir o rebatir con razón o sin ella la versión oficial de los hechos, por lo que nunca se insistirá suficientemente y con suficiente ardor en la premisa de toda premisa: nada es sagrado, todo se puede decir. Y con la mayor firmeza, pasión, acritud o ironía que se quiera, siempre que nos mantengamos suficientemente lejos de la  insidiosa vacuna del dogmatismo, la exclusión y el anatema que la dominación administra entre sus autoproclamados enemigos para impedir el contagio de la solidaridad, el apoyo mutuo y la lucha común.

Dicho esto, el ocultamiento de la verdad y su misma rareza no cancela ni su existencia ni su búsqueda, sino todo lo contrario. Y es así que nosotros los surrealistas, los utopistas irredentos, los paladines maniacos de la imaginación y el principio de placer, el inconsciente y hasta el delirio, hemos defendido más arriba la noción de verdad y la realidad material en toda su grandeza objetiva y subjetiva, contra la reificación de la mercancía y la virtualidad, y ahora aludimos al principio de realidad como preámbulo de cualquier crítica que pretenda servir para algo más que hinchar egos y prestigios con el gas de la risa de la originalidad y la extravagancia. Porque no hay imaginación sin realidad, ni poesía sin prosa, ni libertad sin esclavitud, y si se pierde pie en el mundo de los hechos mínimamente objetivos y generalmente aceptados, aun sometidos al juicio incesante que cuestiona certidumbres y revoca leyes, caemos en el abismo sin fondo y el torbellino sin pausa del irracionalismo más descabellado y peligroso, las cosmovisiones más disparatadas y siniestras, las supersticiones y los fanatismos más ominosos. Y la inacción y la derrota más segura y absoluta, pues si nada es cierto, si todo es mentira o sospechoso, entonces nunca identificaremos por medio de una razón común las verdaderas causas de nuestra dependencia y los males que nos pudren, ni seremos capaces de forjar acuerdos y alianzas, ni tendremos valor y audacia para salir al campo de batalla para aplastar al enemigo y refundar la vida que queremos y podemos vivir. Porque no hay servidumbre ni explotación alguna, ni mal social o cultural, ni tampoco solidaridad entre iguales, ni enemigo de clase, ni guerra de liberación, ni vida deseada y viable, sino hechos alternativos, rumores y bulos, relativismos equivalentes e intercambiables, incredulidad patológica, encefalopatía espongiforme del pensamiento y el espíritu[1].

Es claro que estamos hablando de las teorías e interpretaciones que han surgido en el medio radical o revolucionario sobre el coronavirus y sus implicaciones. ¿Y en qué consistía ser radical? Según los clásicos, en una crítica que va a la raíz. ¿Y cuál sería la raíz primordial, la más básica y evidente, la más sensible y débil también, la más patética, que deberíamos buscar antes de lanzarnos en el grandioso vuelo retórico en pos de la Totalidad, o de la clave alquímica que explica y justifica Todo? Se diría que el cuerpo, los cuerpos. Pues al fin y al cabo, ¿no estamos ante una enfermedad? Habría que empezar por ahí, con suma modestia, y luego ir pelando las capas de cebolla, destapando las muñecas matrioskas, hasta encontrar, quizás, el sentido de las cosas. No es un proyecto precisamente embriagador, ni brilla por su aguda inteligencia, pero por algo hay que empezar: por lo más urgente.

Por una enfermedad política, como la economía. Por supuesto. Pero enfermedad al fin. De cuerpos dolientes y desvalidos que se mueren. Cuerpos aun más débiles, la mayoría, por viejos y desechados, desechables: inútiles, y peor aún, culpables de un gasto improductivo que infla el déficit y agujerea los Presupuestos Generales del Estado. El cuerpo, los cuerpos: el gran tópico de tantos textos y ensayos que se han escrito y leído durante estos meses y los que probablemente vendrán. Los cuerpos estabulados por la «pornofarmacia», los cuerpos domados por el Estado, los cuerpos paralizados por el terror de la «nuda vida», los cuerpos cableados al Gran Hermano…el cuerpo, la piel, lo sensible, y la ausencia y el robo y el simulacro de cuerpo, piel, sensibilidad. Y salvo las habituales excepciones, un gran, enorme, difícilmente explicable escamoteo: los cuerpos realmente enfermos y moribundos que la mayor parte de los análisis ni vio, ni tenía muchas ganas de ver. ¿Pereza intelectual, miedo a parecer moderado o socialdemócrata al abordar la dimensión más convencional y vulgar de la crisis, síndrome de inmunidad a la empatía, la solidaridad o la mera compasión hacia el que no goza del privilegio de la juventud o la salud? Contagio y reflejo, quizás, de la inhumanidad de la economía entre aquellos que más la odian, como por lo demás suele pasar en todo tiempo y lugar donde inevitablemente la clase dominada no genera ni impone las ideas dominantes. Este desdén o indiferencia por el eslabón más débil y más material y materialista de esta historia, los enfermos y la atención que requieren, es aun más enigmático en tanto que descarta o neutraliza polémicas y denuncias más que legítimas que además nos son familiares: el fraude escandaloso de la mano invisible cuando se la deja apretar el delicado cuello de cisne de la sanidad pública, el horror industrial de los stalags de los ancianos y del triaje que ha provocado un verdadero geronticidio, la especulación criminal de respiradores y mascarillas, la competencia impúdica entre farmacéuticas y gobiernos por descubrir la vacuna milagrosa…o el desenmascaramiento del fetichismo de la mercancía-trabajo ante la evidencia clamorosa de qué profesiones y actividades productivas valen indiscutiblemente más que su valor de mercado, y cuales no. Y es un desdén peligroso, pues podría regalar todo el filón demagógico de los cuidados a la ultraderecha que acertara a pulsar la tecla de la comunidad nacional solidaria que reparte comida y medicinas, y soluciona problemas reales de los elegidos por etnia y/o cultura, en vez de elucubrar biopoderes abstrusos y agenciamientos marcianos. Y es una indiferencia cínica y afortunadamente falsa, porque mientras algunos filósofos pontificaban sobre el aislamiento egoísta y el onanismo de su ombligo en los barrios se rearmó el apoyo mutuo y se hizo todo lo que se pudo, visitar a los ancianos solitarios, alimentar a los desesperados que caían en el paro y la falta de ayudas, cuidar a los niños que se quedaban abandonados en sus casas porque su madre estaba hospitalizada o trabajando de la mañana a la noche. Ya se ha dicho antes: no fue suficiente, nunca lo es. Pero existió, y ninguna elucubración «performativa» nos negará ni robará su experiencia, y el recuerdo inspirador para las epidemias sistémicas que vienen.

Es que cuando la ideología se aleja de la realidad, y de lo que realmente instaura lo común, no solo desemboca en la mentira o la fantasía sino también en la abolición de lo que nos une y entreteje. Y ni el duelo es posible, ni la denuncia y  el combate contra sus responsables últimos. Volvamos a la raíz de las cosas: ¿existe una nueva enfermedad contagiosa llamada Covid-19, una más de las «enfermedades emergentes producidas por los estragos de la explotación industrial del mundo y por la sobrepoblación»[2] como denunciaba el colectivo antidesarrollista Pieces et Main d’oeuvre, y que tanto esta corriente crítica como muchas otras (y no necesariamente radicales) habían previsto y advertido cual Casandras lógicamente visionarias? ¿O se trata de un montaje descomunal para acelerar la «doctrina del shock» y demás Planes 9 del espacio exterior? Nuestra experiencia personal, y solo ella nos bastaría, indica que en efecto hay gente que ha muerto o enfermado gravemente por causas que no se corresponden con ninguna otra enfermedad conocida, golpeando e hiriendo a amigos y conocidos. Nos negamos a entrar entonces en el juego idiota de arrojar los estudios y estadísticas a la cabeza, intentando desentrañar si por ejemplo en España ha causado diez, veinte o cien mil víctimas, cálculo de probabilidad tanto más infantil y tramposo puesto que permite ganar siempre en un juego iluso e impotente: si el gobierno anuncia las cifras más bajas, es porque miente ocultando la gravedad del problema; si las más altas, es porque vuelve a mentir exagerando para que aceptemos el recorte de libertades y de autonomía que al parecer disfrutábamos a manos llenas anteayer. Y bien, el Estado siempre miente, pero esa no es la cuestión: lo que nos importa es aceptar o no que se puede abordar la realidad desde el mínimo de evidencias mínimamente objetivas que permiten la crítica radical de la misma, tomando en consideración, por ejemplo, que es imposible que el gobierno sueco apueste por la inmunidad de rebaño y la práctica ausencia de medidas de confinamiento, descontando (y confirmando) aparentemente la levedad de la enfermedad, y que a la vez la Oficina Nacional de Estadística de Suecia, organismo estatal donde los haya, informe que la sobremortalidad ascendió un 10% en el primer semestre falleciendo 51.405 personas, cifra que no se alcanzaba desde 1869 por una hambruna, lo que desmentiría (también aparentemente) el acierto de tales medidas. Desde el punto de vista de la aconsejable lógica de la sospecha ante todo lo que venga del poder elevada al cubo delirante de la paranoia estéril, algo no cuadra en tal contradicción, enigma que solo resolvería y resuelve la presencia testaruda e inocultable de los cadáveres.

Empecemos entonces por este punto mínimo: el Covid-19 existe y provoca enfermedad, dolor y muerte. Su negación implica creer y defender que todo ha sido y es una farsa de dimensiones colosales, en la que el personal sanitario, los enfermos, los muertos, los tanatorios repletos y los cementerios improvisados, forman parte de un atrezzo diseñado exclusivamente para engañarnos y fastidiarnos, como pensaba de la I Guerra Mundial aquel orate convaleciente que atendió André Breton; su minimización desdeñosa que rechaza por principio cualquier medida de salud y prevención pública en virtud de un desprecio nietzscheano por la vida y la muerte, especialmente si muere o enferma el otro desconocido, supone simple y llanamente compartir la pulsión de muerte de la dominación. A partir de aquí todas las dudas son legítimas y fértiles, para empezar la que apunta al verdadero punto ciego y el gran enigma: ¿por qué hemos asistido por primera vez en la Historia a un confinamiento prácticamente total y universal, cuando todo indica que su morbilidad es relativamente escasa, y desde luego sin comparación con las grandes epidemias de peste, cólera, viruela o gripe española? ¿Cómo es posible entonces que tantos y tan distintos gobiernos, aun tarde y mal, se hayan concertado para paralizar el tejido productivo, la circulación de mercancías y los mercados de consumo de una economía comatosa que no termina de arrancar ni a tiros de capital ficticio y salvas de innovaciones tecnológicas? ¿Se trata de mera prevención ante lo desconocido, azuzada por los informes alarmistas de un estamento médico y científico que se hacía cruces por la imprevisible y ominosa evolución de un virus enigmático, y desde luego de un parche improvisado por el estado calamitoso de los sistemas de salud en vías de privatización que no aguantan ningún test de estrés que les salga por el camino? ¿O hay algo más?

Porque siempre hay algo más. Premeditado o no: esa es la otra gran cuestión. Pero en un mundo realmente invertido como el actual, lo falso es un momento de lo verdadero. Dicho de otro modo: toda teoría, intuición o fabulación contiene un momento de verdad mayor o menor que no se puede desdeñar, y que se explica por el efecto calidoscopio del caos universal y terminal en el que chapoteamos. A su vez toda teoría puede ser contradecida por su opuesto no menos parcialmente verdadero. Queda la síntesis, que en el estado actual de nuestros conocimientos parece imposible de formular, lo que no es excusa alguna para al menos intentarlo, o proponer algunas preguntas y respuestas que son a su vez nuevas preguntas sin respuesta…por ahora. Pero sí diagnósticos y conclusiones de cara a una resistencia y a una lucha que esperamos común, y esto último es lo que nos interesa y deseamos enfatizar. Porque sea como fuere, todo lo que pueda pasar pasará, ahora o con la próxima y penúltima pandemia, crack bursátil, fuga radiactiva, contaminación alimentaria masiva: en eso estaremos todos de acuerdo. Y en que como siempre y aún más, la reflexión sobre los galgos y los podencos deberá acompañarse de la acción que permita desdentar y ahuyentar a ambas jaurías, y a todos los demás perros amaestrados o salvajes del amo.

Se puede pensar por ejemplo, con muy buenas razones y pruebas científicas, que la enfermedad existe pero es relativamente benigna, con una tasa de mortalidad muy baja, y que puede exigir ciertas medidas de protección de los grupos de riesgo pero nunca jamás un confinamiento como el que hemos vivido, ni la medicalización higienista y tecnocientífica de nuestras vidas como temía Ilich; por lo demás, la autogestión de la salud y la sabiduría tradicional daría perfectamente cuenta de tan débil amenaza, como pasaría en una sociedad libre y libertaria.

Es muy posible que esto fuera así, aunque hubiéramos deseado que en otras épocas preindustriales de célebres pandemias esos «saberes tradicionales» nos hubieran ahorrado tanta desgracia, pero siempre quedará la duda del hipotético progreso de la Covid-19 en el supuesto de que hubiera campado a sus anchas entre el rebaño sin inmunidad alguna, con la consiguiente saturación y parálisis de todo el sistema de salud y sus eventuales y peligrosas consecuencias para la paz social, escenario de pesadilla que muy posiblemente explica el pánico de muchos gobiernos una vez pasado el primer estupor[3]. Por lo demás, los zapatistas de Chiapas, ejemplo preclaro de tecnocracia desarrollista y razón instrumental blanca, masculina y eurocéntrica, no recomendaron abrazar al prójimo como gesto de confianza y desafío, sino la cuarentena y el cierre de sus centros de reunión y gestión, aunque por supuesto con mucho mayor sentido e iniciativa popular que en el «mundo desarrollado», amén de despellejar públicamente al gobierno de Obrador por desidia culpable e incompetencia palmaria. Y la CNT exigió medidas higiénicas similares en 1918 aunque todavía se desconocía la existencia de los virus, y es lo que hubieran aplicado los Consejos Obreros y los Municipios Libres si la huelga revolucionaria del año anterior hubiera salido medio bien. 

No importa quién tenga razón: lo que nos importa es la indiscutible amenaza de una dictadura terapéutica que desea inmiscuirse en lo vivo, y controlar y disciplinar sus intensidades y placeres, sus miedos y debilidades. Y que sueña, sin ir más lejos, en imponer la odiosa mascarilla y el abyecto distanciamiento social para siempre jamás, haya o no haya epidemia ni circunstancias excepcionales que las justifiquen, reduciéndonos así a conejillos de indias de un laboratorio industrial que nunca podrá ser aséptico y seguro por su misma naturaleza envenenada y artificial. Ante semejante invitación a la parálisis vital, sensible y afectiva, solo queda defender y explorar una vida mínimamente verdadera que asume los riesgos mortales de la fragilidad de lo vivo como precio inevitable de su mismo fulgor, al igual que puede aceptar las limitaciones puntuales que aparente (y sobre todo temporalmente) sean necesarias por un motivo u otro. Este será un campo de batalla, y allí nos encontraremos.

Se puede pensar también que la pandemia, severa o no tanto, se produce en un momento histórico clave de transición hacia una civilización de lo digital. Por tanto el capital, que se adapta a todo tipo de crisis y desastres, ha provocado y teledirigido los acontecimientos, o al menos los aprovecha para reinventarse una enésima vez,  utilizando esa digitalización como forma de inversión: volverá a girar la rueda de los mercados y necesidades, se darán otras mil vueltas de tuerca a la racionalización productiva, la reducción de costes del capital fijo y variable y la maximización de unos beneficios cada vez más raquíticos, los gobiernos lacayos se endeudarán todavía más, e inyectarán dinero rompiendo alegre y desvergonzadamente las reglas de su propio juego neoliberal para seguir siendo el salvavidas de las «empresas zombie» tocadas y hundidas por las plusvalías decrecientes y las rentabilidades exangües, y así resurgirá (temporalmente) la economía, en especial en los sectores tecnológicos. A su vez el Estado aprovecha la coyuntura para incrementar su papel tradicional de dominio y de control, y modernizar sus estructuras para adaptarlas a esta nueva fase de la historia, con el consiguiente cambio social, cultural y antropológico que ello conlleva: el fin de la forma de vida «analógica», y el nacimiento de una nueva civilización digitalizada. En este sentido, el concepto «nueva normalidad» no hace otra cosa que exponer lo que constituye una visión del mundo, es decir, una concepción de la vida: la de las clases dominantes que aborrecen ontológicamente lo abierto en tanto símbolo y esencia del anhelo de emancipación que abole toda figura protectora paterno-estatal y su principio de jerarquía. Y así las élites económicas se han encontrado con la mejor excusa para poner en práctica las ingenierías sociales y mentales que diseñarán un programa de vida condicionado en el encierro: la vida dentro, asegurada, responsable, calculada, familiar, desapasionada, virtual, separada, inofensiva. ¿Y no tendrá que ver tal jibarización antropológica con el irremediable descenso de la producción del petróleo, y la planificación del forzoso decrecimiento energético y económico según los dictados de la clase dominante? Entonces tal vez la pandemia haya servido como cortina de humo y ensayo general de un mundo con menos esclavos energéticos per cápita, y por tanto de un descenso vertiginoso del «bienestar», el «desarrollo» y la «movilidad», y de los faraónicos y desaforados rituales sociales consumistas, turísticos y lúdicos asociados a tales entelequias. ¿Asistimos pues a un cambio de guardia entre el capitalismo del bienestar (menos que más), y una forma inédita de opresión y explotación que al contrario exige el recorte drástico del gasto público, la poda brutal del consumo de masas y la neopobreza, lo que implicaría un brusco y traumático aterrizaje de emergencia económica y social en el páramo de una nueva barbarie que solo podría aceptarse si antes se ha impuesto el austericidio mental y sensible con una población encerrada y controlada tecnológicamente, como tantas pistas y síntomas nos hacen pensarlo?

Es más que posible. Digámoslo por ello una vez más con toda la contundencia: como afirmaba el manifiesto «La necesidad de luchar contra un mundo “virtual”» que firmamos la primavera pasada junto con otros muchos colectivos e individualidades, «la crisis sanitaria ha sido la oportunidad perfecta para reforzar nuestra dependencia de las herramientas informáticas y desarrollar muchos proyectos económicos y políticos previamente existentes: docencia virtual, teletrabajo masivo, salud digital, Internet de las Cosas, robotización, supresión del dinero en metálico y sustitución por el dinero virtual, promoción del 5G, smart cities… A esa lista se puede añadir los nuevos proyectos de seguimiento de los individuos haciendo uso de sus smartphones, que vendrían a sumarse a los ya existentes en ámbitos como la vigilancia policial, el marketing o las aplicaciones para ligar en internet. En conclusión, el peligro mayor al que nos enfrentamos no es que las cosas “se queden como estaban”, sino que vayan a bastante peor»[4]. Y sin embargo, el precio a pagar por tal estrategia es una contracción mundial de consecuencias incalculables que agudizará el estancamiento secular y la descomposición pura y dura del capitalismo hasta un punto quien sabe si de no retorno, hablando en términos históricos y no coyunturales, pues como explicaba al calor de los acontecimientos Corsino Vela «es una mera ensoñación» el pensar que «la inducción de la demanda por los gobiernos con inversiones públicas y el dinero accesible mediante la renta universal o los créditos a bajo interés vaya a relanzar la economía y restablecer la cuota de acumulación de capital en niveles adecuados para inaugurar un nuevo ciclo expansivo»[5]; una crisis, por tanto, que profundiza hasta el centro de la Tierra el agujero de una deuda impagable, y que atenaza no solo al pequeño comercio y los chiringuitos de playa sino también al Gotha selecto de las petroleras, las firmas automovilísticas, las líneas aéreas, los gigantes del turismo mundial y los cruceros, los holdings del acero y la mecánica, las grandes textiles y el mundo de la moda…¿son todos ellos sectores maduros obsoletos y superfluos para la generación y acumulación de valor? El capital, ¿puede crecer y siquiera sobrevivir solo a dieta de MAFA? Especialmente si se trata del capitalismo realmente existente y hasta ahora conocido: el turbocapitalismo que exige, recordémoslo, la movilización total, el transporte, la euforia y la embriaguez adictivas de las aglomeraciones de masas consumidoras y las orgías del ocio programado. Para vender, y para convencer de sus bondades. ¿Está dispuesta la élite dominante a sacrificar su modelo productivo y de negocio, más aún en una España entregada de pies y manos al turismo, la vida nocturna y las fiestas continuas con cualquier excusa y motivo, con tal de satisfacer su odio a la exterioridad? Pero la secuencia de los acontecimientos comprobables, y no nuestras especulaciones o intuiciones, es más que reveladora: desde el minuto uno en Wuhan, todos los gobiernos han ocultado primero, y minimizado después, la enfermedad en nombre de la economía. En Italia, la Confindustria  presionó al gobierno para mantener las fábricas abiertas de Lombardía pues Milano non si ferma, Bergamo is running, con el gran éxito por todos conocidos. Y Johnson, Trump, Bolsonaro, los gobernadores de Florida o Texas proclamaron sin pelos en la lengua que eran asumibles y preferibles las muertes que hiciera falta antes que cerrar el negocio. Y en nuestro malpaís no se decretó el confinamiento por la manifestación del 8 de marzo, sino para salvar las Fallas y la Semana Santa, como Japón intentó hasta el último momento celebrar las Olimpiadas; y poco después, la desescalada y sus rigurosas fases y protocolos se despeñaron en un suspiro en cuanto el IBEX, la CEOE, los medios, la oposición y el gobierno de coalición, y todos los buenos ciudadanos unidos por una vez como una piña, clamaron por la salvación de la última y única industria nacional y el incomparable estilo de vida mediterráneo de la terracita y el fiestón. Compulsión ciclotímica entre la salvación (a regañadientes) de la salud pública o de la economía que por lo demás ha sido la norma general de casi todos los gobiernos, aturdidos por un flagelo que no esperaban pues supuestamente el brillante mundo feliz de la mercancía y la tecnociencia había decretado el fin definitivo de las pestes y las catástrofes demográficas del pasado, y aterrados por el golpe de gracia que la congelación de la producción y el comercio mundial podría propinar a una interminable y sistémica crisis económica que conocen demasiado bien. En este contexto, la frenética carrera por las vacunas no tiene otro sentido y motivación, aparte de engordar el bolsillo de las farmacéuticas a las que también ha mordido la crisis: resucitar la confianza, restaurar el Antiguo Régimen de consumo y transporte generalizado y demencial que ha producido precisamente esta pandemia y las que están en camino. Pero será en vano: puede que en los nuevos años 20 tengamos la legalización de las drogas en lugar de la Ley Seca, el electrocharlestón sea la próxima música urbana y vuelvan las flappers si es que alguna vez se fueron, pero por mucho que se predique optimismo y confianza en el futuro, y se inyecten tipos de interés negativo y barra libre de préstamos para cualquier cosa, lo que no resucitará será el fordismo, las fábricas con miles de obreros, los yacimientos rebosando petróleo de la mejor calidad y el crecimiento indefinido de la productividad gracias a la tecnología y a una masa laboral siempre creciente. Mejor dicho: hay y habrá todos los avances técnicos que se quieran, y precisamente por ello faltará todo lo demás, pues en efecto y en última instancia «lo que asfixia al capitalismo es la disminución absoluta del trabajo vivo implicado en el proceso de producción inmediato y la consecuente caída de la masa de plusvalor social»[6]. Y no se ve muy bien cómo la digitalización de producción, consumo y vida cotidiana podría ser la medicina milagrosa que sane semejante mal. Más bien parece la pócima envenenada que un falso curandero, enloquecido por su delirio de grandeza y obsesionado por la pulsión de muerte, se receta a sí mismo para hundirse de una vez por todas llevándose a un mundo consigo. Y a los demás también.

Vuelve a no importar demasiado quien tiene toda la razón. Por un lado semejante ofensiva de gran estilo premeditada y planificada del capital y las grandes y pequeñas potencias al completo, y sin excepción sectorial o nacional alguna, parece más que dudosa e improbable a la luz de la lógica inflexible de la competencia que define y vertebra al capitalismo, y de la misma, vieja y eterna geopolítica y sus conflictos imperialistas, incluso aunque fuera por la causa de máxima necesidad del declive de la energía fósil y el agotamiento general de los recursos físicos y biológicos del planeta. Pero a la vez asistimos sin duda al agravamiento de la digitalización de las actividades productivas, las relaciones sociales y la vida cotidiana, y en consecuencia el holocausto de la presencia y la segunda naturaleza (o tercera, cuarta…) tecnológicamente equipada que olvida lo sensible, teme lo distinto y se empareda frente al otro. No es descartable por tanto que tengamos lo mejor de los dos mundos, que se corresponden con formas distintas pero complementarias de separación y clausura: el teletrabajo que culmina el proceso de extrañamiento del trabajador de su clase desintegrando cualquier posibilidad de solidaridad y apoyo mutuo mientras aísla, embota y distorsiona sensibilidades, emociones e imaginarios, y el consumo de masas pastoreadas por los placebos obligatorios de la vacuna y la mascarilla, útiles o dañinas, justificadas o innecesarias. Por ello este será otro campo de batalla donde nos volveremos a encontrar para librar la guerra contra la digitalización de los servicios públicos y la educación, la autoexplotación del domestic system del siglo XXI, la cancelación de la vida en común y el encuentro inesperado y, en fin, la repugnante fabricación en serie de la mónada cableada como arquetipo y destino de una existencia insoportable que anticipa el colapso civilizatorio porque lo refleja desde su adentro opaco. Exigir la presencia humana en todos y cada uno de nuestros movimientos, actividades, gestiones y experiencias, ocupar, vivificar y defender con nuestros cuerpos, alientos, palabras y roces los lugares de todo tipo que quieren desertizar y extinguir, rechazar y sabotear de forma siquiera individual y mejor colectiva las nuevas formas de esclavitud, estas son las tácticas mínimas, básicas y primarias que tendremos que desplegar.

Pero junto y más allá de la economía está el Estado y su naturaleza intrínsecamente autoritaria y despótica. Y se podría pensar con todo derecho que la pandemia ha revelado un sometimiento pleno de la población mundial a los dictados de las diferentes autoridades y poderes, compartiera o no las medidas. Nos hemos confinado y enmascarado cuando se nos ha ordenado, hemos reducido nuestras vidas y relaciones a las órdenes de políticos, burócratas y científicos, saliendo a la calle solo a trabajar, comprar o en las horas de recreo rigurosamente señaladas, temerosos de cruzarnos con algún control. Y cuando se ha considerado que la economía entraba en paro cardíaco y se ha animado a recuperar una cierta normalidad anormal, hemos vuelto a las calles a levantarla, felices con nuestras mascarillas, consumiendo en bares y restaurantes, para nuevamente obedecer y encerrarnos cuando así lo decide el gobierno de turno. Este control del Estado sobre sus ciudadanos-súbditos se produce gracias a decenios de educación en la pasividad,  el espectáculo y la indefensión adquirida, y gracias a la sempiterna consideración del mismo como una figura protectora y paternal. El corolario inevitable (y detestable) es la desenfrenada sed de Estado que la crisis ha despertado en todos los sectores, desde los ultraliberales mavericks a los anarquistas conversos, que han girado la mirada desesperada y menesterosa al Leviatán quizás arbitrario y severo, pero siempre paternal y protector. Y es que el consenso social de posguerra hace aguas por todas partes, junto con la ilusión de energía barata y la universalización de la mercancía. El miedo manda. Miedo por la fragilidad de la vida que desmiente la propaganda de una vida segura que hemos mamado durante décadas, y sobre todo miedo a perder el tren del trabajo asalariado y a quedar fuera del mercado. Porque otra cosa que ha desvelado esta pandemia es la inconsistencia de un sistema-mundo que es incapaz de cumplir ya sus promesas de la víspera, justo cuando nos descubrimos despojados de casi cualquier parcela de autonomía sobre nuestras vidas. Entonces resurge con fuerza el anhelo de autoridad: solo un dios puede salvarnos del «desastre» y ese es el Estado. Un Estado fuerte, benefactor y regulador. Un Estado siempre en guardia contra enemigos externos e internos, reales o imaginarios, y con múltiples chivos expiatorios entre los que elegir. Y así nuestra servidumbre voluntaria es también definitiva, pues el Estado cuenta con nuestra aquiescencia y (por si acaso) con los dispositivos técnicos de control y vigilancia que ni Hitler ni Stalin pudieron soñar en sus más lúbricas fantasías. Si a cambio la economía tal y como la conocemos se resquebraja aún más, o más rápido todavía, ¿no merecerá la pena?

No es que sea posible, sino más que seguro.  No hace falta citar al soldado Snowden y al recluso Assange para recordar por dónde van los tiros virtuales y físicos. Más que nada porque vienen tiempos difíciles para todos y también para las élites, y por eso se acorazan de armas y drones y leyes represivas por lo que pueda pasar. Pero apostar por el exacerbamiento de la vigilancia y la represión significa abandonar la cómoda y segura senda burguesa de democracia controlada y opinión pública dopada, lo que a veces es contraproducente porque el recurso único y sistemático a la mano dura siempre suele salir bien hasta que sale mal. ¿Entonces, por qué cambiar de caballo en el fragor de la batalla más peligrosa e incierta? ¿Es un signo de fuerza, o de debilidad? Como ya se ha esbozado antes, quizás esta crisis no muestra el triunfo del Estado, sino su paradójica derrota y su humillante deshonra al no conseguir atajar la pandemia por los medios convencionales. Y el temor a verse desbordado al desproteger a sus súbditos, rompiendo el contrato social y la razón y excusa últimas de su legitimidad ante esa ciudadanía pacífica y pacificada que cree en el consenso y lo desea, pero que tiene un límite de sufrimiento que le haría cuestionarse su obediencia y pasividad si desde el poder no se garantiza ni siquiera la reproducción social: es lo que en la China milenaria se llamaba el Mandato del Cielo, por el que el Emperador gobernaba de forma absoluta e incontestable, siempre y cuando mantuviera el orden y la supervivencia del pueblo, ya que no su libertad. En el caso de que fracasara y el caos se apoderara del Centro del Mundo, el Cielo le retiraba su apoyo enviando señales palmarias como terremotos, sequías, hambrunas…o epidemias. Finalmente la rebelión popular derribaba al tirano caído en desgracia, y una nueva dinastía asumía el trono para restaurar la normalidad vieja y nueva. Pues bien, el Mandato del Cielo se está agotando, como el petróleo y la Caja de Pensiones. Y por ello mismo los gobiernos responden sobreactuando con gestos autoritarios que rozan el ridículo, mientras preparan los arsenales para lo que puede venir y vendrá. Pues junto al sometimiento y la cobardía que hemos conocido y protagonizado, no es menos cierto que desde el primer momento, y pese a las amenazas administrativas, los chantajes emocionales y los ladridos de la policía de balcón, ha existido una autoorganización al margen del Estado y una solidaridad espontánea de personas que arriesgándose a multas y sanciones salían clandestinamente a cuidar, llevar comida o simplemente acompañar a conocidos y desconocidos. Y aunque estos grupos de apoyo mutuo y cuidados han caído a menudo en el asistencialismo, también han denunciado la arbitrariedad e hipocresía del Estado y sus voceros, que han tratado de socavarlas poniendo todas las trabas posibles, y ocultando sobre todo su carácter autónomo. Pero miremos más lejos, y algo más hacia atrás: ya se ha dicho que 2020 fue el segundo año de la convulsión que recorre y alegra al mundo, y basta contemplar cómo las calles han vuelto a bailar la ola de calor, de Minneapolis a Sydney, de Santiago de Chile a París, para que las admoniciones apocalípticas de ciertos ideólogos que pronosticaron la desaparición de cualquier signo o chispa de rebelión, resistencia o espíritu solidario, den risa o vergüenza ajena. No importa que la resolución de estas revueltas todavía sea más o menos tradicional o reformista, como la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente en Chile, la reposición de un presidente destituido por un golpe de Estado de la oligarquía en Perú, o la retirada de una escandalosa ley liberticida en Francia: lo que tenemos que calibrar y revalorizar, por encima de sus causas, objetivos y resultados más aparentes e inmediatos, es el profundísimo mar de fondo de descontento y hartazgo global que se comunica y traslada por las corrientes subterráneas de la misma globalización de una a otra parte de una geografía en llamas, y los límites patentes y comprobables con los que topan una y otra vez gobiernos y élites cuando intentan forzar la máquina de explotación y miedo más allá de lo que las poblaciones todavía consideran tolerable. ¿Podría ser de otra manera, cuando esa tolerancia es y será cada vez más pequeña, inestable y breve, según la robotización de la producción y la digitalización del sector terciario se desplieguen con toda su potencia, y a favor del viento del aislamiento que nos preparan? Entonces las bolsas de pobreza extrema del así llamado mundo subdesarrollado se hincharán hasta coincidir con las dimensiones del planeta, mientras las clases medias, sostén económico, ideológico y político fundamental y último del capitalismo industrial y la democracia parlamentaria, van cayendo una tras otra en las arenas movedizas de la proletarización y la exclusión. Y entonces, ¿qué? Porque evidentemente ni uno, ni diez, ni mil millones de personas se han dejado nunca morir de hambre a sí mismas. Tampoco encarcelar gratuitamente así porque sí. Ni se dejarán: este es el límite humano, además del económico y medioambiental, del imperio de la economía. ¿Nos preparan Estado y Capital un nuevo Gran Juego? Entonces, jugaremos. Caiga quien caiga, pierda quien pierda. Al fin y al cabo, ya habíamos caído, y siempre seremos los perdidos.

Pero nadie tiene toda la razón y a nadie le debería importar demasiado. Los signos de esperanza no pueden nublarnos la vista y la conciencia, hasta ocultar las insidiosas tinieblas de lo peor que también se extienden por el horizonte de amaneceres y  crepúsculos. Como decía una joven ensayista con un olfato muy fino para el conformismo cómplice y la resignación colaboracionista, «lo que más miedo me da de los efectos democráticos de la pandemia es lo fácil que la gente renuncia a la libertad. Yo no pensé que, en nuestra época, la gente dijera con tanta facilidad no a la libertad en nombre de la seguridad»[7]. Nosotros tampoco, más que nada por la forma acrítica y mecánica que en muchos caso se ha dado, sin un mayor examen de conciencia autónomo, aun asumiendo las dificultades y carencias de todo tipo que nos impiden un diagnóstico realmente objetivo del problema, que llegara a evaluar (y aceptar en nombre del instinto de supervivencia personal y de la responsabilidad colectiva, o rechazar en nombre de la libertad que ni sabe ni puede transigir con ningún límite, en todo o en parte) los pros y contras de confinamientos y distanciamientos sociales. Y miedo da pensar en el fervor que los panópticos Made in China o Corea del Sur, con todas sus rabiosamente modernas prestaciones de reconocimiento facial, geolocalización y rastreo de móviles y «carnet de buen ciudadano» por puntos digitales y conectado a las cámaras de videovigilancia callejera y el uso de Internet, puede despertar entre una población tan tecnófila, crédula y papanatas como la nuestra. Pero igualmente la oscuridad no puede ni debe absorber todos los destellos de luz que aquí y allá chisporrotean cual luciérnagas enfebrecidas, incluso esos fuegos fatuos que casi pertenecen al terreno de las psicopatologías sociales, como la esquizofrenia de tantos jóvenes, y no tan jóvenes, que dicen aceptar y seguir todas las órdenes y recomendaciones para después incumplirlas entusiasta y descaradamente en cuanto surge la oportunidad de la celebración y la fiesta, el aguijón del deseo erótico y del vértigo amoroso. ¿Síntoma de inmadurez atolondrada o hipocresía narcisista, o acertada táctica de distracción ante un poder que no se puede desafiar directamente, pero sí burlar con las pícaras tretas del disimulo y el camuflaje? En cualquier caso, estas actitudes, por muy absurdas, irreflexivas o irresponsables que parezcan o puedan ser, están atravesadas por la ebriedad y el exceso que forman parte irrenunciable del fermento de la libertad y la fórmula de la revolución, estallando a menudo en verdaderas revueltas cuando la policía intenta cortarle las alas y reducirlas a la nada. Son, sí, síntomas de los espasmos que quizás anuncian el despertar de un coma inducido, individual y colectivo, que reina mucho antes y mucho después de esta pandemia. Y por supuesto no son los únicos, ni los más coherentes y decididos. Ya hemos ofrecido antes otros ejemplos de apoyo mutuo, resistencia y rebelión contra los abusos y maniobras de la dominación, con o sin esa mascarilla que, como afirmaban con provocadora ironía los manifestantes libaneses que en abril y en agosto saltaron a las calles contra el sistema financiero y la explosión del puerto de Beirut, tanto sirve para prevenir el roto del coronavirus como para protegerse del descosido de los gases lacrimógenos de los antidisturbios.

Pero ni estas revueltas bastan, ni muchas más como ellas, si no alcanzan el punto de fuga y de fusión que permite romper con la economía, salir de ella y empezar a levantar algo mejor en su lugar. Porque si no la energía transformadora y la rabia justiciera podrían marchitarse, o corromperse en indolencia vencida y resentimiento irracional, sancionando el horror que ya existe o abriendo la puerta a uno aún peor. Para que así no sea, y para que sea, se levanta el campo de batalla que sigue esperando y preparando nuestro encuentro. Allí habrá que señalar, aclarar y fortalecer los signos de rebelión de la vida que hay y que podría haber, en todos los sentidos, desde la resistencia a la opresión a la reconstrucción de la autonomía material, desde la invención de la libertad al redescubrimiento de lo sensible. Y participar en su advenimiento, negando desde un pensamiento crítico riguroso el supuesto cierre total de todo en absoluto que predica la dominación, adivinando desde la imaginación empírica el menor síntoma, rumor, aleteo de lo vivo que pugna por no morir, reclamando lo Maravilloso como dominio en el que la vida puede y debe florecer aun en las peores condiciones.

Con la lucha mental, con la espada en la mano. Y con las flechas del deseo, y la conmoción espiritual incesante que según Nicolas Calas deshace los prejuicios y las  ideas preconcebidas del miserabilismo totalitario.

Hasta que la Tierra toda vuelva a ser verde y placentera.

Se dirá que tal propuesta es una utopía, una fábula, una quimera. Pero ahora que toda la humanidad vuelve a tomar conciencia de que vive bajo la aniquilación posible (o al menos lo percibe o intuye bajo las máscaras pánicas de la cultura de masas), justamente porque los medios de esa aniquilación hace mucho muchísimo que dejaron de ser ilusorios, todo lo real, de golpe de efecto a golpe de efecto, se revela sumergido en la ficción más pegajosa, omnipresente e impenetrable. Y nada puede ser descartado de antemano por la ley de la probabilidad, el sentido común o el paradigma científico.

“Una utopía bien vale otra – si es que la hay”, decía Marcel Mariën. Y esta es la nuestra.

Notas:

[1] Para hacer comprensible nuestra posición ante la situación pandémica que seguimos viviendo y sus consecuencias directas, hemos creído necesario apelar al principio de realidad y a la razón. El entendimiento del fenómeno y la solidaridad con el todo humano pasa por hacer uso de ellas en estas circunstancias. Dicho esto, hemos de manifestar que ninguna de ellas ocupa el lugar prioritario, y mucho menos excluyente respecto a otros abordajes poéticos, visionarios, sensibles, analógicos (surracionalistas,  por utilizar el sugestivo término de Gaston Bachelard), de nuestras preferencias en lo que al conocimiento y experiencia del mundo y de la realidad respecta. Por si hubiera alguna duda y para evitar toda caída en el confusionismo, nuestra sospecha sigue intacta en relación con lo que se llama realidad y razón: la Realidad realista que hay que aceptar sumisamente «por hipocresía, por oportunismo, por cobardía», como decía René Crevel, la Razón instrumental «tal y como es entendida en una sociedad fundada sobre la desigualdad», como precisó André Breton.

[2] Sus virus, nuestros muertos, 22-3-2020, https://contratodanocividad.espivblogs.net/analisis-sus-virus-nuestros-muertos/.

[3] Recordemos que fueron en realidad los obreros del norte de Italia los que precipitaron el confinamiento de ese país, al ponerse en huelga en marzo exigiendo la suspensión de toda la actividad productiva ante la indiferencia darwiniana de los empresarios y la inacción culpable de los políticos. Sin llegar al desafío italiano, los trabajadores de Iveco y Renault en Valladolid, y de Mercedes en Vitoria, se plantaron parando las fábricas hasta que se tomaran medidas de seguridad, incidentes que se repitieron un poco por todas partes, como la ola de huelgas de Amazon a General Electric, pasando por los supermercados de Whole Foods, que atravesó los EE.UU. en marzo y abril a pesar del chantaje empresarial y la represión antisindical trumpista  ¿Qué podría no haber pasado si se hubiera mantenido inflexiblemente el business as usual, cayera quien cayera, en el contexto de un coronavirus desbocado, y trufado con las imágenes y testimonios terribles y muy poco tranquilizadores que lograban traspasar a cuentagotas el filtro vigilante (y no por nada) del masaje mediático, como enfermos desahuciados y aparcados en los pasillos de hospital, camiones frigoríficos abarrotados de cadáveres y grandes cementerios abiertos a toda prisa bajo las farolas de parques e instalaciones deportivas?

[4] La necesidad de luchar contra un mundo “virtual”. Contra la doctrina del shock digital, 3-4-2020.

[5] «Tenemos que tomar las riendas de nuestra propia vida porque el estado no garantiza nada», entrevista de Corsino Vela por Andrea D’Atri y Gastón Remy, Izquierda Diario, 5-4-2020, http://www.izquierdadiario.es/Corsino-Vela-Tenemos-que-tomar-las-riendas-de-nuestra-propia-vida-porque-el-estado-no-garantiza.

[6] «De virus illustribus: Crisis del coronavirus y colapso estructural del capitalismo. Primer capítulo»,  Sandrine Aumercier, Clément Homs, Gabriel Zacarías y Anselm Jappe, ROSA Revista de izquierda.

[7] Géraldine Schwarz, «La espiral de pánico es peligrosa», https://elpais.com/cultura/2020-04-05/https://elpais.com/cultura/2020-04-05/geraldine-schwarz-la-espiral-de-panico-es-peligrosa.html

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Fuente: Vientosur.info